Por Carlos de Bustamante

(Pueblo castellano. Acuarela de Jesús Meneses del Barco, en jesusmenesesdelbarco .blogspot.com)(*)
Podría referirme a cualquier tipo de familia, porque en el campo he convivido con todos los que, diríamos hoy, pertenecieron a diferentes “status sociales”. Es más, fueron mayores y más cotidianas las relaciones de amistad con los que, sencillos castellanos-obreros, trabajaban en las diversas especialidades que requiere una labranza familiar como era la tantas veces nombrada Dehesa de Peñalba.
Sea como fuere, en mi último artículo comencé a narrar las aventuras y desventuras de una familia numerosa que, terminado el curso escolar, pasaba allí, gozosa, las vacaciones de verano. También, aunque con menos frecuencia, las de Navidad. Unido a esta familia por lazos muy estrechos, bien puedo llevar a cabo, por proximidad, el oficio de narrador de sucesos y aconteceres de los componentes tan entrañables.
Les dije, que seis hermanos, seis, todos varones, acordaron planificar cada jornada campera en un local propio. El habitáculo de un pajar que abandonado por ruinoso pero aún aprovechable para sus fines, llamaron Cuartel General de Diabluras. El nombre le cuadraba, porque lo era. Cuartel y general, porque además de los seis, raro era el verano que no tenían añadido de amigos en casa. Y diabluras, pues las actividades, sin llegar, Dios les libre, a realizar cosas diabólicas, sí lo eran de actividad tan intrépida y frenética, que alguien las calificó con la expresión popular de “cosas de los demonios”. Diabluras. Como “Pabluras”(travesuras de Pablo) tituló mi buen amigo y mejor escritor Miguel Martín Fernández de Velasco en la novela premiada que lleva este nombre.
El hada madrina de los seis- su tía Merce- presidía el Cuartel. La que hizo de protectora tantas veces, bien se la pudo llamar Ángel de la Guarda, aunque no le cuadrase por el sexo.
Pertrechados de diferentes aparejos, la asamblea cuartelera fue por demás animada. Con democracia “sui géneris” (como casi todas las democracias), y como el Mizifuz y Zapirón de Samaniego trataron en conferencia si sería imprudencia… dedicarse a la caza y la pesca. Afición tenían; y facultades para ambas les sobraban.
Pedido a los Reyes Magos en Navidad, cada cual tenía en propiedad intransferible el aparejo de hilo sedal, anzuelos y vistosos flotadores de corcho enrollados en tabletas “aparentes” (adecuadas). Les faltaba la caña. Se comprende que Sus Majestades, vivían una crisis por la que no les era debido regalar en exceso. Ningún problema para los del Cuartel. La solución para la pesca, vino anotada en la “orden del día”: todos a la búsqueda de varas largas, ligeras y derechas, para sustituir a la “bobada ésa de las cañas”. Actividad febril. Todos en desbandada para preparar luego una caña para la pesca “en condiciones” en el río.
Por conocer palmo a palmo cada rincón de la Dehesa y también de la ribera, todos acudieron en derechura a los matorrales de saúco que crecían, derechos como velas, junto “a la puente hundida”. Navajas en acción. Herramienta que, atada con guita al cinto, era imprescindible para tan diversas actividades. Labor luego artesanal en el Cuartel. Con alambre que sirvió para apretar las pacas de alfalfa o paja, hicieron anillos para, igual, igual, que en las cañas “profesionales”, discurriera el sedal hasta el carrete por un lado y los anzuelos por el otro. Carretes de madera. También de la más pura y lenta artesanía. Impacientes todos para el estreno, si el carrete se resistía a la talla de las navajas, en la caja de costura de la santa madre, siempre había algún carrete que “tuvo hilo enrollado”.
Nada tan sencillo como colocar plomos de contrapeso en el sedal a la distancia conveniente de los anzuelos. Chupado lo de la boya o flotador. De corcho. Al que, incluso, pintaban de rojo vivo. Como el sedal había de pasar a través del corcho (la boya), a punto estuvieron varios gallos presumidos de pasar a mejor vida para que de las plumas más gruesas y huecas, pasara el sedal tras atravesar el flotador. El que terminaba primero, no ayudaba a su compañero. Las lombrices en la tierra negra, junto a los abrevaderos, proporcionaba cebo tan abundante, que como “mejor es que sobre que no falte”, con el contenido del bote de cada uno, se podría alimentar a los seis kilómetros de “piscifactoría” que era el padre Duero. Los que delimitaban la Dehesa. Seguiré, si Dios es servido, con la pesca en sí de carpas y barbos con el completo de caña, sedal y anzuelos. También de otras artes de caza y pesca, con los que el verano era un verbo muy corto para los hermanos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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