Por Javier Pardo de Santayana

(Carnestolendas, un gran glotón como las aves de la isla Sonante. 1973. Litografía de Dalí. 760×560)
Oído – o leído – y aceptado. No sé a quién se le ocurrió la idea, pero fue lanzarla al aire y los españoles la adoptaron con el entusiasmo consiguiente, pues es preciso recordar el alborozo con el que los alumnos de Cervantes acogemos cualquier retorcimiento del lenguaje.
Desconozco quien fue el primero en adjudicar este vocablo como definitorio de los suecos y holandeses – “los frugales” – pero de entrada debe ser un tipo graciosillo ya que no veo a un holandés o a un sueco y se me ocurre llamarle larguirucho, o rubio, o simplemente soso, y para llamar a alguien “frugal” se requiere hilar muy fino.
Frugal – ¿ustedes lo recuerdan? – es ese señor que se contenta con un huevo frito o unas simples patatas cuando podría pedirse un “beef stroganoff”. Y no por simples razones de salud, sino por no apetecer siempre lo más caro o valorado por la gente. Yo por ejemplo, me considero frugal y lo atribuyo a mi condición de castellano, puesta a prueba en la posguerra y hecha ya carne de mí mismo en el ejercicio de mi profesión castrense.
Desconozco quien lanzó a la prensa esa palabra, pero habrán ustedes observado cómo desde ese mismo instante no cae de nuestras bocas cuando nos referimos a los representantes de aquellos países europeos que están dispuestos a exigirnos contención del gasto a la hora de aportar dinero en nuestro beneficio. Sí, “frugales” es el término lanzado para autodefinirse, y digo lo de “auto” porque supongo que habrá salido de ellos mismos. Pero esto es lo de menos, porque lo que yo quiero subrayar principalmente es el entusiasmo con que los españoles hemos hecho nuestro el vocablo desde el primer instante. Y lo que verdaderamente me llama la atención es la facilidad con que, tanto en este caso como en muchos otros, ignoramos que nos están tomando el pelo.
Digo esto porque cuando citamos a estos colegas europeos como “los frugales” lo que hacemos verdaderamente es calificarnos a nosotros mismos por contraste como “vividores”, se supone que a costa de los otros. Quiero decir que lo que sin duda quiso hacer quien lanzó al aire tal calificativo para definir la condición de los norteños fue calificarnos a nosotros y a los italianos como precisamente lo contrario. Vamos, que la intención más evidente era llamarnos manirrotos.
Pero como usted sabe, improbable lector mío si es que existe, este es el tema actual de cada día. Sin ir más lejos, acabo de decirlo en este mismo blog al destacar tu aceptación sin más de la recomendación, que tanto oímos repetida, de “mantener la distancia social” entre la gente, algo que en buena ley debiera ser inaceptable por sugerir algo contradictorio con la manida corrección política. Y es que, en efecto, se viene predicando precisamente lo contrario: esto es, la urgencia de eliminar la distancia social…entre pobres y ricos. Así que, como ustedes pueden constatar todos los días, tragamos carros y carretas casi sin darnos cuenta.
Y ahí nos tenemos a nosotros mismos favoreciendo una calificación desfavorable muy cercana a la caricatura. Difícil encontrar más eficacia con menor esfuerzo, pensarán seguramente los expertos. Y conste que al plantear tales consideraciones lo hago convencido de que existe un fondo de verdad en la calificación que indirectamente se nos hace y que los mismos “frugales” acentúan para – “sensu contrario” – describirnos. Con lo cual no hago sino admitir un punto de razón a quienes de esta forma nos describen, o mejor describen a estos representantes nuestros cuya tendencia natural es repartir dinero como si, efectivamente, “no perteneciera a nadie”.
Ahora, según escribo estas palabras, todos parecen ya contentos de un acuerdo que les quitaba el sueño. Pero los “frugales” seguirán ahí toda la vida, y no creo que relajen demasiado su presión por mucho que queramos engañarles. Con lo cual será curioso observar como los nuestros intentan salir del paso manteniendo los tortuosos planes que sabemos mientras lo que nos recomiendan y exigen en Europa sigue siendo justamente lo contrario de lo que los nuestros necesitan para convertirnos en venezolanitos desprovistos incluso de papel higiénico.