Voz del sur

Julio Frank Salgado

Ciudadanos en un país-empresa

La modernización neoliberal de la democracia chilena contempla el aprovechamiento de lo “bueno” legado por la dictadura, la protección de una economía transnacional y la mantención de la ciudadanía alejada de derechos “complejos”.

El Presidente de Chile y líder subcontinental de derecha anunció el año pasado la creación del “Museo de la Democracia”, proyecto diseñado por un grupo encabezado por la historiadora Lucía Santa Cruz y que es parte de las medidas de su segundo mandato destinadas a “modernizar” este sistema.

Ya existe una institución no gubernamental, el Museo de la Memoria, que exhibe al público documentación, imágenes y otros vestigios de los crímenes de la dictadura de Pinochet, como testimonio de la violación sistemática de derechos humanos universales y, a la vez, como promoción de la importancia y el valor de los mismos. Santa Cruz, sin embargo, justificó un nuevo enfoque sobre este tema desvirtuando el existente y calificándolo como algo que “apela, sin contexto ni explicación causal, a los sentimientos y busca horrorizar”.

Más adelante, en una entrevista radial, precisó que Pinochet no había sido un tirano, sino solamente “un dictador que cometió muchos errores” (término al que se suele recurrir también, en otros casos, para explicar ilicitudes rayanas en la corrupción).

Y, hace algunos días, a propósito del Brexit, la articulista volvió a la carga y descalificó la participación popular en decisiones nacionales de esa envergadura, relacionándola con la polarización, la confrontación, las secuelas y los traumas sociales. “La democracia directa es inadecuada para decisiones complejas”, escribió, lamentando que el Parlamento británico haya “renunciado a su soberanía y su obligación” como representante de la democracia y cedido al pueblo la decisión de continuar o no, como país, dentro de la Unión Europea.

Esa breve y perentoria, aunque cuestionable lección de democracia es impartida día a día, desde la época de la dictadura, con distinta forma, a través de los mismos medios y en diversas oportunidades por los conductores de la globalizada y mercantil sociedad chilena de hoy. Es una idea-fuerza que distorsiona el sentido original de la democracia -intrínsecamente popular- para hacerlo ver contrario o reñido con las mejores tradiciones y aspiraciones cívicas (neoliberales) del país y el mundo occidental.

Sentimiento versus racionalidad

“La apelación a los sentimientos es siempre el instrumento preferido de dictadores y populistas”, agrega más adelante Santa Cruz, sosteniendo que la exaltación de las emociones y las pasiones en política debiera dejar lugar al sometimiento a la racionalidad y las evidencias concretas; cuando no es así, advierte, se produce desconfianza, resentimiento, odio, miedo y envidia, entre otras consecuencias.

Omite que el neoliberalismo chileno tiene cuna dictatorial y que la ideología mercadista sucesora sólo ha desplazado esa clase de llamado desde la política hasta la economía, partiendo por la sustitución de brutales dictadores por empáticos administradores “no populistas”. Estos, coherentemente con su condición, se muestran comprometidos prioritariamente con los grandes intereses económicos multinacionales dominantes y permiten a la ciudadanía sólo un papel de simple consumidora, que debe acatar sin alternativa el sistema impuesto y depender diariamente, en la medida de su capacidad, del recurso más a mano que les evita quedar fuera: la transacción comercial.

Y si de apelación a los sentimientos, emociones y pasiones se trata, ¿no es eso lo que hace precisamente la arremetida publicitaria, que recorre minuto a minuto, lugar por lugar, cada uno de los rincones de la audiencia física y virtual para poder responder a la voracidad del mercado? La estrategia de los constructores neoliberales de este siglo sólo ha cambiado de dirección, desechando las arengas políticas idealistas y socializantes del pasado para desplazarla hacia los emprendimientos económicos y atomizantes modernos. Con tal fin, la política de estado fue sustituida por el ejercicio tecnocrático, las metas económicas fueron despojadas de su nacionalidad, la cultura popular es arrinconada por la diversión masiva y farandulesca; la información pública, fusionada con el mensaje que la financia y la historia, dejada atrás.

Esa es la sociedad que la democracia representativa (o representativista) de hoy llama a reconocer y enorgullecerse.

Ambición “aspiracional”

La responsabilidad primera ante los males sociales crónicos es de quienes pretenden resolverlos maquillando la democracia, para evitar que ésta aporte soluciones que modifiquen el curso político que les favorece como elite; que se sienten los únicos justificados para equivocarse en grande y volver a hacerlo cuantas veces fuere; que alaban públicamente a la población cuando les vota y que se quejan privadamente de ésta por su supuesta ignorancia o estupidez cuando decide por ellos o invoca su derecho a hacerlo.

La democracia directa es adecuada justamente cuando la dimensión y la trascendencia de una materia excede el compromiso encargado a autoridades políticas elegidas como representantes y se hace necesario que los representados recuperen aquella potestad cedida a plazo, con el objeto de adoptar, junto a aquéllas, una decisión de alcance nacional y carácter excepcional.

No hay misterio, engaño ni hecatombe en esto. Bastaría acordar y establecer previamente, en un proceso constituyente original, cuáles serían los temas de decisión “compleja” o “especializada” que competen exclusivamente a la ciudadanía como tal. Promover la democracia descansando en una Constitución promulgada en dictadura e intocable aún en sus pilares es una falacia de bajo nivel y dudosa intención.

Con todo, quienes miran más hacia sí mismos y fuera de las fronteras propias para evaluar el progreso, saltándose a sus compatriotas y a una nación entera, quizá recelan demasiado. Es posible que, si fuere convocado hoy a una asamblea constituyente, un pueblo que ha elegido ya en dos ocasiones un Presidente-empresario, millonario, ambicioso e individualista termine de legitimar un país-empresa.

J.F.S.

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Autor

Julio Frank Salgado

Periodista y bloguero chileno. Reportero y editor en medios de comunicación impresos, radiales, televisivos y digitales en Chile. Ciberactivista independiente. Autor de "Médicos en la Historia de Chile" (2005), "Idolos de blanco" (2011) y "Forjadores de la Odontología chilena" (inédito). Desde 2005 en la blogosfera de PD.

Julio Frank Salgado

Periodista y bloguero chileno. Reportero y editor en medios de comunicación impresos, radiales, televisivos y digitales en Chile. Ciberactivista independiente. Autor de "Médicos en la Historia de Chile" (2005), "Idolos de blanco" (2011) y "Forjadores de la Odontología chilena" (inédito). Desde 2005 en la blogosfera de PD.

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