Pedro Manuel Hernández: «Sánchez ‘mising’ en la cumbre-clave europea»

Excluido de otra cumbre clave sobre la guerra entre Rusia y Ucrania en Europa, Sánchez confirma que ha reducido a España al papel de espectador en el gran tablero circense geopolítico actual europeo

Pedro Manuel Hernández: "Sánchez 'mising' en la cumbre-clave europea"

Otra cumbre decisiva para Europa y otra vez Pedro Sánchez mirando desde la barrera. Mientras las potencias deciden el futuro de un continente amenazado, España está representada por el silencio y la irrelevancia de un presidente al que ni sus propios socios se atreven a invitar.

El presidente español ha vuelto a quedarse fuera de la reunión de emergencia convocada por el canciller alemán Friedrich Merz para abordar el futuro de Ucrania, invadida por Rusia. En torno a la mesa se han sentado Donald Trump, Volodímir Zelenski y los líderes de Francia, Reino Unido, Italia, Polonia y Finlandia. Todos ellos –piezas clave de la defensa occidental– se han reunído para decidir no solo sobre Ucrania, sino sobre la seguridad y el equilibrio de poder en Europa. Y España, –pese a ser miembro de la UE y de la OTAN, brillaba por su ausencia.

La escena, si se representa como un mapa de operaciones militares, es demoledora: los generales y estrategas discuten el próximo movimiento en el frente, y nuestro supuesto comandante en jefe ni siquiera está en el cuartel. Está fuera del perímetro, sin salvoconducto, como un soldado al que han retirado la credencial porque no aporta nada y estorba más que ayuda.

El mensaje es inequívoco: Pedro Sánchez no cuenta para las decisiones que importan. No es un simple olvido, sino una exclusión consciente. Las potencias saben que, en cuestiones serias, el presidente español es un jugador poco fiable, más preocupado por la pose que por la sustancia, más centrado en la foto para consumo interno que en el trabajo silencioso y constante que exige la diplomacia real.

No es la primera vez que ocurre. La política exterior de Sánchez es un catálogo de desplantes disfrazados de agenda propia. Ha cultivado amistades peligrosas, ha flirteado con regímenes que inquietan a nuestros aliados y ha asumido posiciones ambiguas en conflictos clave. Desde Marruecos hasta Venezuela, desde el Sáhara Occidental hasta Gaza, sus zigzags estratégicos han erosionado la confianza de socios que, en un mundo inestable, prefieren tratar con líderes predecibles y sólidos.

Y no, esto no va de ideología, sino de fiabilidad. Francia, Italia o Alemania han cambiado de signo político en distintas épocas sin que su voz desaparezca de las mesas importantes. España, en cambio, con Sánchez, ha pasado de tener un asiento relevante a quedarse fuera de las conversaciones que definen la estrategia común. Es como si hubiéramos entregado voluntariamente nuestras llaves del cuartel general.

Mientras en Berlín se discutía el futuro de Ucrania, Sánchez seguía con su rutina de gestos internos: declaraciones grandilocuentes, promesas imposibles y mensajes dirigidos a una parroquia política cada vez más reducida. El problema es que el mundo exterior no se rige por los mismos códigos que Moncloa. Afuera, no importa tu relato; importan tus acciones, tu credibilidad y tu capacidad de cumplir compromisos.

La exclusión de esta reunión no es un hecho aislado. Es la consecuencia de años de irrelevancia cultivada con esmero. Es como en la guerra: si no acudes a las reuniones de estrategia, no esperes que te llamen para repartir las victorias. Y si no tienes tropas útiles que aportar —ya sea en términos de influencia diplomática, inteligencia militar o peso económico—, lo que recibirás será silencio.

España no es un país pequeño ni carente de recursos. Lo que nos sobra en historia, posición geoestratégica y capacidad diplomática, lo estamos tirando por la borda a cambio de gestos inútiles y propaganda doméstica. Mientras otros consolidan su papel como actores imprescindibles, nosotros nos especializamos en ser espectadores de lujo, cómodamente sentados en el banquillo mientras se libra la batalla.

Ese personaje del que sus socios no se fían —ni en Bruselas, ni en Berlín, ni en Washington— ha reducido el peso de nuestro país en el tablero geopolítico a la categoría de figurante. Y un figurante no toma decisiones: solo mira cómo otros las toman por él.

La pregunta que debería hacernos sonrojar es muy simple: ¿qué dirán los libros de historia de esta etapa? Probablemente que España, teniendo todos los instrumentos para influir, decidió aislarse bajo el mando de un presidente que confundió protagonismo con poder y discursos con resultados.

Que no se engañe nadie: la política internacional es un tablero implacable. Aquí no se gana simpatía por el aplauso de los tuyos, sino por tu utilidad para el conjunto. Y hoy, Sánchez es percibido como un lastre que nos arrastra al fondo y no como un aliado sólido y creíble.

Mientras los verdaderos protagonistas trazan la hoja de ruta de la defensa europea, nosotros seguimos confiando en que algún día nos devuelvan el pase de entrada al salón donde se toman las decisiones. Pero, con cada cumbre a la que no somos invitados, la puerta se cierra un poco más.

Por eso, señor Sánchez, si alguna vez quiere recuperar la dignidad exterior de este país, empiece por dejar de mendigar fotos y empiece a ganarse asientos en las mesas que importan. Y si no sabe o no puede, tenga la decencia de apartarse y dejar que alguien que sí sepa lo haga. La diplomacia, como la guerra, no admite a ningún aficionado. Y España no puede permitirse otro general de cartón.

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Autor

Pedro Manuel Hernández López

Médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador autonómico del PP por Murcia.

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