La culpa es de Walt Disney

Vemos gentes que ríen, lloran y se emocionan con su perro, pero repudian, maltratan y maldicen a su padre; o encierran a su hija pequeña en unas «viviendas tuteladas».

La culpa es de Walt Disney

Los movimientos ideológicos capaces de cambiar la sociedad siempre son a largo plazo. Como el agua que horada la piedra, lenta, pero inexorablemente, impregnan primero y encharcan después las conciencias de sus integrantes hasta inundarlas y hacerlas pastosas. Moldeables. Sin cohesión -destruidos los principios éticos, culturales o morales que las mantenían firmes y unidas- ya están aptas para ser moldeadas conforme al nuevo credo. Y con ello, la sociedad en su conjunto.

Hace casi un siglo Walt Disney, desconozco si de forma inocente o no, tuvo la idea -genial como técnica de marketing pero de efectos perversos décadas después- de humanizar a los animales. Disney hizo hablar, reír, llorar y hasta bailar y enamorarse a toda la fauna salvaje y doméstica imaginable. Feroces leones, tigres sanguinarios, siniestras panteras, osos temibles, gigantescos elefantes, peligrosos babuinos, y hasta terroríficas boas o pavorosas hienas convertidos en simpáticos peluches -otro suculento negocio-, junto a cervatillos huérfanos, perritas de alta alcurnia enamoradas de perritos vagabundos, inocentes canarios, simpáticos ratones y gatos gruñones por obra y gracia de sus fantásticos dibujos animados. Dibujos que, por otro lado, en ningún momento recogían la realidad de las cosas: películas en las que el malo malísimo siempre es el hombre; el que mata, arrasa bosques y hasta sacrifica adorables cachorros dálmatas para hacerse abrigos con su piel. Y con ello se hizo mundialmente famoso. Y multimillonario.

Dónde está el problema, se preguntarán ustedes. ¿Qué hay de malo en exaltar los sentimientos más nobles, el amor a los animales y a la naturaleza? ¿Es que no le gustan los famosos y multimillonarios? ¡No será usted comunista…! No, miren ustedes: lo malo es que esa realidad que se dibuja, nunca mejor dicho, no sólo es falsa; es que es muy tramposa. No existe ni puede existir. Los tigres matan y los niños no vuelan. Lo peor, las paradójicas consecuencias que al final ha tenido esa ‘humanización’ en una sociedad tan inhumana, vacía y hedonista como ha devenido la nuestra; tan infantil y egoísta; tan proclive al goce sin límite, sujeta a la ley del mínimo esfuerzo y al buenismo universal (pero sólo hacia aquello que le sea lejano, claro). Y, al mismo tiempo, tan irresponsable y renuente a cualquier esfuerzo -no digo ya sacrificio- para afrontar realidades próximas y cotidianas (casi siempre obligaciones familiares) que detesta. Deberes ingratos que rehúye porque dan miedo, molestan o atan; porque exigen esfuerzo, tiempo o dinero. La cínica paradoja de un mundo feliz. Mucho amor, pero virtual: como en las películas de Disney.

Hay hipócritas que defienden los derechos y la dignidad de los animales (y denuncian su cosificación y ‘esclavitud’; incluso su ‘asesinato’ para comerse sus ‘cadáveres’). Son los mismos desalmados que niegan los derechos más elementales a millones de personas, también entre nosotros. Seres humanos sin hogar, víctimas de la miseria más extrema; ancianos y enfermos mentales o incapacitados, víctimas también de la pobreza, la soledad y el abandono. O el derecho a la vida de millones de niños abortados, descuartizados en el vientre de sus madres. Claro que, para toda esa gentuza de apariencia humana, estos sí que son «cosas». Productos a desechar, no seres humanos.

Todos recordamos casos monstruosos de abuelos abandonados en gasolineras. Discapacitados o enfermos ingresados en residencias para que no molesten a la familia. Ancianos que mueren tan solos y abandonados que únicamente son descubiertos por el hedor de sus cadáveres. Hijas que, a las primeras de cambio, se desentienden de sus madres con Alzheimer, internándolas «por su bien» en residencias de monjas. Madres que abandonan a sus hijos incapacitados -negándoles el amor y el hogar que tanto necesitan- encerrándolos en «viviendas tuteladas», como si no tuvieran su propia vivienda y familia que los tutele.

La excusa perfecta para el abandono es siempre la misma: su bienestar. Que tengan el mejor cuidado y atención ‘profesional’, a ser posible en un centro asistencial gratuito. Un duro sacrificio para la familia que asume con dolor tan amargo trance: «todo sea por su bien», dicen compungidos. La verdad, salvo excepciones siempre honrosas, es muy distinta: «No voy a hipotecar mi vida y mi libertad porque tenga que cuidar a mi padre, mi hijo o mi hermano. Sólo tenemos una vida y hay que vivirla. ¿Por qué yo, si hay más familia? Que los cuide la Seguridad Social». Y se fuman un puro. O se toman una copa de espumoso para celebrarlo.

Así, vemos gentes que ríen, lloran y se emocionan con su perro, pero repudian, maltratan y maldicen a su padre; o encierran a su hija pequeña en unas «viviendas tuteladas». «Cuanto más conozco al ser humano más quiero a mi perro», suelen decir. Lo que seguramente no saben es que la frase se atribuye a Hitler; quizá porque el «Führer» la repetía en honor de «Blondi», su amada perra pastor alemán. Pero tranquilos, queridos hipócritas, la frase, también atribuida a Lord Byron -otro canalla, amoral e incestuoso-, en realidad es de Diógenes.

 

 

ENCUENTRA LOS PRODUCTOS QUE TE INTERESAN

¡¡¡ BÚSQUEDA DE LAS MEJORES OFERTAS ONLINE !!!

Obtener los mejores resultados de tu búsqueda de productos

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

Antonio Cabrera

Colaborador y columista en diversos medios de prensa, es autor de numerosos estudios cuantitativos para la Dirección General de Armamento y Material (DGAM) y la Secretaría de Estado de la Defensa (SEDEF) en el marco del Comercio Exterior de Material de Defensa y Tecnologías de Doble Uso y de las Relaciones Bilaterales con EE.UU., así como con diferentes paises iberoamericanos y europeos elaborando informes de índole estratégica, científico-técnica, económica, demográfica y social.

Antonio Cabrera

Colaborador y columista en diversos medios de prensa, es autor de numerosos estudios cuantitativos para la Dirección General de Armamento y Material (DGAM) y la Secretaría de Estado de la Defensa (SEDEF) en el marco del Comercio Exterior de Material de Defensa y Tecnologías de Doble Uso y de las Relaciones Bilaterales con EE.UU., así como con diferentes paises iberoamericanos y europeos elaborando informes de índole estratégica, científico-técnica, económica, demográfica y social.

Lo más leído