Por Carlos de Bustamante

(Camino de San Bernardo. Acuarela de J.M. Arévalo. 34×46 ) (*)
Oro viejo. Y plata. En los cereales. Y en las hojas de los pópulus albis (álamos). El verdor en la ribera es tan intenso, que, bosque salvaje, desde mi observatorio lo veo negrura en la vegetación intrincada. En derredor de la cabaña, cambia el panorama: los matorrales de tomillo, romero y aulagas visten ropajes grisáceos, del color gris de la arcilla gris. Con lentejuelas brillantes en los cristales de yeso cristalizado. Y el del acero bruñido en las carrascas. Arco iris en la arcilla de las derroñadas. Betas rojas, verdes y grises. En ambas orillas, olor a verano. Subo al páramo. Espectáculo. Trigales dorados como cabellera de jovencita rubia que ondean al viento. Mejor mecer que ondear. Las rachas suaves que mecen continuas a las mieses, muestran al observador la maravilla del sol envasado en espigas bien granadas que cuchichean cánticos que sólo el silencio hace perceptibles. Si la exuberancia es la característica de los campos de cereal en el valle contemplados desde mi observatorio, “el dorado” hecho pan, es la grandiosidad sin límites del páramo con ropajes de oro viejo. Deslumbrante. Olor a verano.
Me acompañan Escarcha y los amigos raposos de la raposera en la peña alba. Porque lo sé lo entiendo. No están enfermos ni hambrientos; cánidos y familiares vulpes, están pelechando. Lo contrario que sucede en la naturaleza que, con las mejores galas, luce en todo su esplendor.
-No sé de qué te extrañas, Carolus. Para que en invierno tengamos la piel nueva y de abrigo, es necesario que ahora se nos caiga la vieja, me dijo Escarcha por cómo la miraba.
¿Ves Carolus- dijo Raposilla “la Guapa”-.Los cazadores que nos persiguen para hacerse abrigos con nuestras pieles, ahora nos dejan en paz, porque pelechando no valen nada. Todo el invierno-añadió- debería ser verano. Los cachorrillos raposines, aún sin entender nada de nada, asentían con la cabeza arriba y abajo, sin dejar de rascarse la piel deslucida con una de las patas traseras.
No muy erguido y como avergonzado de tan pobre vestimenta, Raposo tomó la palabra:
-Digo yo, Carolus, que si los humanos sois tan listos, ¿por qué tanta maldad de matar y matarnos a los animales para abrigarse o lucir sólo nuestras pieles? Después de un breve silencio de todos los presentes por el importante contenido de la pregunta continuó Raposo: ¿no fabrican para lo mismo tejidos sin que antes tengan que matar a nadie? Y continuó con el tono cada vez más alto: ¿Acaso tú apruebas esa conducta? ¿No te parece de locos?, terminó ante el silencio absoluto de todos los presentes.
Raposo me hizo meditar. No muy seguro de contestar certeramente, balbuceé unas palabras, que fueron cogiendo tono de firmeza:
Cuando al principio del mundo, Dios creó los cielos, mares, animales y plantas, vio que “todo era bueno”. Entonces dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”.
Ni mis amigos, ni yo mismo sabíamos bien en qué terminarían palabras tan extrañas, para responder a la sensata pregunta de Raposo. Así que proseguí lo iniciado.
-Dios, pues, concedió a los hombres el señorío de todo lo creado-dije-, y guardé unos momentos de silencio… Los mismos que aprovechó Raposo para preguntar astuto:
-¿También para matar y obrar mal a su antojo?
-Sí, Raposo, también; porque les concedió la libertad. La que permite obrar a cada cual según la conciencia.
-Y eso, ¿qué es?, preguntó Escarcha, callada hasta entonces.
-Es, perrina, le dije, la facultad de obrar el bien o el mal, afirmé rotundo. Como no les aclaró demasiado. Hube de continuar:
– Nuestro Dios, mis amigos, que es el de todos, puso al hombre sobre la tierra y todo lo creado, “para que la trabajara y custodiase”. Mal –añadí a muchos pares de ojos perplejos- si el trabajo y custodia fueran maltrato y descuido de lo recibido.
-¿Entonces…?, pregunto “todo” la Guapa.
-Pues eso, Raposilla, que tiene razón tu marido, le dije, que matar o maltratar por capricho o, peor, por presunción sin belleza ni arte alguno, es un disparate, que de ninguna manera puede agradar al Señor de todo lo creado.
-¡¡¡Aaaahhh!!! unánime.
Del cereal, abajo, en el valle, subían efluvios de verano cuando me despedí de mis amigos, ahora pensativos. En el frescor del anochecer, quedaban en suspenso dudas importantes: tal vez el arte y la belleza tengan respuesta en el próximo relato. Si me siguen y Dios es servido, lo vemos…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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