(o “Si a vuesarced ´le destila el gusto´ leyendo esta prosa…”).
Decía ayer mi señoría y, como siempre, decía bien, o mejor, porque hay que reconocer que en lo de facilidad en el hablar o en el escribir pocos seres humanos, o sea, de los que tienen fundamento científico, que aclararía la ministra, que lo es, del departamento de Igualdad, a la sazón la Exmª Señora o Señorita doña Bibiana Aído (Bibi para los íntimos, se supone); bueno, pues de esos a los que se les llama seres humanos, de ésos, qué pocos exprésanse, bien en el decir o en el garrapatear, con más donaire y donosura.
Mas, ¿qué es lo que decía, y decía tan bien, ya que con tanto circunloquio piérdese el hilo de la parleta? Pues que ayer, a dos o tres líneas o renglones del final de la chirigota o cuchufleta correspondiente (cfr. “Planes de pensiones privadas para políticos”) habló así y dijo, dice: “… las pensiones de los políticos, debidamente reforzadas con un fondo privado que, al parecer, le financiamos los imbéciles de los contribuyentes, y …”. En efecto, hay gente o personal para todo, porque ¿qué dijo mal, con eso, este genio? Nada o, aun en estos tiempos en los que la lengua latina está cautiva y desarmada, nihil. Sin embargo, quejado se le han por lo de “le financiamos los imbéciles de los contribuyentes”. Y le han añadido: “El imbécil lo será su señoría”.
Quieto, “parao”, ilustre leedor. Mentira parece que vuesarced, a quien “le destila el gusto”, que es como Gracián decía “se le cae la baba”, saboreando la prosa de este egregio autor, ahora salga por peteneras. ¿Es que ya ha olvidado que en alguna otra ocasión se dijo en esta misma columna -ya se ve que con la inutilidad acostumbrada- que uno utiliza la palabra imbécil no como una injuria, sino como un diagnóstico, atribuyéndole su sentido etimológico que, como sabemos los que conocemos el latín a fondo (a fondo perdido, claro), «imbecillus» significa tan sólo “débil de cuerpo, de espíritu, de carácter”. Y vuesarced, lector ingenuo, ¿no es débil ni de cuerpo, ni de espíritu, ni de carácter? ¿Por qué no se opone entonces a pagar impuestos a los mandantes (que no mangantes) y a la oposición -que también cata parte de los fondos públicos– por servicios que no le dan? ¿Le informan, tanto los unos como la otra, de la verdad, de toda la verdad y sólo la verdad de lo que acontece políticamente en el país?
Dicho lo cual y dada la actitud de todo ciudadano normal, incluidos los cuatro millones y medio de trabajadores que están en paro y excluidos los –ni se sabe cuántos– políticos que no cumplen con sus obligaciones, todos somos imbéciles, in strictu sensu etimológico. ¿O no?
12-03-2010.
