Por Carlos de Bustamante

( ¡Viva la Virgen!. Óleo de Gabriel Osmundo Gómez, 1856-1915) (*)
Cuando por un importante accidente casero lento en mejorar es forzoso el sosiego, he tenido tiempo -¡que a los jubilados, oiga, no nos sobra!- de indagar inquietudes, cuando surge alguna como la presente. Lejos de ser un mero pasatiempos, resolver este interrogante, era algo que supe sólo a medias después de leer con calma los textos del santo Evangelio que por medio de San Lucas, más nos hablan de la Virgen.
No les oculto que, al igual que con mi madre –salvando las diferencias-, todo lo referido a Ella me interesó desde siempre. ¿De dónde viene el Avemaría…? me he preguntado y he preguntado qué sé yo las veces. ¡Bendita vértebra rota que me ha permitido averiguar lo que pocos, muy pocos saben! O lo que nunca nadie me supo contestar.
“Nació por el año 1000 –encuentro en Gaudium Press (Aleteia)-. La primera parte del Avemaría tiene su origen en las Escrituras. Está compuesta por el saludo del arcángel Gabriel -“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”- y la exclamación luego de santa Isabel al recibir en su casa a la Santísima Virgen: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!” (cf. Lc 1, 26-42).
Entretanto, menos sabido es el origen de la segunda parte, que es fruto de un largo proceso y de una también larga tradición. Nace en la reacción contra la herejía de Nestorio, patriarca de Constantinopla, que negaba que la Virgen María fuera la Madre de Dios.
Entre los obispos que combatieron en defensa del dogma de la maternidad divina, se destacó por su ardor el patriarca de Alejandría, san Cirilo, gracias al cual el Concilio de Éfeso, realizado en el año 431, proclamó: “Si alguno no confiesa que Dios es según verdad el Emmanuel (Dios con nosotros), y que por eso la santa Virgen es Madre de Dios […], sea anatema” (Dz 252). En las conclusiones de ese Concilio ya estaba pues explícita la continuación a la salutación angélica: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros…”.
De hecho, fue por el año 1.000 que en los monasterios comenzó a unirse el saludo del arcángel Gabriel a Nuestra Señora y la exclamación de santa Isabel. En el siglo XIII la primera parte del Ave María ya estaba introducida en la liturgia, sin la invocación a Jesús. Finalmente fue en el siglo XV que se acrecentó la segunda parte y la oración adquirió su forma actual, (Bendito es el fruto de tu vientre “Jesús”), la cual fue introducida en el Breviario Romano por san Pío V”. Hasta aquí, Gaudium Press (Aleteia).
Así como el origen del Avemaría completo fue un enigma para mí y muchos durante largo tiempo, el porqué del Santo Rosario con la repetición de decena tras decena de Avemarías no fue un desconocimiento generalizado, pero sí de algunos -numerosos- que lo consideraban una monotonía sin sentido y que por eso no lo rezaban. No fue este aprendiz de mucho y maestro de nada quien dio una respuesta adecuada, sino el Papa Bueno San Juan XXXIII: “El peor Rosario es el que no se reza”. Esta afirmación tan contundente, junto a la insistencia de muchos Papas anteriores y posteriores, al parecer no convenció a los que erre que erre tildaban de pesada, aburrida y extremadamente reiterativa la misma cantilena.
-Mira, pesado, me decía un buen amigo ante mi insistencia: Eso estuvo bien cuando de niños lo rezábamos en el colegio y ni sabíamos porqué ni a qué venía esa costumbre adormecedora de curas, frailes, monjas o viejas beatucas en la parroquia…. Pero ¡ahora, anda ya, que somos adultos como para volver al pasado ignorante!
Sabía la respuesta. Pero, así, de repenterre no se me venía a las mientes. Había leído algo que podría ser la respuesta adecuada. Lo encontré. Vean la introducción a “Santo Rosario” de san Josemaría Escrivá de Balaguer:
“No se escriben estas líneas para mujercillas. —Se escriben para hombres muy barbados, y muy… hombres, que alguna vez, sin duda, alzaron su corazón a Dios, gritándole con el Salmista: “ Notam fac mihi viam, in qua ambulem; quia ad te levavi animam meam”. —Dame a conocer el camino que he de seguir; porque a ti he levantado mi alma. (Ps. CXLII, 8).
He de contar a esos hombres un secreto que puede muy bien ser el comienzo de ese camino por donde Cristo quiere que anden.
Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño. Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños. Y todo esto junto es preciso para llevar a la práctica lo que voy a descubrirte en estas líneas: El principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.
—¿Quieres amar a la Virgen? —Pues, ¡trátala! ¿Cómo? —Rezando bien el Rosario de nuestra Señora. Pero, en el Rosario… ¡decimos siempre lo mismo! — ¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?… ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? —Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar.
—Tú… ¿has contemplado alguna vez estos misterios? Hazte pequeño. Ven conmigo y —este es el nervio de mi confidencia— viviremos la vida de Jesús, María y José.
Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad… Asistiremos a su Pasión y Muerte… Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección… En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús.”
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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