Introducción: de lo anecdótico a lo estructural
Una conversación trivial puede revelar más que mil auditorías. Hace unos meses, mientras charlaba con un burócrata de la Diputación de Badajoz —funcionario medio, socialista, de esos que se sienten partícipes del “progreso”— salió el tema de los fondos europeos, en particular los FEDER. Con orgullo, me explicaba su papel en la gestión de proyectos. Yo, escéptico, le señalaba lo evidente: que tras décadas de recibir ingentes cantidades de dinero, Extremadura sigue siendo, según la UE, una “región pobre”, con escasa productividad y bajos niveles de renta.
Mi diagnóstico era claro: dinero ha habido de sobra; lo que ha fallado es la voluntad política, la honradez, la decencia, la eficiencia, el mérito, el sentido del bien común. Todo se ha canalizado hacia una red clientelar que garantiza votos a cambio de subsidios, cargos, subvenciones, contratos a dedo. El burócrata sólo sabía replicar con una evasiva digna de manual: “Todo es más complejo de lo que tú dices”. Y ahí quedó todo. Un testimonio perfecto del fatalismo burocrático. El mismo que, con una sonrisa cómplice, se acoge al tópico resignado de que “esto es España”, y que, como decía Julio Iglesias: “la vida sigue igual”.
El simulacro democrático: cuando la corrupción es la norma
España no sufre simplemente episodios de corrupción. Lo suyo es más profundo: un sistema político, institucional y mediático que ha normalizado la corrupción como forma de gobierno. Aquí no hay escándalos que destruyan carreras, ni dimisiones en cadena, ni repudio ciudadano auténtico. Lo que hay es una sucesión cíclica de noticias escandalosas seguidas de olvido. El mecanismo es perfecto: la corrupción sirve para lubricar el engranaje del poder, para fidelizar redes clientelares, para que todos sientan que tienen algo que perder y, por tanto, algo que callar.
El caso de los cursos de formación de los años 90 es paradigmático. El Tribunal de Cuentas denunció un fraude masivo. Sindicatos, patronales, fundaciones, partidos políticos, todos metían la mano. Se trataba de fondos destinados a la formación de trabajadores, supuestamente para fomentar su empleabilidad y adaptabilidad. ¿Qué se hizo realmente? Cursos fantasmas, facturas falsas, listados inflados, certificados sin clases. La respuesta política fue ejemplar… en su cinismo: todos los grupos parlamentarios coincidieron en que aquello formaba parte de “la cultura española”.
Borrón y cuenta nueva. Y como en el juego de la oca, tiro porque me toca. Hoy, tres décadas después, el mecanismo se repite, pero con mayor sofisticación: fondos europeos para la transición ecológica, digitalización, resiliencia post-COVID… todo revestido de jerga tecnocrática y acompañado de simulacros de participación ciudadana, comités de expertos y formularios digitales. Pero en el fondo, lo mismo: el que no pilla cacho, es porque se despistó.
El “todo es más complejo”: coartada del burócrata posmoderno
Frente a las denuncias del ciudadano informado, la respuesta del sistema es siempre la misma: negación técnica, dispersión semántica, palabrería tecnocrática. No se refutan hechos, se disuelve su importancia en el marasmo de “lo complejo”. Decir que todo es más complejo es una forma elegante de no hacer nada, de no asumir responsabilidades, de desactivar la crítica. Y, sobre todo, de evitar el debate sobre lo esencial: ¿Por qué, tras cuatro décadas de democracia y miles de millones de euros invertidos, seguimos igual o peor?
La respuesta es incómoda, pero evidente: porque el sistema necesita que todo siga igual. El progreso real sería un peligro para quienes medran en la ficción del cambio permanente. Los partidos políticos no quieren ciudadanos libres, formados y exigentes, sino votantes dependientes, cautivos del miedo o la subvención. Y en este contexto, la corrupción no es una anomalía: es la argamasa del edificio.
Red clientelar, cultura de la subvención y ficción económica
Extremadura es sólo un ejemplo, pero muy ilustrativo. La economía real ha sido sustituida por una economía simulada: proyectos públicos sin retorno, empleo ficticio, titulitis vacía, formación sin contenido, planificación sin evaluación. Los jóvenes se van, los emprendedores se rinden, los mejores se callan o emigran. Mientras tanto, los listos de siempre acumulan contratos, cargos y prebendas. ¿Cómo es posible que con tantos recursos invertidos no haya un tejido industrial sólido, ni innovación, ni siquiera una agricultura tecnificada competitiva?
Porque no interesa. Porque la red clientelar exige dependencia, no autonomía. Porque un empresario libre es menos controlable que un director de consorcio o mancomunidad que debe su puesto a un diputado provincial. Porque lo que importa no es generar riqueza, sino repartir migajas con sello partidista. Todo lo demás es literatura. Y si alguien protesta, se le ignora. O se le acusa de “no entender la complejidad”.
Conclusión: el cinismo como política de Estado
España no necesita más dinero europeo. Ni más comisiones, ni más observatorios, ni más campañas institucionales. Lo que necesita es una revolución moral, una cirugía ética, un rechazo frontal al cinismo institucionalizado. Mientras todo siga funcionando sobre la base del pacto tácito de silencio y reparto, no habrá regeneración posible. Y ese es el drama: que la regeneración ni siquiera está en la agenda.
El burócrata de la Diputación de Badajoz tenía razón, aunque no como él pensaba: todo es más complejo, sí, pero no porque la realidad sea inabarcable, sino porque la red de complicidades, cobardías, intereses creados y cinismo cínicamente compartido es demasiado extensa. Y como dice la canción… la vida sigue igual.
