La única objeción que tengo que hacer a una pelea es que pone fin a una discusión
Lo podría haber dicho algún personaje de una película de John Ford, pero lo escribió G.K. Chesterton, escritor inglés, conservador y gran defensor del cristianismo, que murió en 1936. Este autor está siendo redescubierto por la izquierda, y tanto es así que Santiago Alba Rico, gurú de la nueva izquierda antisistema, llega a postularlo como el nuevo ideólogo del movimiento anti-globalización. Vivir para ver. Santiago Alba prologa la edición de La taberna errante de una forma brillante y enternecedora. Por si alguien no se lo cree, recomiendo la lectura del prólogo.
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Chesterton escribió numerosos artículos periodísticos, ensayos, poemas y novelas. Fue muy popular en su época, sobre todo por las polémicas que mantenía sobre numerosos temas con el aburrido y puritano escritor de izquierdas Bernard Shaw. Ya en su época se imponía el pensamiento débil en grandes sectores de la cultura Europea…no hace falta esperar al actual postmodernismo. Chesterton lo combatía con el humor. El autor inglés se ríe de lo políticamente correcto, de la intolerancia higiénica y pusilánime contra todo tipo de fervor, de la banalidad que nos oprime, la inanidad que nos asfixia, y defiende…la pelea. La discusión. La ironía. Lo esencial. Lo verdadero. Lo importante. La paradoja. La necesidad de defender todo aquello en lo que uno cree. Los protagonistas de sus novelas no paran de discutir y de huir –siempre les persigue la policía-, aunque no están dispuestos a dialogar o negociar ni un segundo sobre el tema que los enfrenta, pero están decididos a dejarse el pellejo y si fuera preciso, la vida, por aquello en lo que creen. En el discurrir de su fuga sin fin, les da tiempo a enamorarse de damas misteriosas, de poner de los nervios a todo su entorno y de hacerse muy amigos… como era de esperar.
Chesterton era un hombre sencillo pero muy culto, simpático como pocos, lleno de amigos, enamorado del debate y de la libertad de expresión… y de las tabernas populares. Poseía un gran ingenio, una imaginación desbordada, un lenguaje desmedido, dominaba la paradoja y la ironía, el humor y el uso de los razonamientos más brillantes. Le encantaba la polémica. Le gustaba tanto, que un día en un debate, como su antagonista no se personaba, él hizo su papel y el del contrario. Se reía de sí mismo tanto como de los demás. A veces se enredaba en discusiones acaloradas. Defendió siempre lo que pensaba que era justo, sin pararse a calcular el efecto que eso podía tener. Y muchas veces sus opiniones le causaron problemas.
Chesterton no hubiera cabido en el mundo de hoy. Para empezar, actualmente se considera de mal gusto discutir o crear polémica. Y suele serlo, porque casi siempre la gente termina en el insulto soez y falto de ingenio. En cambio se llama insulto a cosas que no lo son, para esquivar la crítica. Se ha perdido el arte de la conversación y del debate. El fervor es de mala educación. Los argumentos de un Chesterton resultarían demasiado brillantes e inteligentes para los intelectuales de hoy en día. Él se batía contra gente de la categoría de Bernard Shaw, al que también le gustaba polemizar con Chesterton. Bernard Shaw no tenía inconveniente en poner a prueba sus ideas en un debate público, porque tenía ideas. Aburridas y puritanas, pero ideas. Hoy vivimos de la demagogia, del latiguillo publicitario y de la fraseología hueca. Tanto es así, que un izquierdista sincero ha tenido que buscar a Chesterton para encontrar su pensamiento. Al conservador y cristianísimo Chesterton. Pero es que este autor británico pensaba, leía, se informaba. Poseía una vasta cultura y una capacidad inmensa de analizar los problemas y buscar ideas novedosas para resolverlos. Disputaba con sus contrincantes y exponía sus argumentos. De forma muy pegada a la realidad y con temas de la actualidad de su época.
No parece que hoy en día nadie sea capaz de establecer un debate interesante sobre casi nada. Los hechos y la Verdad no interesan a nadie. Todo el mundo sigue a rajatabla la regla volteriana según la cual, el interés prevalece sobre lo verdadero. Cualquier discrepancia sobre el higiénico y neutral buenismo guay y medrosito que nos inunda es considerado insultante, o algo peor: descalificador. Algunas cuestiones no se pueden discutir. Y esto provoca reacciones burdas y groseras que no tienen sentido. Descalificar. Palabra cursi y hortera donde las haya, que mucho me temo, define nuestro nivel intelectual. Defender cualquier idea que no sea la banalidad imperante (la banalidad del mal, diría Arendt), es considerado radicalismo.
Necesitamos una buena pelea. Una buena disputa general que abra de golpe las puertas y ventanas de nuestro ambiente cultural, y que corra el aire fresco. Ventilemos lo políticamente correcto, el aire viciado del pensamiento único o del no-pensamiento. Vamos a discutir. Y a seguir siendo amigos. Pero por favor, con inteligencia, con datos y con ingenio. Se prohíben manipulaciones, tópicos, demagogias viejas y frases vacías.
Llenemos, por favor, nuestro mundo de buenas ideas y nuestras palabras, de sentido.
