Y cuando el frío viento te cale los huesos, y las sombras más aciagas te hielen el alma, no temas porque no es nada; tan solo calla, cierra los ojos y entrégate a la dama blanca que desde las sombras te reclama.
Y cuando ella te abrace, no te resistas, porque es preciso que sientas su gélido beso en tus labios, antes de descubrir que la muerte no es más que el despertar en un nuevo mañana.
Y no más dolor, no más temor, no más angustia, no más desesperanza; tan solo amor y alas en el alma, que te llevaran, como un águila en su vuelo, a un mundo antiguo, allí donde todo comenzó, lejos, muy lejos; más allá de donde la vida alcanza.
La muerte no es el final del camino, tan solo la estación de parada donde poder coger el tren de regreso a casa. Por eso cuando llegue la hora de la partida, no digamos adiós en la despedida, sino hasta luego, a la espera del reencuentro con aquellos que amas.
Porque morir no es más que una parada en el vivir, que nos hará descubrir lo que siempre intuimos: ´Que la muerte no era nada. Tan solo un tupido velo que, al caer, de sus cadenas al alma liberaba´.
“UNA HISTORIA PARA NO DORMIR”
La imagen que ilustra este escrito, está extraída de mi banco particular de imágenes, siendo el hombre que aparece acostado con los ojos cerrados, y aparentemente muerto, un calco de mi persona hace 40 años. Aquellos que me conocieron en la época de los 80´, pueden dar fe de ello.
Lo cierto es que como cada vez tengo menos memoria, no recordaba cómo pude hacer, mediante ´Photoshop´, un montaje fotográfico tan conseguido, en un tiempo que aún no se había inventado la IA.
Hoy me he puesto a investigar, buscando la imagen original en Internet, y lo que he encontrado me ha puesto los pelos como escarpias, porque la imagen del hombre que aparece en el original, pintado en 1897, era yo.
Se trata de la obra de Philip Burne-Jones, titulada ´The Vampire´, que el pintor inglés realizó para ilustrar el relato “El vampiro”, del escritor Rudyard Kipling, y cuya reproducción del original ilustra estas líneas.
No pongo esta noche una ristra de ajos en la cabecera de mi lecho, porque, amén de que huelen mal, con los crucifijos que tengo, me sobra y basta.
El diablo susurró a mi oído “no eres lo suficientemente fuerte para resistir la tormenta”. Hoy yo le dije al diablo “LA TORMENTA SOY YO”.

