Con la muerte de Nelson Mandela y la publicación del libro de Monseñor Uriarte, algunos periodistas españoles vuelven a su deporte favorito: manosear las palabras y vaciarlas de su significado. Perdón en labios de un político o de un periodista o de un tonto español es otro de mis “palabros” preferidos.
Nelson Mandela fue un tipo que asombró al mundo. En vez de ensañarse contra la minoría blanca sudafricana, logró una transición pacífica llena de sensatez. Casi nadie esperábamos eso de él. Su grandeza fue sorprender al mundo con su capacidad de liderazgo y su actitud. Mandela se dio cuenta de que terminar con la minoría blanca supondría un retraso para su país de al menos cinco siglos. Y también comprendió que para evitar las luchas de poder entre negros, el común adversario blanco era utilísimo. Mandela era un tipo inteligente. Demostró ser uno de los grandes estadistas del continente negro, y consiguió para su país una posición de liderazgo y el respeto internacional. Nelson Mandela perdonó. O eso dicen los medios. Pero el perdón de Nelson Mandela fue interesado: él ganaba con ello tanto como sus antiguos perseguidores. Fue una actitud política de gran estadista y supo guiar a todo un país en esa dirección. Pero eso tiene poco que ver con el perdón. Es una buena estrategia de reconciliación nacional, sensata y buena para todos. Injusta seguramente para algunos y que exigió una gran generosidad a muchos.
En España hubo también un gran proceso de reconciliación: la transición. Nuestro país también asombró al mundo con un proceso de liderazgo y estrategia política que nos permitió entrar de forma clara e indiscutida en el mundo democrático y desarrollado. En ese proceso se integró la primera amnistía a los terroristas de ETA. Toda la sociedad se involucró en él, todos tuvieron que ceder. Algunos más que otros. Navarra fue vendida de forma nefanda al nacionalismo. Y de esa cesión tan injusta como estúpida da testimonio la disposición transitoria cuarta de la constitución. La respuesta de los nacionalistas fue votar “no” a la ley fundamental que los ampara a ellos de manera especial frente al resto de los españoles, y la persistencia de un fenómeno terrorista brutal e impropio de un país democrático. Porque los terroristas de ETA que siguieron matando no lo hicieron para combatir una situación injusta. Lo hicieron para alcanzar el poder al margen de la democracia, utilizando sabiamente el terror y la debilidad del Estado Español. Sin este terrible proceso que ha sumido a la sociedad española y vasca en un profundo síndrome de Estocolmo, hoy Bildu, Amaiur, o como quiera que se llame la rama política de ETA, no tendría el poder que tiene.
En España todo aquel que quiera obtener algo del Estado ya sabe el camino: poner bombas y asesinar niños. Es el modo más eficaz. Y estos cretinos, con la iglesia nacional vasca a la cabeza, todavía exigen el perdón. No lo piden, porque ellos no se arrepienten de nada. Ellos quieren obligar a las víctimas y al Estado a humillarse públicamente una vez más, aceptando perdonar a quién no solicita su perdón.
La memoria histórica, en cambio, es otra cosa. Eso no se debe perdonar.
Las víctimas no tienen el poder en España. Han cumplido su parte en el proceso democrático español del mismo modo que lo hizo Mandela: sin revanchismo. El perdón no puede otorgarlo más que la persona ofendida. Se dice de forma análoga que un toro es perdonado o que un juez perdona. Pero un juez no puede hacer otra cosa que aplicar la ley: el perdón no le compete. El perdón del Estado compete al gobierno y se llama indulto o amnistía. Perdonar propiamente dicho solo lo puede hacer una víctima. Pero como a ellas no les compete hacer justicia, y en un país democrático son los jueces los que tienen que hacer cumplir la ley a todos los ciudadanos, el perdón de una víctima es algo irrelevante desde el punto de vista jurídico y político.
¿Por qué entonces parece tan importante que las víctimas de ETA agachen la cabeza y “perdonen” a sus verdugos? No se pide lo mismo a víctimas de violadores asesinos. Es curioso.
En primer lugar, sucede que el código penal español es profundamente injusto, y su aplicación todavía es peor. Eso hace que al no haber justicia en nuestro país, las víctimas se tengan que personar en los procesos para conseguir meter a los terroristas en la cárcel, lo cual es asombroso. ¿Por qué una víctima tiene que personarse como acusación particular? ¿Qué pasa con la fiscalía? ¿Cómo es posible que alguien que haya asesinado a más de veinte personas salga algún día de la cárcel? Porque no ha sido un calentón en una pelea accidental. Son terroristas. Y se da la circunstancia de que para que los terroristas de ETA cumplan pocas penas de cárcel, se monta todo un chandrío de código penal en el que asesinar o violar y asesinar es menos grave que algún delito fiscal. Y digo alguno, porque si el que comete el delito fiscal es según quién…pues tampoco pasa gran cosa.
En segundo lugar, el proceso de conquista del poder del nacionalismo apoyado en el terrorismo, necesita la legitimidad moral que no tiene. Para eso se utiliza a las víctimas. Si ellas perdonan, todo ese proceso inmoral e injusto adquiere legitimidad.
Perdonar es algo bueno y grande. Otorgar el perdón y recibir el perdón cura heridas morales profundas. Pero cuando hablamos de procesos políticos alcanzados por medio de actos terroristas y de cumplir la ley…. no estamos hablando de eso. En el País Vasco no se necesita un proceso de reconciliación nacional porque nunca hubo más conflicto que el terror sembrado por ETA. A todo el que piensa distinto lo echan. Todavía hoy es imposible ejercer el derecho democrático de disentir sin consecuencias. El Estado tiene que garantizar ese derecho a todos los ciudadanos. Y tiene la obligación de defender a los ciudadanos de las agresiones.
No sé quién se ha inventado la actual interpretación de un código penal con un objetivo único: la reinserción. Eso es idiota. Pues quite usted las cárceles y métalos a todos en psiquiátricos. No nos engañemos. En España hoy, el poder judicial y el poder político solo buscan una cosa: que la corrupción no sea perseguida para que no les afecte a ellos, y que los presos de ETA no cumplan grandes condenas o no vayan a la cárcel. Y para conseguir estos dos fines se hace todo lo demás.
Por eso, hablar de perdón en este contexto es una prostitución del lenguaje. Aquí el perdón no pinta nada. Pero no hay que caer en la trampa del “ni perdón, ni olvido”. Simplemente hay que ser sensatos. En este asunto, el que las víctimas perdonen o no, ni quita ni pone. El Estado tiene que garantizar la seguridad, tanto física como jurídica. Es decir, hay que hacer justicia y perseguir a los criminales. Y las penas deben ser proporcionales a los crímenes y a la peligrosidad. Es decir, no se puede cumplir lo mismo por un asesinato que por veinte. Y no es lo mismo ser un terrorista o un sádico peligroso que un delincuente menos peligroso. Y a las víctimas hay que apoyarlas, y más si son de terrorismo, porque con su actitud cívica ejemplar cumplen una función social insustituible. Todo lo demás, hay que hacérselo mirar. Los españoles, digo.
