Por Daniel Vicente
-Mi reino por un cubito de hielo.
Stephen estaba sentado en un sillón de cuero vestido con su mejor traje, un Armani que tenía preparado para la boda de su hermana y que no pudo estrenar.
Con algo de esfuerzo logró enfundárselo, y tras una mirada aprobatoria delante del espejo se sintió plenamente satisfecho.
Saboreaba un sabroso Cardhu en un vaso corto y ancho, de excelente cristal que le costó una pequeña fortuna y que guardó en la estantería durante años, esperando una ocasión que mereciera su primera toma de contacto con el líquido elemento.
De fondo sonaba con toda la potencia que permitían los altavoces de forma machacona ‘Lying from you’, de Linking Park que, si bien no era su canción favorita, era ideal dadas las circunstancias.
Ya llevaba bebido un cuarto de la botella y paseó por la casa, sumida en penumbras y con breves espacios iluminados gracias a las velas que tenía repartidas estratégicamente.
Miró por la ventana y en las calles sólo había oscuridad. No pudo evitar el escalofrío acostumbrado.
«¡¡¡No turning back now!!!»
La canción llegaba a su apogeo y Stephen la coreó con entusiasmo a la vez que rasgaba una guitarra imaginaria.
Terminó, pero, tras un breve siseo del aparato portátil, volvió a sonar una vez más, tal como ocurría desde hace horas.
-A las pilas no les debe de quedar mucho, murmuró Stephen, y al recordar que no tenía más en la reserva se limitó a encogerse de hombros.
Tras rebuscar en la despensa encontró una pequeña lata de caviar Beluga, la abrió sin ceremonia y comenzó a comer tranquilamente interrumpiéndose únicamente para dar algún sorbo al vaso de whisky.
Después de terminar se dedicó a ver fotos de familia y amigos. No quiso perder tiempo e imaginar dónde se encontrarían en ese momento. Era demasiado triste.
De camino al baño sintió un ligero mareo y se tuvo que apoyar contra la pared para no perder definitivamente el equilibrio.
Volvió a mirarse en el espejo, y esta vez su rostro reflejó más preocupación.
La sangre habría traspasado el traje a la altura de la cintura, y tras un breve vistazo pudo comprobar que la hemorragia estaba totalmente descontrolada.
Stephen suspiró y volvió al salón. De vez en cuando sacudía la cabeza cuando la vista se le nublaba levemente.
Tendido en el suelo, como si fuera un muñeco de trapo, estaba el culpable de sus desdichas.
En otro tiempo podría haber pasado por un borracho que dormía plácidamente tras una tormentosa noche si no fuera por lo muy desgastado de su traje y porque su rostro era un amasijo de carne putrefacta y sus ojos, aún abiertos, estaban cubiertos por un velo blanquecino.
Sus pocos dientes estaban teñidos de rojo con la sangre de Stephen, que contrastaba con la asquerosa plasta negra que manaba del cráneo del podrido, que reposaba junto al cenicero de mármol que usó como arma improvisada.
Aún no lograba explicarse cómo pudo entrar, pero ya daba igual.
También le daba lo mismo que las pilas se agotaron definitivamente en ese preciso instante, y que nada podía eclipsar ya el enloquecedor ruido de los golpes y gemidos que llegaban, de forma constante, interminable, desde el otro lado de la puerta.
Poco a poco el desagradable picor de la herida fue en aumento, y como el que comienza a dormir y percibe mezcla de sueños y realidad, se sintió algo confuso.
Eso sin contar con la inexplicable sensación de hambre, un hambre voraz, que sentía con más y más intensidad.
Apuró el último trago a la botella y se encaminó hacia su cuarto mientras rezaba interiormente para que a la escopeta le quedará algún cartucho.
Por fin podría descansar.