Cajón de Sastre

Rufino Soriano Tena

No a esa “Ley de Salud Sexual…”

(o “¿Y el padre no ha de autorizar el crimen?”).

La habitual chirigota casi diaria que emperejila mi señoría en este blog se torna hoy en un lamento siniestro y en unas ansias de recabar fuerzas de donde las haya para impedir que prospere, con su publicación en el BOE, esa Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, a la que dio luz verde, en el día de ayer, eso que llaman Senado , ley que va a permitir que, de aquí a unos cuatro meses, las madres gestantes puedan asesinar libremente a sus hijos, si éstos no llevan aún en sus respectivas entrañas entre catorce y, en otros casos, hasta 22 semanas. Demencial. Y luego dicen que aquí no hay pena de muerte… ¿Eso qué es, si no?

Uno no tiene que manifestar de nuevo (ahora soslayo la frecuente ironía de la que hago gala en estas cuchufletas mías) su repulsa más tajante al aborto (cfr. “Mi señoría se suma a la manifestación contra el aborto” y “Trámites para legalizar la pena de muerte del nasciturus”), ni tampoco dejar patente que la señora o señorita Aído, doña Bibiana, no es de las que están en el pabellón de mis heroínas, aunque le haya dedicado varias de las más de ochocientas chirigotas que llevo «colgadas» en este blog. A guisa de ejemplo, para quienes no las leyeron en su momento, “pinchen”, si gustan, en “Para que los miembros no agredan a las ´miembras´” o en “El ministerio de Igualdad y su teléfono ´calma-fieras´” o en “El ministerio de Igualdad no es de ´igual-da´” o, más recientes, en “¿El ministerio de Igualdad es el que más pasta da?” o en “Escasas ayudas estatales”, etc., etc.

Pero, aparte de mi oposición total al aborto y mi escasa simpatía por la ministra que ha llevado a cabo la elaboración y defensa de la Ley que nos ocupa y, sobre todo, nos preocupa, lo que sí quiere traer a colación mi señoría es la idea de que la mujer no se queda preñada sola (salvo en la fecundación in vitro, que tampoco), sino que necesita de la cooperación de un varón. Por tanto, la criatura concebida es de los dos. Y uno se pregunta por qué la voluntad de éste, es decir, del varón no interviene nada, según esa Ley, en la toma de la eventual decisión de asesinar o no al «nasciturus». Y es que, a propósito de esto, se me contaba últimamente cómo, en una disputa conyugal que tenía lugar en un Juzgado, acerca de a quién correspondía la tutela de un hijo, el padre recurrió a un símil (vejatorio, en efecto, para la madre, por lo que mi señoría pide todo tipo de disculpas a las señoras, que de máquinas, nada, porque de ordinario son más inteligentes que nosotros, mal que nos pese), pero que a él le parecía una comparación bastante convincente. Y era ésta: cuando uno echa unas monedas en una máquina de latas de refrescos y el artilugio en cuestión libera la lata que sea, ¿a quién pertenece ésta? Sin duda, al que depositó las monedas. Ergo… ¿O no?

25-02-2010.

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Autor

Rufino Soriano Tena

Licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de Granada y Licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Comillas (ICADE) de Madrid

Rufino Soriano Tena

Licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de Granada y Licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Comillas (ICADE) de Madrid

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