Este país no tiene remedio. Ahora que ya se ha muerto, todos le rinden homenaje. Pero hay que ver cómo le destrozaron en vida. A Suárez le echaron todos los que hoy le lloran. Y con violencia. Porque como bien le dijo Tejero en el Congreso, en el 23–F estaban todos. Y cuando digo todos, digo todos. No faltaba uno. La izquierda con él fue salvaje, y la UCD… en fin, para qué hablar. Aquí donde me ven, no soy partidaria de Adolfo Suárez. No en lo político. Pero creo que el tiempo ha agrandado su figura en lo personal. Era bueno y honrado. Más de lo que se puede decir del 80% de los políticos actuales.
Es cierto que pilotó la transición con pericia, en medio de enormes dificultades. Pero tuvo dos errores garrafales que hoy estamos todos pagando. Con la Unión de Centro Democrático quiso abarcar un espectro excesivamente amplio que lo llevó al desastre, porque hizo su gobierno ingobernable. Tenía que haberse quitado a los socialdemócratas que le hicieron la cama insistentemente. Por otro lado, cedió ante los nacionalistas lo que no tenía derecho a ceder. Total, el terrorismo no terminó con sus cesiones y además no votaron sí a la Constitución.
Recuerdo aquellos años con claridad. Mi abuelo, Rafael Aizpún Santafé*, recibió la democracia con tanta ilusión que revivió unos años, a pesar de su avanzada edad. Esperaba mucho de Suárez y lo defendía con pasión frente a las críticas de otros. Pero poco a poco se fue desilusionando. Se dio cuenta de que a él y a su equipo les faltaban conocimientos, realismo y altura. Algunos eran buena gente, pero pardillos. Cuando vio de que iba el rollo se murió.
Recuerdo las presiones de Antonio Fontán a mi padre para que convenciera a mi tío Jesús para que firmara la transitoria cuarta. En mi casa, nadie de los que podía votar votó “sí” a la Constitución. Antonio Fontán asimiló tan mal la resistencia contra la transitoria cuarta que tardó un año en darle el pésame a mi madre por la muerte de mi padre. Se supone que eran amigos. Y lo hizo porque se encontraron por casualidad. Mi padre pagó caro aquella resistencia. Las heridas de aquellos años no se han cerrado. Y la injusticia se ha cebado con las víctimas del terrorismo y con la fama de muchos políticos honrados que no se lucraron con sus puestos, sino que hipotecaron sus vidas al servicio de España. Pero esa clase política ha sido barrida del mapa. Y la sociedad se ha ido corrompiendo poco a poco, y ya hace muy difícil que la gente honrada se meta en política.
Suárez hizo posiblemente lo que buenamente pudo. Pero la izquierda y los nacionalismos, la Corona y otras instituciones fueron absolutamente desleales. Machacaron todo lo bueno de la Constitución del 78 y perpetuaron sus errores. El analfabeto funcional y profundo sectario Alfonso Guerra se cargó la separación de poderes al grito de “Montesquieu ha muerto” ante el silencio cómplice de la judicatura y las universidades. De aquellos lodos vienen estos barros. Hoy ambas instituciones son un desastre. El 23-F triunfó, como ha triunfado el 11-M y como ha triunfado la ETA.
Suárez ha muerto. Ahora toca enaltecer su figura, cuando de su obra ya no queda sino una falsa democracia, un Estado en vías de disolución y una crisis social y política que terminará con España en poco tiempo si alguien no lo remedia. Regeneración. No volver al espíritu de la transición, que no sé si nunca existió, pero si lo hizo fue puntual y brevemente. Regeneración ética y democrática. Eso es lo que necesita España. No mentirse a uno mismo es el principio de cualquier solución.
*Perdón por hablar de mi experiencia personal. Mi abuelo fue ministro en la Républica en los gobiernos de la CEDA, fundó Unión Navarra. Franco lo quería mal. Primero le quitó el pasaporte. En un momento dado, como mi abuelo ya era mayor, conspiraba y aceptó ser miembro del Consejo de Don Juan, el dictadorzuelo le ofreció un puesto. Mi abuelo se negó, a diferencia de los abuelos y padres de Juan Luis Cebrián, Maria Teresa Fernández de la Vega y otros ilustres socialistas que no voy a nombrar aquí. Algunos fueron coherentes. Otros flotan como el corcho: siempre con el poder.
