Lo del morbo no es aquí una licencia poética. Lo reconoció María Dolores de Cospedal el lunes en Génova. Para evitar equívocos restó trascendencia al penúltimo incendio del PP de Madrid.
En conversación informal, la secretaria general dejó claro que no tiene ganas de inmiscuirse en un avispero. En cualquier caso, Cospedal sí trató de justificar a Ana Botella por su firma en apoyo a los trabajadores del Hospital La Princesa enfrentados a la comunidad autónoma.
En público, indicó que la rúbrica obedeció al deseo de la alcaldesa de un acuerdo satisfactorio para ambas partes. En privado, sin embargo, dio a entender que a la regidora le faltaron tablas para salir del atolladero. La secretaria general del PP, sin hacer leña del árbol caído, remarcó con su doble justificación el quid de la cuestión: la falta de cuajo político de Botella.
Por si las cosas no estaban ya embrolladas tras la tragedia del Madrid Arena, alguna lumbrera municipal pensó que “no hay mejor defensa que un buen ataque”: habemus enfrentamiento con Ignacio González.
A falta de adversario político, démosle una coz a nuestro compañero de siglas por ver si así agrupamos a los “todavía más nuestros”. Ana Botella parece empeñada en desanimar a los votantes del PP para muchos años.
¿De qué otra forma, si no, cabe entender cómo ha afrontado su primera crisis de envergadura? Ni altura de miras ni cercanía con el drama ni diligencia ni comunicación. Viene en los manuales que a los electores les gusta castigar a los partidos que se distraen en querellas internas. Véase el PSM en los últimos 18 años.
En definitiva, que si Botella y sus asesores lo que desean para tomar oxígeno es una prolongada guerra con Ignacio González, lo que pasará al final es que quien saldrá perdiendo es el PP en su conjunto en un territorio donde obtiene los mejores resultados.


