Hoy llueve, el día está desapacible, y la situación mundial, nacional y foral sigue igual de mal que ayer. Pero ha amanecido que no es poco, y hay que volver a empezar.
Así que, de acuerdo con mis nuevos propósitos, hoy me pregunto qué se puede hacer para que la gente comprenda. Para que la gente se ilusione. Para que la gente se mueva.
La gente –esa masa indeterminada que pierde su rostro humano porque lo esconde en el de la multitud- no quiere líos. No está dispuesta a comprometerse, ni a arriesgar, ni a dar la cara por nada ni por nadie. La gente ha perdido los principios. La gente está acomodada. Todo eso es muy cierto. Y en España tenemos los políticos que nos merecemos y ellos no son los únicos corruptos. Ni siquiera los más corruptos. Ellos solo mimetizan las actitudes de todo el resto. Y ése es el desastre.
A pesar de todo, algo habrá que hacer. Y cabrearse no sirve de nada. Lo primero de todo, me digo a mí misma, hay que intentar que este personal aburguesadito, egoísta, que solo piensa en “que hay de lo mío” y nunca en el bien común… entienda. Entienda que el bien común es también el suyo. Entienda que los valores y la verdad, la honestidad, son rentables. Entienda que el pan para hoy y hambre para mañana no sirven de nada, ni siquiera a ellos, por mucho que se engañen. Que hagan números.
Es necesario que la gente entienda que solo unos pocos sobreviven a los desastres que provoca la pérdida de valores, la perversión de toda una sociedad. Y en general, esa lotería del éxito malvado no le cae a uno, siempre lo consigue otro. Porque cuando se impone la ley del más fuerte, del más cretino, del peor o de la más furcia, antes o después, siempre hay quién te gane. Y uno siempre se queda en la cuneta.
Si no somos honrados por convicción, si no somos gente de bien, al menos seamos sensatos. Defendamos esos valores que sabemos que nos van a proteger, no los destruyamos. Entendamos que la vida humana es sagrada, que las cosas no se hacen solas, que el dinero no cae de los árboles y que la deuda no puede crecer hasta el infinito… que no solo vamos a fastidiar el futuro de nuestros hijos, sino también el nuestro. Entendamos que no pensar y esconder la cabeza bajo tierra no va a servirnos de nada. Entendamos que todo lo que merece la pena tiene un valor…y un precio.
Como el ciudadano de a pie tiene menos capacidad de cambiar las cosas que los políticos, los jueces, los periodistas, los profesores, los banqueros, los empresarios, los sindicatos (el orden no es arbitrario), sería interesante que estos grupos se pusieran a discurrir, a recuperar los valores perdidos, a cultivar la inteligencia del bien. A lo mejor así, en poco tiempo, conseguimos cambiar algo entre todos.
En España no hay espacio para que la sociedad civil actúe, porque no hay canales habilitados para ello, y si los grupos que detentan el poder no habilitan esos caminos y no cambian…todavía estamos a tiempo de acabar como Grecia, como Italia, o como Francia… con Marine Lepen de primera fuerza política.
Regeneración democrática, eso es lo que necesita España ahora. Y eso requiere convicción. No estar acomplejados. Pero la convicción empieza no solo por uno mismo, sino por aquellos que son más responsables de este engendro que llamamos estado.
Por favor, hagan algo. Sean grandes. Sean personas importantes, hombres de Estado, servidores de lo público, y no esos mindundis que hunden los países y los buenos proyectos a fuerza de vacío. Y por favor, usen el cerebro. El cerebro se puede recuperar a cualquier edad y en cualquier momento. Aunque parezca totalmente necrosado. Solo hay que ponerse a ello.
