Por Carlos de Bustamante

Continuamos con el décimo de los chascarrillos de Luis Esquiroz Medina. Pero permitidme antes un comentario: Aún recuerdo de cuando era muy niño las paradas militares del Regimiento de Infantería san Quintín nº 32. Salían del recinto, otrora ocupado por los frailes de san Benito, en correcta formación. Una vez traspasado el portón del que fuera convento, al toque vibrante del cornetín de órdenes, a `paso ligero´ bajaban las majestuosas escaleras de piedra, para recomponer las compañías antes de penetrar marcialmente en el templo donde oirían sin pestañear la santa misa dominical.
Una vez dentro del templo, la escuadra de gastadores – mocetones destacados de entre toda la tropa- ocupaban sus puestos de preferencia a ambos lados del altar. No les quitaba ojo. Impresionaba el silencio tras de mí y de las rejas de forja con sabor monacal.
Mediada la santa misa, sufrí un doble sobresalto: la voz primero que inundó el templo de resonancias potentes, varoniles: ¡Escuadra!, ¡¡Fir-!!! Al mismo tiempo vibraba el cornetín ordenando otro tanto a la tropa. El enlosado de toda la iglesia se conmovió con cientos de taconazos al unísono de los soldados del Regimiento. Pese al estruendo, se elevó por encima de él la voz del
gigante cabo de la escuadra: ¡rindan, armas!! Era el de por sí momento impresionante de la Consagración. En este preciso y precioso instante la banda y música del `glorioso san Quintín´, atacaban con solemnidad el más bello himno nacional jamás escuchado. En la sencillez del alma del niño, no cabían más emociones.
Como por encanto, o sea encantado, surgió en sus adentros la vocación que ya tuvieron los suyos, generación tras generación desde tiempo inmemorial. Me prometí entonces servir a España como España merece ser servida.
Gastador en la Academia de Infantería y al rendir honores junto al altar de la catedral de Toledo, recordé y viví el acto en Valladolid grabado a fuego con huella indeleble. Renové la promesa, tantas cuantas veces rendí honores al Santísimo.
Vamos ya con el chascarrillo que empieza con la habitual cita, esta vez de Calderón:
Sí cuando escucho cantares
se me inflama el corazón,
Y ahora es más su inflamación
oyendo ecos militares.
“Hace muchos años ya, y cuando aún se tenía la bonita costumbre (es pena que todo se pierda), de que los Regimientos de Línea tocaran la contraseña al final del toque y los de Cazadores antes de él, en una ciudad norteña se encontraban los cuarteles todos reunidos en una barriada que entonces era ensanche, quedando espalda con espalda los acuartelamientos del Regimiento América n° 14 y el del Batallón Sicilia. De tal suerte que, durante el día, o bien por los ruidos del ambiente o porque los horarios tenían alguna diferencia permitida por el Gobernador Militar, no ocurría nada, pero en el silencio de la noche y al toque de Retreta, es cuando siempre surgía el incidente.
Llegado el momento de producirse el toque, los dos Maestros de Banda se hacían los remolones y daban largas sin querer ser la primera ninguna de las dos unidades. Pero bien fuera porque los «Capitanes de Cuartel» del Regimiento de Línea estaban ignorantes del «duelo de Bandas», o bien porque los de Cazadores daban el beneplácito a la chiquillada de su Maestro, lo normal era que el de Línea sucumbiera e iniciara él la Retreta, mientras que los Cazadores con gran jolgorio esperaban el final, y cuando la Banda en pleno terminaba su contraseña: «América perder no puede ser», los del Sicilia contestaban con la suya a pleno pulmón: «Pero puede suceder» y así noche tras noche, y eso que los dos maestros eran íntimos amigos.
Y ya que con los duelos estamos, aún era más sangriento en la misma ciudad unos años antes, cuando estaban de guarnición otro Regimiento de Infantería «La Constitución n.° 29» y «Cazadores de Caballería» no recuerdo ni el nombre ni el número, pero sí las contraseñas. Y cuando el de Infantería al final del toque decía muy orgulloso: Tengo una niña bonita´, el trompeta de Cazadores´ a caballo, contestaba con sonido muy grave – y perdonen el palabro-: `Yo te la joderé´. ¡Qué tiempos aquéllos y qué espíritu de Cuerpo el de ellos!
Esto de la «Guerra de las Bandas», no es cosa de un día, ni de un año, pues ya en las campañas de África, tengo noticias fidedignas de que las hubo.
Siendo el Batallón de las Navas amante de sus tradiciones, guardaba como oro en paño entre otras cosas, su contraseña «Las Navas no vuelve la espalda jamás», pero como por reminiscencia de su época de ultramar, en que haberes y suministros no se percibían con regularidad, era bastante común el que los desayunos de la tropa consistieran en un cocimiento, a modo de «lavatripas», de cebada tostada «apañada» con azúcar de «pilón» y «ceneque» migado (Pan de munición fraccionado por varias hendiduras oblicuamente transversales, que permitían su dosificación en porciones sin presentar gran superficie a la evaporación, lo que le permitía perdurar sin endurecerse).
Costumbre non grata que todos los componentes del batallón solían poner de manifiesto aplicando a la contraseña la siguiente cantinela «Las Navas en Cuba no toman café», y así, por idénticas razones de poco aprecio a dicho poco denso refrigerio, se conservó como hermana siamesa de la oficial yo creo que hasta nuestros días; y en ese pique simpático para el sostenimiento del «Espíritu de Cuerpo», otro de los batallones de Cazadores acantonado en la misma plaza de Tardix, siempre que sonaba la contraseña de las Navas «Las Navas en Cuba no toman cafe», instantáneamente les replicaban con la suya, muy similar por cierto, aunque en un tono más alto, cantando a coro acompañando al corneta con una letrilla hecha al efecto que las malas lenguas decían ser creación del propio Teniente Coronel: «los muertos en Tardix tampoco».”