Por Javier Pardo de Santayana

(Las alas del polvo. Ilustración de Ignacio Nazabal en caimanbarbudo.cu) (*)
Debo ser muy listo, porque se me llevan los demonios cuando oigo a tanta y tan experimentada gente enredarse en tonterías sobre cosas que yo veo así, directamente, sin necesidad de tanto palabreo. Por ejemplo, ahora mismo, con esto de la austeridad y el estímulo. Qué quieren que les diga; cuando oí que el máximo responsable de nuestra «gobernanza» – como gustan ahora de decir los cursis – señaló como objetivo fundamental la reducción del paro y acto seguido se puso a recortar el gasto público, no tuve que reflexionar ni un mísero minuto para entender que, tal como están las cosas, conseguir lo primero requería empezar por lo segundo, y que la secuencia hasta ahora seguida era el único camino que, con un poco o un mucho de suerte, podría conducir al deseado éxito. Condición «sine qua non», que dicen.
Pues hay que ver la que se ha armado con lo de que si prometió una cosa y ahora hace otra, y con lo de que si son o no compatibles los dos conceptos. «¡Ese no es el camino!» gritan unos como transidos por la indignación, «¡estos tíos nos van a ahogar!» exclaman otros con gesto de fingido espanto. «Menos mal que eso lo cambiará el señor tal» añaden algunos refiriéndose a un caballero que, pese a ser francés, tiene nombre de país foráneo. Y todos protestan y piden que se explique el gobierno porque no lo tienen nada claro. Pero yo, que como ya dije debo ser bastante listo, no necesito que nadie me explique nada. Y es que lo entendí desde el principio, como también entendí que, si nuestra primera gobernanta – que también lo es del país que, como dicen los castizos, «suelta la tela» – tarda en pasar de la primera fase a la segunda, o sea de los recortes al impulso creador, será porque se malicia que si no restalla el látigo todos se lanzarán al tan simpático y apetecible estimulo sin redondear la antipática tarea de apretarse el cinturón.
Desde luego, a ésta no se la dan tan fácilmente con queso… Lo digo porque no creo que haga falta exprimirse demasiado el seso para imaginar lo que ocurriría, sin ir más lejos, en este país nuestro en el que cada uno quiere que se haga su santa voluntad. Quiero decir, en un país donde la politización partidista nos hace perder, no sólo el rumbo, sino también el mero sentido común. Ahí tenemos a esos ensoberbecidos gerifaltes que, embriagados por el olor del poder, pretenden convertirse en reyezuelos de ilusorias e insolidarias ínsulas baratarias, o ese «dúo dinámico» algo cateto – ahora airado, que no antes – que pretende situarse a contracorriente de los criterios de Europa, el obligado entorno natural nuestro donde se coordina y orienta el bienestar de quinientos millones de ciudadanos. O ese listillo con aspecto de enseñarnos el Catón, que les apoya para sacar tajada y se desmarca de su propia responsabilidad tanto pasada como presente. De verdad, de verdad, ¿creen ustedes que con tal tropa se puede llegar a alguna parte? Pues nada, a restallar el látigo, dijo la dama.
Ahora ésta dice que ya podemos ir pensando en un programa de incentivos. O sea, que sigue el guión previsto, digo yo, que debo ser muy listo. Y añado: esto quiere decir que ella, que lo debe ser también, se percató de que ya hemos visto las orejas al lobo y empezamos a obrar en consecuencia: «bueno, parece que ya se dieron cuenta de la crisis de caballo y dejaron de tocar el violón» se habría dicho con esa su media sonrisa como de zorro viejo. Pero quizá no sea tan astuta como parece o, simplemente, no conozca bien el percal. Porque los del violón seguirán mareando la perdiz como si de nada se hubieran enterado. Por ejemplo, dirán: «Qué razón teníamos nosotros cuando protestábamos con aquello de que había que cambiar el rumbo». Y la señora recuperará su sensatez y dirá: «Hijos míos, que no os enteráis; que no tenéis remedio… Ya sé que si pudierais seguiríais construyendo aceras y spas en las aldeas para estimular el gasto y el voto popular, a vuestro favor, naturalmente. O repartiendo subvenciones a troche y moche con el mismo objeto y haciendo imagen hasta con las lesbianas de Zimbabue y los zambos del Congo, que en eso sí que estáis a la altura de la globalización».
Total: que no paran de alimentar mi «ego».
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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