Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Miki y Duarte en Diario de Sevilla el pasado día 8) (*)
Hace un par de semanas escribí un artículo para este blog en el que manifestaba mi admiración por un joven español merecedor de ser conocido en todo el mundo. Sin embargo me temo que no reciba excesiva atención por parte de los “medios”. Se trataba de un montañero que acababa de coronar el Everest en tiempo récord, y además lo había hecho en solitario y totalmente a cuerpo limpio; esto es, sin el auxilio del oxígeno y sin cuerdas. Y que, no contento con su hazaña, la había reiterado pocos días después. La razón era que en el curso de la ascensión había sufrido molestias intestinales que le obligaron a descansar un rato.
Hoy me referiré a otro personaje y a otro hecho extraordinario, y, más que extraordinario, heroico. Se trata de un español que trabajaba en Londres. Era ya noche cuando cerca del famoso Puente y del mercado de Borough vio gente arremolinada; algo acaba de suceder cuando todos parecían huir de algún suceso peligroso. En efecto, allá adelante, casi oculto a su vista, un hombre se había lanzado contra una mujer y parecía estarla apuñalándola. Así que sin pensárselo dos veces nuestro hombre decide intervenir. El no lleva arma alguna sobre sí; viene de subirse a su monopatín, así que lo utiliza y y se lanza en socorro de la víctima. Podía haber salido huyendo como los otros testigos del ataque, pero él siente la llamada del deber. Sus amigos dicen que le vieron lanzarse sobre el agresor y, ya enseguida, caído allá en el suelo. Esto es todo lo que al final se supo. En el recuento de víctimas se le daría por desaparecido, pero no pudieron identificarlo.
Finalmente, tras cinco largos días en el que la familia hubo de contener su irrefrenable angustia, se produciría la identificación. Efectivamente, Ignacio Echeverría, español de 39 años recién cumplidos, había sido acuchillado por la espalda cuando intentaba salvar la vida de una mujer a la que apuñalaba un terrorista.
He aquí una maravillosa historia de heroísmo que me hace recordar aquella escena desarrollada en la guerra de África, cuando dos artilleros – el comandante Royo y el capitán Guiloche – se vieron superados por un enemigo enormemente superior en la posición que defendían en Sidi Ahmed El Hach. Entonces uno dijo al otro: “Ha llegado la hora de morir”. A lo que su compañero contestó; “vamos allá». Así de simple, escuetamente, expresaron su sentido del deber. Y algo así debió decir Ignacio Echeverría en su interior antes de reaccionar sin pensárselo dos veces. “Ha llegado la hora de jugarse la vida” pensaría tan sólo. Y eso que, según parece, se trataba de salvar a una mujer desconocida. Así que allá se fue nuestro héroe sin otra arma que su monopatín, que desde aquel instante se hizo símbolo ya de gallardía. No extraña que inmediatamente el presidente del Gobierno anunciase la concesión a Ignacio de la Gran Cruz del Mérito Civil.
Tanto se demoró la identificación del caso, que hasta se aventuró la posibilidad de que Ignacio Echeverría hubiera sido víctima de la respuesta policial y que ésta fuera la causa del retraso. Pero cuando, llegados los familiares a la ciudad de Londres, los periodistas intentaron sonsacarles unas primeras impresiones personales, no vimos unos rostros crispados ni oímos expresar cualquier protesta; a su hermana, que fue quien habló por la familia, sólo la arrancarían una sonrisa de agradecimiento y unas palabras que destilaban amor y agradecimiento. El hecho habría servido para prestigiar el nombre de su hermano y la categoría moral de nuestra patria. “Algo muy triste y muy duro se está convirtiendo – dijo ella – en algo muy grandioso”. Lo demás serían palabras destinadas a cuantos se esforzaron en el trato a la familia durante aquellos días de dolor e incertidumbre.
Acostumbrado como estoy a ver otras reacciones bien distintas en casos no necesariamente semejantes pero de menor enjundia que la provocada por el odio de los yihadistas; cuando la tendencia natural es lamentarse de no haber recibido apoyo suficiente y a la altura de las circunstancias; cuando lo normal es subrayar la indignación o el desacuerdo, estas palabras me parecieron admirables.
Claro que pronto todo se comprendería; todo encajaría al conocer que Ignacio, licenciado en Derecho por la Universidad Complutense y la Sorbona, que hablaba cuatro idiomas y trabajaba en la prevención de delitos económicos y en la investigación sobre el terror en el Banco HSBC de la capital del Reino Unido, era un ejemplar cristiano que, nacido en una familia de creyentes, oía misa todos los domingos y frecuentaba un grupo de reflexión en su parroquia.
Según nos hizo conocer su hermano, Ignacio – que era el tío preferido de todos sus sobrinos, activo y deportista, recto y trabajador como el que más, con un alto sentido de la responsabilidad y la justicia – tenía la ilusión de casarse y formar una familia; deseo éste que ya nunca podrá realizarse.
Dios acoja en su Reino a este valiente.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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