Antaño y hogaño (II). Período prenatal

Por Carlos de Bustamante

( Embarazada. Acuarela en Google) (*)

De cómo y cuándo nací, en absoluto lo recuerdo-¡vaya perogrullada!- ustedes me dirán entonces cómo recordar el período en que fui sólo embrión. Lo que sí sé, es que un nuevo ser o persona, que por serlo (persona) es humana, acababa de cobijarse en las entrañas de la que desde este mismo momento era ya mi madre. Tampoco sé, claro, si ya la quise o no; pero lo que sí sé, otra vez lo digo y afirmo, es que la nueva persona humana aun recién concebida fue un un nuevo ser único e irrepetible, desde antaño.

Sé que adulto-anciano hogaño, soy el mismo, pero más grande, que llevó mi madre en su seno durante nueve meses. Mi corazón más pequeño antaño que hogaño, latía a mayor o menor velocidad, pero como hogaño sigue latiendo. Sé que en mi cerebro de antaño las neuronas embrionarias son las que antaño llevaba en el cerebro hogaño, pero adultas. Sé que el ADN presente en mi cuerpecito antaño, es el mismo que tengo hogaño. Sé, en fin y último por no aburrirles, no porque no haya otras sapiencias, que los afectos y sentimientos del pequeño ser humano de antaño, son en miniatura los mismos que iniciaron su andadura y caminan hechos y derechos hogaño. Con cierta similitud a como un solo día de hoy, es como una vida, pero en miniatura.

Si no seguro, lo tengo como muy probable, que el amor que sintió mi madre por el ser humano, hijo suyo en estado prenatal, comenzó a sentirlo también por ella el que hogaño se lo dice.

Item digo, que a diferencia de los irracionales, el ser humano en estado prenatal, no es, o no debe ser, producto de un acto que por instinto realizan un hombre y una mujer para traer un hijo al mundo, sino es, o debe ser, fruto del amor que se tienen con el incentivo bueno y santo de la atracción mutua. Algo que tampoco puedo recordar, pero que bien pudiera ser un afecto que se transmite al niño concebido.

Si esto no fuera así, lo que resulta incuestionable es que el recién concebido recibe el alimento de su madre a través del cordón umbilical. De forma que en algo se le parece a la alimentación, natural o no, de la madre una vez que pare al hijo. Imagen bella donde las haya, expresión del amor limpio.

Seguro tampoco puedo saberlo, pero he de suponer que en las mientes del aún no nacido, bien pudiera sentir, en estado también embrionario, agradecimiento por lo que recibe de la que ya es su madre a través de un conducto ininteligible para un conocimiento racional -porque es humano-pero sin la voluntad de agradecimiento en período de formación.

Mas como el cerebro existe, aun en miniatura, a la vez que se desarrolla en tamaño, no es disparate pensar que lo haga en afectos de agradecimiento.

Permítanme un símil, que si no viniere al caso, tienen permiso y derecho de borrarlo: las aguas contenidas en la “panza” de la tierra, no poseen voluntad de parir a la superficie, y sin embargo sin saber cómo ni por qué afloran en forma de fuente o manantial y acuden a engrosar el caudal de lo que será nueva vida al gran río. Si las aguas que pronto irán a dar a la mar, no saben ni entienden de agradecimiento; mas si lo tuvieran, éste sería de amor hacia quien les da nuevo y fresco caudal aun sin pedirlo. Bien podría ser así, digo, el amor mutuo del hijo hacia la madre que les da el alimento sin pedirlo y por conducto que ignora, como el de la madre que sin saber tampoco cómo se lo entrega al hijo que alberga en sus entrañas. ¡Cómo lo entiendo así recordando el poema de Bartolomé Llorens!: “Dejó mi amor la orilla/ y en la corriente canta/mas no volvió a la ribera/ que su amor era el agua”.

Con o sin ideas poéticas, lo cierto es que un nuevo ser humano –y no cosa- se está formando amorosamente en el seno materno. Y que como el gran río no rechaza el agua pura y limpia que recibe del manantial, tan natural debe ser y, por lo general lo es, que la madre reciba al hasta ahora nonato, con amor agradecido con el pronto olvido del dolor tras haber alumbrado un nuevo ser humano al mundo. La criatura que es, nada menos, que carne de su carne y sangre de su sangre.

No se me olvida, no, la aportación del padre del aún nonato y que lo es desde el momento mismo de la concepción de la que, por lo general a la vez que madre es su esposa. Un nuevo ser humano que, por pertenecer a ambos, hombre y mujer, le deben similares amores, cuidados y atenciones; cada uno naturalmente con arreglo a las funciones que les asignó la que con precipitación llamamos naturaleza sin reparar en Quien así la creó.

Porque ofendería al lector si les ofreciera para improbable lectura, dejo a cada cual que saque cuantas conclusiones estime “contra natura”.

Sin exprimir todo cuanto se podría decir de este período del ser humano, pasaré en un próximo, si Dios es servido, al nuevo período que se abre nacida la criatura, que por serlo, también lo es humana. Nos vemos…

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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