(o “Esta ausencia es terrible”).
Bueno, bueno, bueno… Lo que faltaba para el duro o, por actualizar la cosa, lo que faltaba para el euro. Ahora resulta que no va a venir el señor Obama, don Barack, a la cumbre entre EE.UU. y la UE. ¿Y qué hacemos entonces? Menudo disgusto para las españolas y para los españoles, ambos inclusive, si a mano viene y aunque esté feo decirlo. Y para el todavía Presidente del Gobierno de España, señor Rodríguez, ya ni te cuento… Con la ilusión que él debía tener puesta en esa cumbre… Claro, es que hay que comprender que hay cumbres y… cumbres. Por ejemplo, la de las Azores, ¿fue una cumbre, lo que se dice una cumbre? Si mi señoría es franco (bueno, y no cuenten otra vez el chistecito de los pantanos, que por algo la palabra franco está con minúscula, lo que pone de manifiesto que no se hace referencia al que fuera o fuese Generalísimo y Jefe del Estado Español durante treinta tacos –de «almaneque» o «candelario«- por más que a algunos le pesara o pesase); bueno, si mi señoría es franco –repito– ha de reconocerse que aquello de las Azores debió de ser una chapuza, porque si los organizadores no alquilaron muebles de diseño y cosas así, ¿cómo iba a ser una cumbre, lo que se dice una cumbre aquello? Una chapuza, ya digo. ¡Hombre, por Dios…! Que estamos hablando muy en serio.
Sí, las cosas como son: mi señoría se imagina a nuestro Presidente no triste, sino “tristérrimo”, si se me permite usar ese aumentativo, aunque no sea vocablo castellano ni de ninguna de las lenguas oficiales en nuestro país. Y es que la cosa tiene reaños, por no decir cojones, que siempre resulta como más basto.
Pero, ¡qué se le va a hacer! Las cosas son como son. No poder participar, con tan ilustre invitado, en una cumbre, sentándose a su lado en la presidencia, compartiendo con él la ingesta de unos «canapeses», posando con él, a su derecha mano, para que les «inmortalicen» en unas -mejor muchas- fotografías (cosa importante en el mundo de hoy), etc., etc., eso tiene lo suyo. O sea, que es muy gordo, por no decir de elevado índice de masa corporal rayano en la obesidad mórbida. Y no digamos el hecho de no tener la ocasión de conversar con él, en vivo y en directo, y decirle “yes” unas cuantas veces, que eso lo domina nuestro Presidente, e incluso alguna de las frases que mi señoría modestamente, y sin ánimode lucro, le ha proporcionado hace unos días a su Excelencia. En fin, que una carencia de este calibre es muy difícil de sobrellevar.
No, si el coste del alquiler del mobiliario de diseño es lo de menos. Al fin y al cabo eso, según las noticias que tiene mi señoría (cfr. “El señor Rodríguez, a Europa, que ya le toca (6)”, sólo nos va a costar a los contribuyentes 2.980.000 euros, que no llegan ni a los 500.000.000 (o sea, quinientos millones) de pesetas de las de antes. Nada, eso no es nada. Como si costase el doble o el triple: para eso estamos los contribuyentes, que aportaríamos lo que fuera o fuese necesario y de muy buena gana, como siempre. Lo malo es el disgusto del Presidente -bueno, y de todos porque a mi señoría, desde que le han dado la noticia está de un acongojado… No, acojonado no; acongojado, es decir, con los congojos a flor de piel. Así es que, el Presidente tendrá un disgusto… Y con razón, claro. ¿O no?
2-02-2010.
