La aventura espacial. ¿Y ahora, qué?

Por Javier Pardo de Santayana

( La pradera del Rebaño, luz de luna. Óleo de Jean François Millet en pintura.aut.org. Museo de Orsay, París. 39,5 x 57)(*)

La fotografía, tomada desde atrás y con “zoom”, representa el aterrizaje de un trasbordador espacial. Es de noche, y las luces crean un ambiente de gran acontecimiento. Nos dicen que se trata del “Atlantis” y que la foto corresponde al último vuelo de su especie. Con él se acaban los transbordadores. Los más recientes cuentan ya con más de veinticinco años de servicio, y su mantenimiento resulta sumamente caro; así que convendrá enviarlos directamente al museo. Yo recuerdo con nostalgia la mañana en que presencié el lanzamiento del primero de ellos: el “Columbia”, que se desintegraría con sus siete tripulantes al despegar de Cabo Cañaveral veintidós años después. La culpa, de una grieta originada por fragmentos de la protección térmica.

La pregunta obligada es: ¿Qué quiere decir esto de que “se acabaron los trasbordadores”? ¿Que la Nasa no ha previsto los repuestos, que ahora ya hay un tipo de vehículo distinto, o que se ha desarrollado un nuevo concepto de operación para el traslado a la Estación Espacial? Y la respuesta nos sorprende: ni hay previsto repuesto alguno ni hay concepto nuevo que valga.

Mas la cuestión es qué va a ser de los pobres hombres que andan allá arriba esperando quién los releve. Sería cruel abandonarlos a su suerte. Nos dicen que no, que no se les abandonará, pero nos falta saber el “cómo”. Y la explicación es la siguiente: de ahora en adelante el transporte a la Estación Espacial Internacional correrá a cargo de los rusos, o sea, de los que fueron – y no sé si seguirán siendo – los más directos rivales de los norteamericanos.

Quién te ha visto, y quién te ve, dice uno por lo bajo pensando en ellos. ¿Tan hondo habrán caído? Y nos cuentan que, en efecto, del transporte se ocuparán los rusos, aunque, claro, cobrando 51 millones de dólares por plaza y con unas limitaciones de aquí te espero, porque en cada viaje sólo se podrá relevar a tres astronautas en vez de a los siete habituales, y el mando del vuelo corresponderá en todo caso a un cosmonauta ruso. Además – digo yo – habrá que fiarse de la tecnología y de la habilidad de otros, detalle digno de consideración para quienes exponen su vida en el espacio.

¿Qué pensará Vance Brand, a quien acompañé en su vista a España, al ver como el Soyuz de su encuentro espacial sobrevivió a su añorado Apollo? ¿Y qué diría el presidente Kennedy, quien pretendía – como él decía con frecuencia – que su nación no dejase de ser “second to none”?

Mas no crea el lector que con los trasbordadores se acaba también el sueño que oí formular a Kennedy con aquel su acento de Boston sólo días antes o después de verle en San Antonio frente a El Álamo. Era el sueño que años después materializaría en la Luna el doctor Werner von Braun, mi vecino de Huntsville. Lo que ha ahora ha cambiado es la estrategia de la política espacial norteamericana. Desde luego, el objetivo seguirá siendo el planeta Marte; primero, para orbitarlo hacia el año 2030, y más tarde para pisarlo. Diremos, sí, adiós a la entrañable Luna, pero la acariciaremos situando naves tripuladas a su alrededor hacia 2025 como paso previo al definitivo viaje hacia el planeta rojo.

La novedad aportada por el presidente Obama – porque la orientación general viene de los tiempos del vituperado presidente Bush – es haber abierto las puertas al sector privado, algo dentro de una tradición muy de allí, pero cuyo éxito parece difícil de augurar a simple vista. En efecto, el espacio es un territorio en el que el rédito de los esfuerzos empeñados suele tardar en recogerse, y las empresas carecen de la paciencia que pueden permitirse los gobiernos; siempre que éstos gocen, claro está, de consenso político sobre los temas importantes. Quizá por eso predomine el escepticismo entre los norteamericanos Pero creo que si su gobierno ha decidido ir por esa senda será porque en el fondo ve que allí hay negocio – subvencionándolo, como es de suponer.

En todo caso, lo esencial es que el sueño seguirá adelante de una forma u otra aunque curiosamente ya no parezca interesar a nadie. Ahora, eso sí, nos las arreglaremos en plan pobre y tendremos que confiar en que los rusos hagan bien su trabajo. También nos acomodaremos a ciertas estrecheces. Pero estas son cosas a las que ya nos acostumbramos con la crisis, y al final acabaremos por alcanzar un hito nuevo y espectacular: ver a un hombre pisar otro planeta.

Por mi parte, sentiré no llegarlo a ver desde aquí abajo, porque el interés del acontecimiento puede ser bastante relativo allá donde espero encontrarme en esas fechas.

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm7.static.flickr.com/6129/6008583542_b7dc425744_b.jpg

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

Lo más leído