Por José María Arévalo

( La Asunción y Adán y Eva, en el retablo de Domingo de Amberes en la Parroquial de San Pedro en Pampliega) (*)
Me proponía titular “Los retablos de Domingo de Amberes en Mahamud y Pampliega” este segundo artículo sobre lo apreciado en la excursión con los compañeros jubilados a Villahoz, Mahamud, Santa Maria del Campo y Pampliega, en el sur de Burgos, pero lo que vimos es mucho más que estos dos retablos, verdaderamente extraordinarios y que no me quito de la mente. Es toda un explosión del arte renacentista que acogió –bueno, algo aún empezaba a construirse- a doña Juana en el cortejo fúnebre con los restos de su marido, que presidió recorriendo todos estos pueblos castellanos con intención de llevarlos al panteón de los Reyes de Granada, y que tras ocho meses cortó su padre Fernando el Católico, como hemos contado en el artículo anterior “La ruta de Juana la Loca en Burgos”. En aquél hablamos de la mucha historia, este va de arte.
Antes de entrar en detalles, creo vale la pena reproducir lo que escribe Dionisio Ridruejo en su guía de la provincia de Burgos, reeditada ahora extraída de la más amplia Guía de Castilla la Vieja que se publicara en los 60. Bajo el epígrafe “Santa María del Campo” dice: “Las de Santa María del Campo, entre el río Cogollos y el Cubillo, son, en general, tierras de pan llevar. Se ven, aquí y allá, algunas manchas de viña y algunos huertos verdes. El pueblo es grande para lo que se usa en la comarca, con sus 1.500 habitantes dedicados a la labranza y con innumerables testimonios de una vida señorial desertada. Aún queda una puerta con almenas que da fe de la antigua fortificación. En las calles, pintorescas y tortuosas, se alternan las casas nobles de buena sillería con las viviendas populares de adobe o de ladrillo.
Un palacio lleva el emblema de los condestables Velasco. Hacia el siglo XVI, la comarca -que había sido behetría- debió de centralizar aquí bastante riqueza, pues no se explicaría de otro modo el alarde, casi fastuoso, de la enorme torre que agiganta su iglesia, domina el caserío y crea sobre el llano un alto punto de referencia. Se trata de una fábrica renacentista de planta cuadrada y de gran altura que se desarrolla en cuatro cuerpos desiguales, mezclando elementos góticos con una fina decoración plateresca. Pese a ello, la unidad de estilo resulta tan incontestable como la arrogancia del conjunto. Es obra de Diego de Siloé, en gran parte ejecutada por el cantero Salas. Costó, según los documentos, 650.000 maravedhíes. Los cuerpos de la iglesia, a los lados y detrás de la torre, presentan un cierto desorden por las numerosas adiciones a la fábrica original. Por dentro, los capiteles -que aún tienen un cierto gusto románico – y la tracería quedan perdidos bajo un enjalbegado blanco y azul. La iglesia contiene numerosas riquezas. El coro, de gusto flamígero, va muy decorado. El claustro sigue el mismo orden que también aparece en los enterramientos y en las puertas, con arcos conopiales. El púlpito tiene unas yeserías mudéjares de mucho interés. En el tras coro hay unas buenas tablas atribuidas a Berruguete que, desde luego, responden a su escuela.

( Adoración, en el retablo de Domingo de Amberes en Mahamud) (*)
Esta iglesia de Santa María conoció, poco antes de su reforma, el acontecimiento alucinante de la larga peregrinación que doña Juana la Loca hizo con el cadáver de Felipe de Borgoña por tierras de Castilla. El cortejo reposó durante algo más de un mes en este pueblo, convertido así en corte de la pobre demente. El cuerpo muerto quedó depositado en la iglesia, donde se celebraron los funerales del primer aniversario. Entretanto, en la iglesia del vecino pueblo de Mahamud, se celebraba la imposición del capelo al cardenal Cisneros, con asistencia del rey Fernando.
Mahamud, al que los recuerdos nos han traído antes que los pies, es un pueblo pequeño y decaído que ha perdido población después de 1850, fecha en la que se registraban 597 almas. Tiene restos monumentales de interés. En la plaza encontramos también el Rollo señorial. A los pies de la iglesia se alza la torre, que lleva adosada otra de época anterior. Hubo en la iglesia primitiva de Mahamud un sarcófago románico admirable, algunas de cuyas tablas pintadas pueden verse en el Museo de Barcelona.
Entre Mahamud -nombre que los árabes se dejaron aquí perdido- y el Arlanza hay poco más de diez kilómetros. Estamos, pues, llegando al límite de lo que puede considerarse campo de Muñó, que se deja regar en su parte meridional por el río Cubillo, corto y desmedrado, el cual, antes de caer en el Arlanza, tiene que salvar, por donde lo salvamos, una modesta sierra con el accidente que da nombre al pueblo vecino. Es muy notable, en Villahoz, el Rollo que se eleva en la plaza. No hemos visto -y en esta tierra quedan algunos- nada que se le parezca en su género. Es una especie de obelisco que se estiliza y adorna en forma de aguja gótica, arrancando de una base cilíndrica muy alta que acaso fue la columna del Rollo primitivo. La plaza tiene casas viejas con soportales y galerías abiertas, y un edificio palaciego. La iglesia es gótica pura, y tiene un buen enterramiento del mismo estilo.”
Y sobre Pampliega : “Un nuevo cruce, poco más al sur, nos pone ante el puente del Arlanzón, a cuyo fondo crece y sube, salvando la altura de los muchos chopos que alegran sus bajos, la villa de Pampliega. El momento paisajístico es fino. El agua va tranquila, alimentando mucha sombra de sotos. La iglesia, en alto, tiene una bonita estampa. La población es de alguna importancia, con sus 900 habitantes, que trabajan, los que trabajan, en la vega de regadío. En el retablo de la iglesia se ve un meritorio trabajo de Domingo de Amberes, artista que ha prodigado su obra en la comarca. Se ha supuesto que fuese Pampliega el lugar de retiro del rey Wamba, cuyo gesto repitió no muy lejos, pero sin constancia, el rey Alfonso IV, costándole aquella inconstancia los ojos de la cara.”

( El retablo de la Iglesia de San Miguel en Mahamud) (*)
Entramos ya en la obra renacentista que tanto nos ha impresionado en este viaje, en la primera parada, en Villahoz. Aparte de los retablos (muy dignos, todos del siglo XVIII), nos interesa especialmente la arquitectura de su iglesia: obra renacentista del siglo XVI (salvo la torre, del XVII), con planta de salón, que sustituyó a una fábrica anterior de estilo gótico que se reformó bajo la dirección de Juan de Colonia. Sorprende por sus grandes dimensiones -1.450 metros cuadrados de planta- y la hermosura de sus formas. El interior lo forman tres naves separadas por pilares fasciculados y enormes columnas sobre las que se teje una rica tracería. Este espacioso interior, como el de una catedral –las de las cuatro villas que recorremos lo son- emociona por su sobriedad y por la armonía de sus proporciones. Es esta iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, uno de los mejores ejemplos de la arquitectura del último gótico en Burgos, y primer renacimiento, con fachada en piedra roja bellísima. Al oeste la puerta gótica, y sobre ella la torre. Julián de Arbaiza la diseñó en 1761, conjugando elementos góticos y renacentistas. La mezcla de piedra clara y oscura le da un sello característico. Un pavoroso incendio en 1911 destruyó buena parte junto a sus campanas.
Y ya nos acercamos a Mahamud, población que gozó de muchos privilegios, entre ellos el de behetría, mercado propio y ayudas para la construcción de un gran retablo para la iglesia de San Miguel Arcángel, que fue realizado por el maestro escultor Domingo de Amberes. El famoso retablo renacentista comenzó a construirse en el año 1566, y tras la muerte del escultor en el año 1572, fue terminado por Martín Ruiz de Zubiete en el año 1577.
Domingo de Amberes -ampliaremos la información cuando tratemos de su otro retablo, el de Pampliega- era alavés, a pesar de su apellido de origen flamenco, muy activo en la comarca burgalesa, ya que suyos son también los retablos mayores de las iglesias de Pampliega e Isar, y el lateral de Palacios de Benaver. El dorado y el policromado corrió a cargo, entre los años 1607 y 1616, del pintor Juan de Cea, el segundo de los tres pintores conocidos de igual nombre, fallecido en diciembre de 1616. Ajustado al ábside semicircular que le cobija, el retablo consta de predela, ático con calvario y tres cuerpos divididos verticalmente en nueve calles y entrecalles. Dos columnas de orden gigante fusionan las secciones de los extremos en los dos primeros cuerpos. En los nichos y en el ático se emplazan, formando abigarrado conjunto, hasta treinta y nueve tallas exentas y relieves escultóricos de variados tamaños. La escultura más voluminosa es la del titular, el arcángel San Miguel, que preside la mazonería en el nicho central, en su habitual pose de someter al Diablo.
En la capilla que cierra la nave del Evangelio se alza el retablo-sepulcro de San Juan Bautista, con dos bellos relieves del Bautismo de Jesús y el Descendimiento de la Cruz en su calle central, un Calvario y dos sepulcros correspondientes a la familia de los Quintanadueñas, mecenas de esta meritoria obra. El conjunto es una obra también renacentista de trazas platerescas hecha entre los años 1539 y 1542, fecha en que se trasladaron los restos de los antepasados de esa ostentosa familia de mercaderes. Renacentistas son también los retablos de Santiago y San Martín, traído este último de la ermita de igual nombre, hoy desafectada como lugar de culto, así como los sepulcros del cura Pedro Manso, segundo de este nombre (+1511), que se halla en la Capilla de La Antigua, y el del Bachiller Ruy López (+1540), sito en su capilla fundada de su propia hacienda, la cual ha recibido muchos nombres a lo largo de los siglos: Corpus Christi, Santa Eulalia y Ecce-Homo. Góticos son, sin embargo, los sepulcros del primer Pedro Manso (+1489), en la estancia conocida hoy como de San Martín, y el del matrimonio formado por Martín Fernández Monasterio (+1511) y su mujer Mari González (+1509), que está en la Capilla de Santiago, más conocida hoy como Baptisterio por estar la pila bautismal. Barrocos son los retablos de Nuestra Señora de la Antigua (hoy conocida como del Rosario), San José (fabricado por Francisco Esteban Collantes en 1794) y Santa Bárbara, de autor anónimo.

( Anunciación en el retablo de la Iglesia de San Miguel en Mahamud) (*)
Además de su riqueza en retablos, imágenes y sepulcros, el templo alberga un meritorio púlpito con dosel, de estilo gótico mudéjar, tapizado con alambicadas combinaciones ornamentales talladas en yeso. La pila bautismal, hoy en la Capilla de Santiago, es románica (finales del siglo XII), y procede de la derruida ermita de San Andrés. Detrás de ella hay un Cristo crucificado con todos los rasgos de pertenecer a la escuela de Juan de Juni, especialmente por la corona de espinas, gruesa y en unidad con la cabeza del Cristo.
En cuanto a la pintura, cabe citar la tabla de San Blas, obra del pintor anónimo conocido como Maestro de la Visitación de Palencia (siglo XV), que, tras estar setenta años en una ignota colección madrileña, fue comprada en subasta en 2001 por la Caja de Ávila, siendo expuesta en la exposición Las Edades del Hombre en su edición de Ávila del año 2005.
Y llegamos a Santa María del Campo, donde ya queda dicho que se estableció durante septiembre de 1507 la fantasmal corte de la reina Juana cuando, un año después de la muerte en Burgos de Felipe el Hermoso, todavía vagaba con su cadáver por Castilla. La esbelta torre renacentista de su iglesia de la Asunción señala desde muchos kilómetros de distancia la presencia de una histórica localidad que estuvo totalmente amurallada, fue cabeza de “behetría” (población cuyos vecinos, como dueños absolutos de ella, podían recibir por señor a quien quisiesen) y gozó a menudo de los fueros y privilegios reales.
Su iglesia de la Asunción tiene planta de tres naves, y sus elementos más antiguos son protogóticos, de comienzos del siglo XIII, y se corresponden con los primeros tramos de las naves y con una de las portadas septentrionales. A lo largo del siglo XV y durante los primeros decenios del XVI fue remodelada en profundidad.
El bautismo de Jesús y La degollación del Bautista, fechadas hacia 1483, están entre las más representativas tablas del pintor palentino Pedro Berruguete, padre del escultor manierista Alonso Berruguete, que están casi ocultas detrás del coro. La sillería gótica del coro, el púlpito mudéjar, los distintos retablos y un largo fondo museístico completan el patrimonio de la iglesia.
El elemento arquitectónico más destacado de la iglesia es la torre renacentista que diseñó Diego de Siloé a principios del siglo XVI. Consta de tres cuerpos superpuestos, en los que el inferior se abre como un arco triunfal que resguarda la portada, bellamente decorados con motivos platerescos.
Leemos en el tomo V, “Renacimiento y Clasicismo” de la “Historia del Arte de Castilla y León”, editorial Ámbito, que “Diego de Siloé (n. h. 1495) representa la asunción del Renacimiento con todos sus compromisos, tanto estructuralmente como lingüísticamente, con una definición estilística concreta y al amparo de los progresos del clasicismo italiano. Su viaje a esta Península (a Nápoles donde colaboró con Bartolomé Ordóñez) y su conocimiento de las obras romanas contemporáneas otorgará a Siloé una capacidad desconocida entre los españoles para asimilar directamente las teorías, principios y reglas de la arquitectura clásica que aplicará en sus obras españolas, tanto en Burgos y Salamanca como en Granada más tarde.

( Escenas del Nacimiento y Presentación en el templo del retablo de la Iglesia de San Pedro en Pampliega.) (*)
En Burgos realizará dos importantes obras arquitectónicas coherentes en su plenitud con la nueva tendencia y verdadera avanzadilla de esta arquitectura en España y en la región. Se trata de la Escalera Dorada de la catedral y de la torre y atrio de la iglesia de Santa María del Campo”.
“La torre y atrio de Santa María del Campo la contrata el 16 de diciembre de 1527, aunque al año siguiente Siloé se traslada ya a Granada. Pero, en esencia, responde a su proyecto, aunque su sucesor Juan de Salas introducirá algunos cambios en los cuerpos segundo y tercero, mientras que el remate pertenecerá a Domingo de Ondátegui, ya en el siglo XVIII, sustituyendo al anterior que se deshizo por el terremoto de Lisboa. Descuella el piso bajo, donde se aprecia la tipología de la torrepórtico adosada a la fachada del templo. Muestra accesos y portadas a los distintos frentes con la idea del arco triunfal romano. Un estudiado programa iconográfico se desarrolla en los relieves y esculturas”.
Y acabamos el viaje en Pampliega, cuya importancia histórica ya destacamos en el artículo anterior. Su iglesia de San Pedro es del siglo XVI y cuenta con una única nave de bóvedas estrelladas con transepto y una torre (ésta, ya del XVII) a los pies. La joya es su retablo principal, labrado por Domingo de Amberes entre 1552 y 1558, dedicado a san Pedro y trabajado con gran delicadeza y elegancia. Pocas veces se habrá representado con mayor nobleza a los dos ladrones crucificados junto a Cristo, que aquí llaman la atención por su juventud, como si se hubiera ajusticiado a dos muchachos inocentes. La misma dignidad poseen las esculturas de Adán y Eva –estuvieron expuestas en las Edades del Hombre hace unos años-, a quienes Domingo de Amberes concede casi el protagonismo de un retablo de inagotable belleza.
Otro retablo de dimensiones más reducidas pero igualmente bellísimo, también de Domingo de Amberes, puede verse en una capilla del lateral izquierdo de la Iglesia, con influencia igualmente berruguetesca. Me maravilla la simplicidad de las facturas renacentistas en el cuerpo de los retablos de esta época, especialmente en éste por su reducido tamaño, mucho más atrayentes que las barrocas.

( La Adoración de los Reyes Magos. Retablo de la Iglesia Parroquial de San Pedro en Pampliega) (*)
Domingo de Amberes acabó el retablo de San Pedro en Pampliega en 1558, antes que el de San Miguel de Mahamud que comienza a construirse en el año 1566, y trabajando en él le llega la muerte, en 1572 –ya hemos dicho que fue terminado por Martín Ruiz de Zubiete en el año 1577-. Quizá por ello podemos observar una mayor influencia de Juan de Juni en las tallas de este último, con bastantes figuras contorsionadas con el estilo típico del escultor vallisoletano. Como es sabido los manieristas introducen en los modos renacentistas peculiaridades propias de cada uno, aportando un subjetivismo que ha destacado Arnold Hauser comparándolo con el de los impresionistas varios siglos después; y así mientras Alonso Berruguete –del que no cabe duda es deudor este retablo de Pampliega- estiliza las figuras, Juan de Juni las retuerce. Veamos ahora esa influencia en Domingo de Amberes de la escuela vallisoletana, siguiendo la información que nos proporciona la “Historia del Arte de Castilla y León”, la magnífica obra de la editorial Ámbito, en su tomo V, “Renacimiento y Clasicismo”.
Nos sitúa en el segundo tercio del siglo XVI, cuando el propio Berruguete inicia un camino hacia una mayor elegancia formal a partir de 1639 en que comienza a trabajar en la sillería del coro de Toledo, dejando el carácter expresionista para adentrarse en una mayor corrección formalista, en la que el manierismo adopta un aire refinado, sutil e idealizado más en consonancia con las tendencias europeas. “Las directrices estéticas del príncipe Felipe, en lo referente a la decidida orientación italianizante que impone en la arquitectura palacial de la Corona, debieron tener un papel importante en esta evolución. Pero al mismo tiempo, se advierte la disolución de las anteriores dialécticas religiosas con el avance de las posturas tradicionales que consagrará la imposición de la línea juniana de la escuela de Valladolid en la mayor parte de la región”.
Y analizado los distintos focos artísticos, empezando por el burgalés, explica que “Durante los primeros años de este período, Burgos sigue teniendo un importante papel rector de las directrices estéticas de la escultura. Apenas influye el burgalés Bartolomé Ordóñez, pues debe ser considerado como un italiano más, dado que trabaja en aquel país. Sí fue capital la presencia de Siloé en su ciudad natal, que introduce novedades italianizantes asimiladas a la mentalidad española. Algunas de ellas son incorporadas por Bigarny y sus discípulos repartidos por los talleres burgalés y palentino. Pero la marcha de Siloé a Granada y la mayor atención de Bigarny al mercado toledano originan su paulatina pérdida de influencia frente a la rivalidad del pujante ambiente escultórico vallisoletano. Seguirán trabajando escultores interesantes como el ensamblador Simón de Bueras, Domingo de Amberes, Pedro de Colindres o el viajero Juan Picardo, pero sus formas las toman prestadas de los círculos vallisoletano y toledano, en lugar de ser ellos los creadores novedosos”.

( Calvario que corona el retablo de Domingo de Amberes en la Iglesia Parroquial de San Pedro, en Pampliega) (*)
Y poco más adelante: “Con la constante presencia de Diego de Siloé en Toledo, el taller burgalés ha decaído, convirtiéndose más en un taller al servicio del obispado. El estilo híbrido inspirado en Siloé y Bigarny seguirá dejando muestras artísticas en figuras como Ortega de Córdoba o Juan de Lizaranzu. Pero cada vez es más evidente la influencia de los maestros vallisoletanos que inspiran a los escultores de mediados de siglo. El influjo de Berruguete es visible en Simón de Bueras, Domingo de Amberes, autor del retablo de Pampliega, o en Pedro de Colindres”.
“Valladolid se impone en este momento como el gran centro de producción artística de la región. La presencia continua de la Corte origina el desarrollo de una sociedad cosmopolita, amante del lujo y de las novedades en materia de gusto artístico. De sus talleres provienen los nuevos postulados estéticos, que no sólo se extienden por la región, sino que alcanzan amplios espacios del reino. La llegada de Alonso Berruguete a la ciudad sirve de aceleración de este proceso, que luego será continuado con la vecindad de Juan de Juni. Ambos plantean la dicotomía entre un estilo manierista romano-florentino en clave expresionista y un estilo distorsionado de gran objetividad en la representación de los tipos humanos y sus emociones, llevado a cabo con una técnica muy acabada”.
Y así concluimos esta ruta de las “catedrales” que admiramos en este sur burgalés que viera la también ruta de Juana la Loca.
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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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