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A veces lo que esperamos es mucho peor que lo que no esperamos… que lo que vendrá, y tal vez por ello nuestro ser huye de la razón, de la lógica y del pensamiento, para crear sus propias esperanzas; sueños a los que aferrarnos, y que son los que nos mantienen en pie… fuertes… vivos.
Planificamos nuestras vidas con arreglo a nuestras circunstancias y el devenir de las cosas, y vivimos; nos enamoramos, nos desenamoramos y nos volvemos a enamorar, de la misma persona… o de otra… y vivimos; y reímos y lloramos; y soñamos y sufrimos.
Puede parecer que el célebre adagio del poeta romano Horacio, “Carpe diem” (vive el momento), sea irreflexivo, inmaduro, egoísta, y poco cabal; y ello por no hablar de lo que opinan muchos meapilas diocesanos, sempiternos talibanes de la amargura, que ven inmoral y pecaminoso la filosofía del “carpe diem, la ética del “vive el momento”…, y ello debido a que -posiblemente- estas personas han oído, pero no escuchado, las palabras de Jesucristo en el Evangelio:
«No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?»… «Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio agobio». [Mateo, 6: 25-27-34].
Así pues, cumple con tus obligaciones, vive y deja vivir; no te amargues la existencia pensando en qué pasará mañana, y disfruta el momento. ¡Carpe diem!

