Churchill : La pintura como pasatiempo. 1. Cómo se goza pintando

Por José María Arévalo

(Winston S. Churchill, Primer Ministro del Reino Unido)

Feli Paramio, la madre de Fredy Mateos -al que seguimos echando en falta-, experta en ediciones de libros, me ha dado una gratísima sorpresa pasándome un libro antiguo, una primera edición, de 1944, de una recopilación de artículos de Winston S. Churchill titulada “PENSAMIENTOS Y AVENTURAS”, con traducción de Pedro Fraga de Porto, publicada por Janés, Los libros de nuestro tiempo, en cuyo último artículo cuenta Churchill cómo y  por qué se dedicó en sus últimos años a la `pintura. Se titula “La pintura como pasatiempo”, y es una explicación de lo mucho que puede satisfacer esta afición y lo que ganan con ella quienes la practican. Una delicia de apología de la pintura y su arte que no nos resistimos a reproducir aquí, en varios artículos, dada su extensión.

“Haber alcanzado –comienza Winston Churchill el artículo- los cuarenta años sin haber manejado jamás  un pincel ni hecho pinitos con un lápiz, haber mirado hasta entonces como un misterio la pintura de toda clase de cuadros, haber permanecido con la boca abierta ante el yeso de los pavimentadores, y después, súbitamente, encontrarse uno sumergido en medio de una nueva e intensa forma de interés y acción, con colores, paletas y lienzos, y no estar desanimado por los resultados, es una asombrosa, pródiga experiencia. Espero que llegará a ser compartida por otros. Y me agradaría que estas líneas pudiesen inducirles a tratar de hacer lo que yo he hecho, y que por lo menos algunos llegasen a encontrarse dotados con un nuevo y absorbente entretenimiento, delicioso para ellos mismos y de ninguna manera violentamente dañino para hombres y animales.

Me figuro que el propósito que guía este artículo parecerá bastante modesto; y así habría de ser, porque no hay tema sobre el cual me sienta más humilde y también más sincero al mismo tiempo. No me propongo explicar cómo se pinta, sino tan sólo cómo se goza pintando. No os limitéis a contemplar con crítica pasividad estos esfuerzos. Comprad una caja de pinturas y haced la prueba. Si necesitáis algo que ocupe vuestros ocios, aparte vuestras mentes del diario afán, o ilumine vuestros días de fiesta, no os apresuréis a creer que no podéis encontrar lo que queréis en esto que os propongo. ¡ Aunque sea a la madura edad de los cuarenta! Sería una lástima que pasaseis vuestros días de asueto zascandileando sin decidiros qué partido tomar, oscilando entre el golf o el bridge, cubileteando, barajando, cambiando pasatiempos y deportes, preguntándoos qué demonio podríais hacer – como por desgracia para ellos acontece a algunos seres – cuando tenéis al alcance de la mano un admirable y nuevo mundo de pensamiento y de arte, un soleado jardín fulgurante de luz y de color, cuya llave tenéis en el bolsillo de vuestro chaleco. Independencia poco costosa, movible y peremne objeto de placer, armonías y simetrías eternas hablándoos un nuevo y diferente lenguaje, escenarios que os parecían vulgares trocándose en interesantes, o añadiendo, a los que ya lo tenían,  redoblado interés, ocupación para todas las horas ociosas, viaje constante lleno de cautivadores descubrimientos: he ahí los altos premios que os ofrece. Tened la seguridad de que no pueden ser para todos. Pero, en definitiva, si probáis y no servís, no se ha perdido gran cosa. Al cuarto de los niños irá a parar lo que el estudio ha rechazado. Y además siempre podéis dejarloy dedicaras a matar alguna caza, humillar algún rival en el golf o despojar a algún amigo en la mesa de juego. Después de aquel ensayo fracasado, no seréis de manera alguna peores que antes. Al contrario, seréis ciertamente mejores. Sabréis conocer, «de vuelta de un fracaso», para citar una frase de ingrata reminiscencia, que lo que al fin hacéis es lo que queríais hacer en vuestras horas de asueto.

Pero si, por el contrario, os sentís propensos – aunque sea tardíamente – a explorar una desconocida zona de ilimitada extensión, entonces estad persuadidos de que la primera cualidad que se precisa es la audacia. Y es que realmente no hay tiempo para andar, para andarse en preparativos. Dos años de lecciones de dibujo, tres años de grabado en madera, cinco años de modelado en yeso.,. eso es para los jóvenes. Tienen mucho por delante. Y esta cimentación sólida es para aquellos que, oyendo la llamada en la mañana de su existencia, pueden hacer de la pintura la vocación suprema de la vida. La verdad y belleza de línea y forma que un artista imprima a cada rasgo de su dibujo con solo un ligero toque de su pincel tienen que fundarse en largo, duro, perseverante aprendizaje y en una práctica que a fuerza de ser habitual, se ha hecho instintiva. Pero nosotros no debemos ser demasiado ambiciosos. No podemos aspirar a obras maestras. Debemos contentarnos con una alegre carrera dentro de una caja de pinturas. Y para esto la audacia es el único billete de entrada.

Relataré ahora mi personal experiencia. Cuando dejé el Almirantazgo, al final de mayo de 1915, quedé como simple miembro del Gobierno y del Gabinete de Guerra, En esta posición lo sabía todo y no podía hacer nada. El cambio desde las intensas y diarias actividades ejecutivas del Almirantazgo a los deberes estrictos y restringidos de un consejero me dejó un largo respiro. Como una bestia marina pescada en las profundidades oceánicas, o un buzo súbitamente izado, mis venas amenazaban estallar ante la enorme diferencia de presiones. Mi gran inquietud carecía de empleo; mis convicciones vehementes estaban privadas de poder hacerlas efectivas. Tuve que limitarme a contemplar cómo se dejaban pasar lamentablemente grandes oportunidades, cómo se ejecutaban con tibieza planes que yo mismo había concebido y en cuya eficacia creía ardientemente, Tuve largas horas de ocio totalmente perdidas en considerar el temeroso desarrollo de la guerra. En un momento en que cada fibra de mi ser se inflamaba en ansia de acción, me veía forzado a ser un espectador de la tragedia, clavado en una localidad de primera fila. Y fue entonces cuando la Musa de la Pintura vino en mi auxilio, sin duda no por razones de caridad o de galantería, porque después de todo nada tenía que ver conmigo, y me dijo: « ¿ Te pueden servir de algo estos chismes? Hay gentes que se divierten con ellos.»

Algunos ensayos hechos un sábado, en el campo, con la caja de pinturas de mis chicos me llevaron a procurarme a la mañana siguiente los útiles completos para pintar al óleo.

Habiendo comprado colores, un caballete y un lienzo, el paso siguiente era empezar. ¡Pero vaya paso! La paleta fulgía con sus cuentas de color; erguíase el caballete con su grata blancura; el ocioso pincel colgaba vacilante de la mano, grávido de destino, irresoluto en el aire. Mi mano parecía hallarse detenida por un veto silencioso, Pero después de todo, el cielo en esta ocasión era indiscutiblemente azul, de un pálido azul. No podía haber duda de que debería ponerse en la parte superior del lienzo pintura azul, mezclada con blanco. No se necesita haber tenido gran preparación artística para verlo; eso está al alcance de todo el mundo. Y así, con muchísimo cuidado, hice una mezcla de azul y blanco sobre la paleta con un pincel muy pequeñito, y después, con infinitas precauciones, hice una marca aproximadamente del tamaño de una habichuela, sobre el afrentado lienzo blanco como la nieve. Era una provocación, una deliberada provocación; pero tan tímida, tan vacilante, tan cataléptica que no mereció respuesta. En aquel momento la ruidosa aproximación de un automóvil oíase en el paseo de coches. Del auto apeóse, rápida y ligera, nada menos que la donosísima esposa de Sir John Lavery .

“- ¡Pintando! – dijo -. ¿ Pero qué hace usted ahí titubeando? Déme un pincel, el grande”. Chapuzón en la trementina, restregón en el azul y en el blanco, frenéticos refregones sobre la paleta – ya no más limpia – y después varios grandes furiosos toques, chafarrinones y bofetadas de azul sobre el lienzo totalmente acobardado. Todo el mundo podía ver que era incapaz de defenderse. Ningún hado adverso venía a vengar la jactanciosa violencia. El lienzo, entre horribles gesticulaciones, daba muestras de abandono e impotencia. El hechizo estaba roto. Las inhibiciones morbosas desaparecieron. Me apoderé del mayor de los pinceles y caí sobre mi víctima con la furia del Berserk. Jamás desde entonces he sentido el menor respecto por un lienzo.

Todo el mundo conoce las sensaciones que uno experimenta mientras tirita y vacila sobre la plancha de un lugar de natación, la impresión cuando un amistoso enemigo llega furtivamente detrás de vosotros y os tira al agua, y la ardiente vehemencia que os invade cuando emergéis anhelante del chapuzón.

Este comienzo con audacia, este modo de arrojarse en medio de él, constituye ya una gran parte del arte de la pintura. Pero hay algo más que eso.

La peinture a l’huile

Est bien difficile,

Mais c’est beaucoup plus beau

Que la peinture a l’ eau.”

Cortamos aquí el artículo para continuarlo próximamente, dada su extensión; y en el próximo artículo comentaremos esta preferencia que al parecer sir Winston expresaba en este artículo por el óleo respecto de la acuarela.

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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