El Pleno del Congreso de los Diputados del 31 de octubre de 2012 comenzó con la Comparecencia, a petición propia, del Presidente del Gobierno para informar sobre el Consejo Europeo de los días 18 y 19 de octubre en Bruselas.
El discurso de Rajoy, de 14 páginas, fue leído en veintiún minutos y sirvió para llenar el hemiciclo del Palacio de las Cortes del espíritu que usa el Presidente del Gobierno para estas ocasiones y que en este caso tuvo una definición propia: Una mezcla de datos rigurosos sobre las realidades europeas, esperanza en el progreso de España en Europa, y una cierta contención en las esperanzas que suele esbozar y que en este caso tuvieron concreción en dos hechos que fueron presentados como los primeros síntomas de recuperación: La considerable mejora de la «balanza de pagos» española y la aparición en los últimos meses de 63.000 nuevos empresarios españoles.
Como es habitual, a continuación tomaron la palabra los portavoces de los grupos parlamentarios y, como es habitual también, éstos se aplicaron, en el orden que les corresponde y como suelen.
Rubalcaba, como portavoz del PSOE, hizo posiblemente uno de los discursos más serenos, dóciles y colaboracionistas de los que haya pronunciado en su ya larga carrera política; y que le convierte en «el contrapunto democrático» que necesita el gobierno de Mariano Rajoy para llevar a feliz término la legislatura.
El razonamiento comedido de su discurso, la coherencia de sus proposiciones y el espíritu con el que comenzó la sesión le definían como el líder que se reafirma con vigor entre algunos de sus vacilantes y desnortados conmilitones.
Pero también en su primer turno de palabra surgieron dos matices importantes, de esos que aparecen entre las ideas y las palabras sin que nadie los busque y que se perciben como chispazos de esencias personales que sobresalen, por auténticas, sobre el contenido del parlamento.
El líder del primer partido de la oposición, que hace sus discursos interpretando unas notas entre las que suele improvisar frases y colar alguna que otra «morcilla», a veces parece abrumado por el cúmulo de ideas que le bullen por la mente y, sin ser consciente de ello, o siéndolo, usa algunas coletillas que son a veces tiernas, otras interesantes y que a veces, como en ésta, revelan la calidad del personaje. Las de ayer fueron dos:
- Una muy repetida y con variantes, cada vez que como líder de la Oposición aportaba sus ideas y su concurso al Presidente del Gobierno: «dígale usted a Europa», «hágale usted ver a Europa», «exíjale usted a Europa».
- Y otra, no repetida, menos formalista, amistosa, casi íntima y que pareció que le salía de los adentros: «déjame que te diga». La empleó sólo una vez, y como si se le escapara involuntariamente, cuando pidió, casi como favor democrático en beneficio de todos y como cuestión estrictamente personal, algo que el Presidente del Gobierno, amigo de marcar tiempos y maneras oyó, escuchó, meditó y resolvió:
La aceptación de las sugerencias del PSOE, por primera vez en esta décima legislatura y en una proposición de ley, para conceder ayudas puntuales y mejorar la situación de la enorme cantidad de hipotecas que acentúan las penas de los que pasan la crisis con más estrecheces que las necesarias.
«Déjame que te diga», dijo Rubalcaba. Y Rajoy le dejó decir y, por primera sin que se sepa si sirve de precedente o no, decidió que ese hacer, el de mejorar la situación de los más desfavorecidos de entre nosotros, merecía que se hiciera en comandita.
Después le tocó el turno a Durán y Lleida, que habla bien, y que hizo una afirmación que llenó de contento a Rajoy, al afirmar que este gobierno prepara mejor los consejos de Europa que el anterior. El catalán, parece que con la vista puesta en las elecciones de Cataluña y en los desaguisados que le monta el molt honorable Mas, estuvo como siempre entre más, de Mas, ó menos, del perfil bajo y casi inferior al que le obligan las políticas confusas catalanas y las butifarras ideológicas y mentales con las que ha de convivir.
«Y sin embargo se mueve» dijo Galileo hace unos siglos, repitió Rajoy en su discurso para definir el proceso de unificación de criterios en Europa y aprovechó la frase el portavoz vasco Erkoreka, en su turno de palabra, para esbozar unas premisas con las que componer un razonamiento que pocos atendieron, concentrada la atención en la frase: «Y sin embargo se mueve», en este caso no refiriéndose a Europa, ni al concepto que en su día animó a Galilei, sino al portavoz del PNV, a su capacidad de afable y pacífica adaptación, después de las elecciones vascas y a la nada fija, y dialogante, posición del feliz y móvil candidato Urkullu.
Cuando Rosa Díez tomó la palabra, ante Rajoy… Lo de siempre.
– Es que esta mujer le pone. – comentaría alguien, machista, mujer y periodista en la Tribuna de Prensa.
– A ella también le pone él.- corregiría el feminista de cuota, que también los hay en el gremio.
Y lo de siempre entre el gallego y la vasca. Y lo de otras veces con Izquierda Unida y el Grupo Mixto.
En el turno de réplicas de los portavoces a la réplica de Rajoy, de entre las filas del PP salió algo que merece una consideración y que trae origen, y causa, de algo que pasó al final de la primera intervención de Rubalcaba. Éste, esbozando sus ideas con más corazón e ímpetu que orden y verbo, había trastabillado dos ideas y algunos de los situados en los «tendidos altos» populares, como si de un frustrado varilarguero se tratara le afearon la frase, que no la puya inexistente, e iniciaron la mofa con una cierta dosis de befa y no poco cachondeo.
Y eso agrió la posición del reafirmado líder de la Oposición, que dijo, sin que le dejaran y con el tono que le vino a cuento, lo que no llevaba escrito ni anotado.
– ¿Pero este Rubalcaba es el mismo que el de hace unos minutos? – era la pregunta oculta, que, sin formularla, llevaba implícita la respuesta:
Este Rubalcaba hoy, como Secretario General del PSOE y líder del primer partido de la Oposición, con su «déjame que te diga», al margen de los tendidos altos del PP y de las barreras y contrabarreras del cotarro, ha demostrado, a todos, a los demás e incluso a los suyos, y principalmente a los suyos, que es la madera natural con la que cuenta la legislatura para llegar a feliz término.
En los debates sobre el Consejo de Europa, y en más.