Virgen Guadalupana. 1

Por Carlos de Bustamante

( Nuestra Señora de Guadalupe) (*)

Como sabrán mis amigos y probables únicos lectores, el pasado 12 de diciembre celebró Méjico y el mundo hispánico en general la festividad de Nuestra Señora de Guadalupe. Si mal no recuerdo hace años publiqué en este mismo blog de mis amores y pecados un breve artículo sobre la misma Virgen de Guadalupe. El mismo o parecido que muchos años antes viera la luz en nuestro decano de la prensa española “El Norte de Castilla”. Tengo grabada en la memoria el título de entonces -1944-: “R osas castellanas en las colina del Tepeyac”. De verdad les digo, que por el cariño a la Virgen con la advocación de Guadalupe principalmente, y por ser uno de los primeros que la dirección del periódico tuvo a bien incluir en sus páginas con anterioridad a ser corresponsal asiduo, pocas cosas emprendo con mayor ilusión que insistir en el relato más completo sobre Nuestra Señora Guadalupana y el indio Juan Diego (San).

Pretendo- y si Dios es servido lo llevaré a efecto- narrar la historia completa de uno de los más bellos sucesos protagonizados por la ternura de un indígena del recién descubierto continente y el amor de una Madre que lo fue –no se nos olvide- gracias a nuestra reina Isabel (La Católica) de Castilla y de la primera nación de Europa luego. España.

Dicho lo anterior, no sin resaltar que por este motivo nuestra sin par y venerable reina Isabel tiene abierto el proceso de beatificación inicio esta nueva miniserie basada en el impresionante documento denominado Nicán Mopohua que don Antonio Valeriano tradujo del idioma azteca náhuatl hablado en Mexico cuando junto a la conquista para Castilla y España del Nuevo Mundo los españoles llevaron por mandato de la reina Isabel la fe católica que hoy profesan millones de hispano hablantes. Aunque no sea precisa la parrafada que sigue, dada la formación de mis amigos lectores, sí me pete subrayar que el candor y ternura de los diálogos, es debida sin duda a que, acogida la fe cristiana por los nativos acostumbrados a aplacar la ira de sus dioses con sacrificios humanos, la fe recibida basada en el amor a Dios y al prójimo, la forma de expresarlo fue como los balbuceos del niño agradecido ante los cuidados y caricias del padre, y mayores, claro, de su muy amorosa Madre.

Seguiré fielmente la cronología de los hechos que me proporciona Catholic.net. por medio del sacerdote y teólogo español José Mª Iraburu, en articulo de 9 de Diciembre, “San Juan Diego y NªSª de Guadalupe”.

“Apariciones de la Virgen de Guadalupe. Seguidamente, quitando solo algunos encabezamientos, reproduciremos el texto primitivo que narra las apariciones de la Santísima Virgen María al indio Juan Diego (Juan Diego, el vidente del Tepeyac; L. López Beltrán, La protohistoria guadalupana).

El Nican Mopohua de don Antonio Valeriano. Sábado 9, diciembre 1531.

En el Tepeyac, madrugada. «Diez años después de tomada la ciudad de México, se suspendió la guerra y hubo paz en los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive. A la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego, según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales, aún todo pertenecía a Tlatilolco.

«Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. Al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyácac, amanecía; y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitoso, sobrepujaba al del coyoltótotl y del tzinizcan y de otros pájaros lindos que cantan.

«Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: “¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño? ¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿Acaso ya en el cielo? Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo, de donde procedía el precioso canto celestial; y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían:

– “Juanito, Juan Dieguito”.
Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario, muy contento, fue subiendo el cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara. Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas; y relumbraba la tierra como el arco iris. Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro. Se inclinó delante de ella y oyó su palabra, muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima mucho.

«Ella le dijo:
– “Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas? El respondió: Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor”.
Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad; le dijo:
-“Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la Siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores. Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo; le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño; anda y pon todo tu esfuerzo”.

«Al punto se inclinó delante de ella y le dijo:
-“Señora mía, ya voy a cumplir tu mandato; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo”. Luego bajó, para ir a hacer su mandado; y salió a la calzada que viene en línea recta a México».


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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