La tragedia ocurrida en Adamuz no debería ser entendida únicamente como un accidente ferroviario más, ni siquiera solo como una catástrofe humana de enorme gravedad.
Es, sobre todo, un acontecimiento que nos obliga a replantear una de las creencias más sólidas de nuestra época: la idea de que el desarrollo tecnológico avanzado equivale necesariamente a mayor seguridad sobre el mundo que habitamos. Durante años, la alta velocidad ferroviaria ha sido presentada como uno de los mayores éxitos del progreso moderno.
Rápida, eficiente, limpia y, supuestamente, la más segura. Y puede que lo sea, en cierta medida, pero ahora también sabemos que es mucho más frágil de lo que pensábamos y es mucho más difícil controlar los problemas que se pueden generar.
El accidente de Adamuz introduce una duda que va más allá de los números: ¿puede un sistema que circula a más de 200 kilómetros por hora -y aspira a hacerlo a 300 o más- ser realmente seguro cuando depende de algo tan material, tan expuesto y tan vulnerable como unas vías sobre el terreno? Aquí aparece el primer problema de fondo. El tren de alta velocidad no vuela: circula sobre raíles, sobre infraestructuras físicas extensísimas, abiertas, sometidas al desgaste, a los errores humanos, al paso del tiempo y a fenómenos naturales imposibles de controlar del todo. Lluvias intensas, movimientos del terreno, dilataciones, fallos de mantenimiento, multitud de alteraciones acumuladas.
A velocidades moderadas, estos riesgos son mucho menos. A velocidades extremas, el margen de reacción prácticamente desaparece. Lo anterior nos lleva a una cuestión más amplia: la obsesión contemporánea por la velocidad y las continuas innovaciones, muchas de ellas inútiles y peligrosas. Cada avance parece exigir el siguiente. Cada récord superado se convierte en un nuevo punto de partida. Se celebra ganar minutos como si fuera un triunfo civilizatorio, sin preguntarnos seriamente qué se pierde por el camino. Porque la velocidad no solo multiplica la eficiencia; multiplica también el riesgo. A mayor velocidad, menor capacidad de evitar los accidentes.
A mayor complejidad, mayor fragilidad del conjunto. Este fenómeno no se limita al ferrocarril. Es una característica general de nuestra civilización tecnológica. Vivimos rodeados de sistemas extremadamente sofisticados -energéticos, digitales, sanitarios, financieros – que suelen funcionar sin problema mientras todo va bien. Pero, cuando fallan, lo hacen de forma abrupta y a gran escala. El error ya no es local ni limitado: se vuelve sistémico. Durante siglos, el desarrollo científico y tecnológico fue, sin duda, el gran aliado de la humanidad. Permitió salir de la miseria estructural, reducir la mortalidad, aumentar la esperanza de vida y ampliar las posibilidades materiales de millones de personas. Hasta bien entrado el siglo XX, el progreso técnico parecía avanzar hacia una mejora global y continua de la condición humana. Hoy, sin embargo, el panorama es más ambiguo. Se puede añadir que las grandes amenazas que se ciernen sobre la humanidad y son muy difíciles de resolver, han ido, creciendo con el paso de los años, no existían antes de la Revolución Industrial, lo que debió de ser analizado en su día y tomar las medidas pertinentes.
La misma tecnología que nos protege es la que nos expone a riesgos inéditos. Riesgos que no teníamos en el mundo preindustrial: colapsos de infraestructuras críticas, accidentes de alta energía, catástrofes tecnológicas con efectos masivos e inmediatos. Hemos reducido muchos peligros antiguos, pero he- aniguos, mos creado otros nuevos, de una escala desconocida. de Adamuz no sea qué falló exactamente en ese tramo de vía, sino el hecho de haber ido demasiado lejos en la carrera por la velocidad y el desarrollo sin preguntarnos por sus consecuencias reales. Nada de esto implica rechazar la tecnología ni idealizar el pasado. Implica, simplemente, recuperar la sensatez.
Reconocer que no todo lo técnicamente posible es socialmente razonable. Aceptar que hay límites físicos, naturales y humanos que no pueden ignorarse sin pagar un precio. La Revolución Industrial cambió la historia dotando a los seres humanos de un poder material capaz de destruir ciudades y naciones, la Revolución Digital amenaza con algo aún más profundo: el control integral de la vida humana. No solo de los cuerpos, sino de las conciencias, los comportamientos y los deseos. Un poder que ya no se limita a la fuerza bruta, sino que acbnho túa sobre la información, la atención y la propia identidad. A ello se suma un factor decisivo: la masificación. Las infraestructuras actuales no solo son más rápidas y complejas; están sometidas a una presión constante por el volumen de uso. Más trenes, más pasajeros, más exigencia, menos margen para el cuidado pausado y la supervisión minuciosa. Y en este contexto, la prevención silenciosa -el mantenimiento, la inspección, la prudencia- pierde visibilidad y prioridad. Aquí entra en juego la política. Las sociedades democráticas contemporáneas y sobre todo quienes nos gobiernan, orientados al corto plazo y a la gestión inmediata, dedican poco tiempo a pensar estos riesgos estructurales y menos todavía a resolverlos. Inaugurar infraestructuras da votos; mantenerlas correctamente durante décadas, no. La prevención no se ve, no se celebra v no se premia. Pero su ausencia, cuando se manifiesta, lo hace de forma trágica. Conviene recordar, que el pasado no fue un paraíso.
Antes de la Revolución Industrial, como advirtieron muchos pensadores, la vida era dura, breve y brutal. Existía, eso sí, una amenaza constante: la ambición desmedida de los seres humanos. su deseo de poder, riqueza y dominio. Esa amenaza no ha desaparecido; incluso aumenta cada día. Lo que ha cambiado es que hoy dispone de herramientas tecnológicas de una potencia sin precedentes. El riesgo de nuestro tiempo no es solo técnico, sino moral y político. Hemos desarrollado instrumentos extraordinarios sin reflexionar suficientemente sobre sus límites. Y quizá la pregunta más incómoda que plantea la tragedia Posiblemente uno de los mayores peligros de nuestra época no sea el fallo técnico, inevitable en cualquier sistema humano, sino la ilusión de que la tecnología nos ha liberado definitivamente del riesgo. Y cuando una sociedad se relaja, deja de mirar con atención justo aquello que más debería vigilar. Quizá, también, otro de los grandes errores de nuestra época no sea técnico, sino moral e intelectual. Hemos confundido innovación con progreso y aceleración con mejora. Cada nueva tecnología se presenta como una promesa de bienestar, pero rara vez se somete a una pregunta esencial: ¿mejora realmente la vida humana o simplemente amplía nuestra capacidad de intervenir, controlar y destruir? ¿Nos hace más felices?; más bien lo contrario. El mundo Ninguno de los grandes intelectuales que reflexionaron sobre el futuro logró anticipar del todo hasta dónde llegaríamos. No porque fueran incompetentes, sino porque la velocidad del cambio ha superado la capacidad humana de imaginar sus consecuencias. Estamos cruzando fronteras que nunca pensamos traspasar, no solo técnicas, sino antropológicas, biológicas, etc., límites que afectan a lo que significa ser humano.
La historia nos muestra algo inquietante: la capacidad constructiva-destructiva del cerebro humano parece casi infinita, mientras que su capacidad de creación moral es limitada y frágil. Crecemos más rápido de lo que sabemos controlar. Inventamos antes de comprender. Y ahora nos asomamos a un salto aún más vertiginoso: el tránsito de la inteligencia biológica a la electrónica, de la mente humana a sistemas que ya no piensan como nosotros ni que se está constru- responden a nuestros ritmos. yendo es, paradójicamente, cada vez más eficaz y cada vez menos humano. Sistemas más rápidos, más automáticos, más inteligentes, pero también más opacos, más impersonales y alejados de la experiencia humana directa.
La deshumanización no llega de golpe; avanza silenciosamente, envuelta en comodidad, eficiencia y promesas de seguridad. Durante siglos, el desarrollo científico-tecnológico fue nuestro mejor aliado. Nos permitió escapar de la miseria estructural, reducir el sufrimiento físico y ampliar los horizontes de la vida. Pero desde hace ya tiempoy de forma cada vez más evidente- ese aliado se ha convertido en una gran amenaza, cuando no directamente en un enemigo. No porque la tecnología sea mala en sí, sino porque hemos dejado de controlarla y hemos empezado a servirla y también porque, a pesar de lo que digan los científicos, no es neutra. Si los superdotados especialistas que crearon las bombas atómicas en el pasado siglo, no se les hubiera ocurrido esa locura, nadie las hubiera lanzado sobre los seres humanos, como paso en Japón en 1945. Ese salto no es solo tecnológico; es un salto en el vacío.
No sabemos qué tipo de sociedad emergerá en el futuro, ni qué lugar ocupará el ser humano en un mundo gobernado por sistemas que ya no necesita comprender para funcionar; y para colmo seguimos avanzando sin saber para donde ni para qué. La tragedia de Adamuz, no es un hecho aislado. Es un síntoma. Un recordatorio brutal de que vivimos sobre infraestructuras físicas, sociales y morales llevadas al límite. Y cuando el progreso se acelera continuamente, deja de ser beneficioso para convertirse en una fuerza ciega. Y cuando eso ocurre, va no hav tecnología capaz de protegernos de nosotros mismos. Finalmente, y más allá de los análisis globales sobre los peligros que genera un vertiginoso e incontrolado desarrollo – que no progreso – tecnológico. El descarrilamiento del tren de alta velocidad, parece que se debe a la mala gestión de quienes tenían que conservar las vías. Y, por tanto, al Ministerio de Transportes y especialmente de su ministro, ese personaje de charanga y pandereta que es Óscar Puente, que con frecuencia se dirige a los españoles para decirles lo inteligente y eficaz que es. Cuesta creer que todavía no lo hayan cesado y despedido. Da la impresión de que en estos últimos años la nación española, o lo que quede de ella, hace aguas por casi todas las costuras. Una vez más, aparecen en el horizonte aquellos tristes y nostálgicos versos de ese gran escritor español, que era Quevedo: «Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados, por quien caduca ya su valentía».
