Por José María Arévalo

(Cristo abrazando la cruz. c. 1587-1596. Óleo de El Greco en la exposición Encuentros con la que el Thyssen-Bornemisza ha acompañado la Jornada Mundial de la Juventud 2011. 66 x 52,5 cm)(*)
Al igual que las alegrías nunca vienen solas, también los sufrimientos los suaviza el Señor con algunas “dedadas de miel”, que decía san Josemaría. Justo antes de la JMJ me han operado de un desprendimiento de retina, que me ha permitido seguir todos los días, bien que por un solo ojo, el gran acontecimiento con el portátil, colocado a mis píes, en el suelo, a fin de respetar la postura indicada en estos casos. Para que mis hijos pudieran asistir a esta “fiesta de la fe” –apelativo que he oído, creo que al Papa o a Rouco, y se me ha quedado grabado-, ha venido una de mis hermanas a la que no tengo ocasión de ver sino de guindas a brevas, de modo que hemos disfrutado muchísimo juntos.
Aunque era evidente que sería un éxito –de ahí la contra de los “perroflautas”- el resultado ha superado con mucho las previsiones. “Abrumadora exhibición de fuerza”, comenta la prensa “contra”, a la que ha parecido fatal que el Papa haya dicho que no se puede seguir a Jesús en solitario; “si no, advirtió, se «corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo o de acabar siguiendo una imagen falsa de él». Para añadir a continuación: “incluso cuestionando la democracia, si las ideas mayoritarias de la sociedad no coinciden con las católicas”. Y así han destacado –leo en el diario vallisoletano de mayor difusión- que para el Papa “la libertad humana sólo es auténtica si acepta como referencia la verdad tal como la entiende el magisterio de la Iglesia. Este planteamiento no sólo resulta inaceptable para los no creyentes…”. Tan burda interpretación no se sostiene, pero así se escribe la Historia. A pesar de los pesares reconocen que “la JMJ ha puesto de manifiesto el poder movilizador de la Iglesia católica, su eficacia organizativa, una sensibilidad estética impresionante y una capacidad insuperable de suscitar hondas emociones…”
A los católicos todo ello nos da igual, que nos da lo mismo. No es eso a lo que vino el Papa ni por lo que le han seguido los jóvenes. A pesar de que en su mensaje Benedicto XVI no ha tocado esta vez las cuestiones doctrinales de mayor disputa en nuestro país –aborto, eutanasia, matrimonio homosexual, libertad de enseñanza y religiosa; lo que aquellos han querido ver como contraprestación a la puesta a disposición de medios públicos, que ya es decir-, está claro que la izquierda no se queda a gusto de ninguna manera, ni aunque el mensaje sea absolutamente espiritual. Lo acredita el pasaje de la carta de san Pablo a los Colosenses elegido como lema para esta nueva Jornada Mundial: “Así como habéis recibido a Cristo Jesús, el Señor, vivid en él”. El Papa ha hablado de Jesús y nuestra relación con él, y casi nada más. Pero, como decía el Prelado del Opus Dei, don Javier Echevarría, en el artículo que publicó La Razón, “Las jornadas de la juventud, en este mundo nuestro, tan desgarrado por guerras y por revueltas ligadas a las incertidumbres e injusticias de la vida, en este mundo, que a la vez nos toca amar porque es el lugar donde Dios nos quiere con su amor infinito, las jornadas mundiales nos traen una bocanada de aire fresco. La misma sociedad global, tecnológica, siempre en cambio, se muestra también sensible a la verdad y a la esperanza. Y ve en su seno a esa multitud de católicos que, de repente, en la calle, se descubren, se conocen, y se percatan de que cuentan para algo, para mucho: han de ser el alma de la sociedad. Creemos en el amor de Dios, nos dicen, y aquí estamos.”
El Papa ha ido al fondo de la cuestión, el encuentro con Cristo, dejando para otra ocasión la multitud de consecuencias que de ello se derivan en el plano doctrinal. Me pareció muy lúcido, a este respecto, el artículo del cardenal don Julián Herranz que publicamos en este blog el pasado lunes, y que titulaba “Ratzinger, padre de la Iglesia”. Señalaba don Julián que en tanto Juan Pablo II se opuso especialmente a la «utopía totalitaria» de la justicia sin libertad, propia del comunismo y del nazismo, Benedicto XVI se opone a la «utopía relativista» de la libertad sin verdad, es decir, sin valores y verdades objetivas que tutelar. “En el contexto socio-político –continuaba- esa actitud es signo de decadencia cultural y antropológica, pues «una democracia sin valores», a la que el relativismo hace «perder la propia identidad», es una democracia decadente, que puede fácilmente «degenerar en totalitarismo abierto o insidioso» (Discurso, 1-X-2005). Pero Ratzinger, como los Padres de la Iglesia, no es hombre que se limite a señalar errores o peligros: él enseña que el Cristianismo es el encuentro con la Verdad encarnada, con Cristo, que revela al hombre no sólo el misterio de Dios sino también el misterio del hombre: la excelsa dignidad de su naturaleza y de su destino eterno.
Por eso, sin «hacer política», propone un tipo de sociedad en la que la armonía entre fe y razón sea la medida del verdadero humanismo, y donde un sano concepto de laicidad —que respete la dignidad de la persona y sus derechos inalienables, entre ellos la libertad religiosa de culto y de conciencia— permita superar el fundamentalismo laicista, hostil a la relevancia familiar, cultural y social del Cristianismo y, en general, de la religión.”
Tampoco tenía desperdicio el artículo que, junto a este, publicábamos el lunes, “Benedicto XVI y los jóvenes”, de Pablo Blanco Sarto, biógrafo del Pontífice. Entre ambos dan cumplida respuesta, creo, a los comentarios de la prensa “contra” a que me he referido al principio. “Benedicto –escribe Blanco Sarto sobre los jóvenes ante el Papa – no tiene la simpatía arrolladora ni la capacidad escénica que tenía su predecesor. Pero, cuando lo leen o escuchan, experimentan un instintivo movimiento de sintonía, empatía, cercanía. Ven que es un Papa para el hoy que habla de amor y verdad, de Jesucristo, de la Iglesia como su cuerpo y esposa, de adoración y respeto a la creación y al medio ambiente. Que habla con belleza y claridad. Le parece importante en esta sociedad posmoderna y algo esteticista, y a la vez quiere reconducirla a la belleza de Jesucristo, `el más hermoso entre los hijos de los hombres´, como reza el salmo.”
En fin, menos polémica que en otras visitas, más profundidad en el mensaje, y fiesta por todo lo alto. Inolvidable.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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