Por Javier Pardo de Santayana

( Café . Acuarela de Álvaro Castagnet en Facebook ) (*)
Yo estoy en Yahoo, aunque, como me ocurre con todos los inventos informáticos, no sé bien “cómo” estoy. Supongo que alguien me metió y que se trata de un “portal” o de algo parecido, puesto que da entrada a mi correo.
También anda por ahí aquello de “Google”. A éste le atribuyo en mi ignorancia algo que me parece milagroso: cómo puede ser capaz de sacar de un número de fuentes incontable y ajenas unas a otras una información totalmente inmediata sobre cualquier cosa relacionada con lo que se le pida, no importa cual sea su importancia y su naturaleza. Sistema éste que, curiosamente, también funciona apelando sin más a mi Yahoo de siempre (“buscar en la web”); aspecto del tinglado informático que, como otros muchos, me tiene desconcertado. También me causa asombro que muchas de estas rarezas en el fondo tan prácticas fueran concebidas en la austeridad de unos garajes, lugares marginales y con frecuencia poco confortables.
Valga este preámbulo que nos traslada a un ambiente parecido al de Aladino – Aladdin para los niños de hoy, ganados por el lío de las influencias – para centrarme en las excrecencias comerciales con que Yahoo se me presenta cada día. Suelen éstas consistir en unos titulares sugerentes y una sarta de gacetillas astutamente escritas para abrir el apetito del lector. O sea que va uno en pos de su correo, cuando, excitado por la curiosidad, se ve enredado en una serie de consultas con las que ávidamente intenta conocer lo que hay detrás de esas noticias.
En cuanto a los titulares, de tarde en tarde observo algunos claramente tendenciosos desde el punto de vista político, y me pregunto quiénes autorizaron su inserción no siendo noticias propiamente dichas sino expresión de una opinión personal que tiene nombre y apellidos. Y me pregunto también, naturalmente, en qué medida podrá influir en quienes se ven obligados a leerlos cada vez que buscan su correo o aprovechan el portal para hacerse idea de los acontecimientos más recientes.
¿Y qué pasa con las gacetillas? Pues que algunas tratan de cosas raras que pasan por ahí, como que un niño se tragó un peine o que una casa amaneció posada sobre un árbol como consecuencia de una inundación, pero otras muchas – quizá la mayoría – son pura banalidad cuando no cotilleo: que si a tal o cual actriz la levantó las faldas el viento y enseñó hasta el carné de identidad, o que si un ministro concentró su mirada en el trasero de una ilustre dama; que díganme cómo se puede precisar tal cosa por una simple instantánea… Bueno, cosas así.
Una de las modalidades de estas gacetillas suele ser la crítica de modas. Por lo que se ve, la empresa tiene expertos en la cuestión que se dedican a analizar detalles de la indumentaria femenina para pontificar después sobre lo que les gusta y lo que no les gusta. Pero, como se sabe, en gustos hay de todo, y no digamos en lo que se refiere al vestuario femenino, tan cambiante como la situación meteorológica. Por eso me extraña que un frontispicio que se planta forzosamente cada día ante millones de personas se permita entrar en minucias como éstas, con el peligro de desacreditar a personas concretas diseñando para ellas un perfil que puede molestarlas. porque aquello de “que hablen de mí aunque sea mal” no es necesariamente aplicable al aparecer de todo el mundo.
Estas disquisiciones mías, algunas de las cuales tenía ya en reserva desde hace mucho tiempo, vienen a colación ahora ante los comentarios leídos en Yahoo sobre el atuendo de dos reinas – la española y la holandesa – en un reciente encuentro de las dos parejas reales. El titular del comentario resalta la diferencia de vestimenta entre una y otra para incitarnos a tomar partido.
Y, efectivamente, nuestra reina va mucho más sencilla que la reina holandesa. La diferencia principal, es, aparte del vestido en si – mucho más aparatoso en la segunda – que la nuestra no lleva ni guantes ni sombrero. Desconozco si en algo influye el nombre de Máxima de la reina de los Países Bajos. Sólo sé que, cada una en su estilo, las dos están muy bellas.
Ahora que tanto se habla de “protocolos”, digo yo que la diferencia podría tener su causa en el la escasa concreción de alguno de éstos. Quizá la reina holandesa quiso resaltar el nivel del encuentro, y la española más bien la naturalidad entre unas parejas reales que se conocen y se tienen especial afecto. Pero, sabiendo que las dos hablan el mismo idioma y han adquirido cierta confianza, no puedo por menos de evocar y sugerir lo que siempre fue clásico entre las mujeres españolas: esto es, la llamadita previa por teléfono y aquello de: “Oye, mona, ¿qué piensas ponerte?”
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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