Medicina

El secreto de las tribus amazónicas que transformó la cirugía

El secreto de las tribus amazónicas que transformó la cirugía
Waterton RS

Su nombre está escrito en la historia de la medicina en letras mayúsculas. Walton Hall fue el hogar ancestral de un rico y excéntrico caballero, a quien en su vejez los lugareños veían pasear descalzo en compañía de una burra, según recoge Dalia Ventura en BBC Mundo.

 

La curiosa pareja había participado en uno de los experimentos más extraordinarios del siglo XIX, que llevaría a avances significativos en medicina y cirugía, y transformaría nuestra comprensión de los venenos.

Y ese experimento se hizo con una de la sustancias más mortales del planeta, creada por tribus amazónicas gracias al conocimiento de su entorno.

Los indígenas, el noble inglés y la burra contribuyeron a desbloquear los beneficios de los venenos, quizás la fuente más inesperada de muchas medicinas modernas.

Así, le dieron sentido a la frase:

«Todos los medicamentos son veneno y todos los venenos deben considerarse como medicamentos potenciales».

Los venenos, a lo largo de la historia, se han utilizado para quitar la vida.

Sin embargo, hasta el siglo XIX, se sabía sorprendentemente poco acerca de cómo funcionaban realmente.

Ese fue el misterio que ayudó a develar Charles Waterton, a quien se le recuerda como el prototipo del británico excéntrico.

Aunque él no estaba de acuerdo con ese apelativo, comportamientos como el de esconderse debajo de las mesas y morderle las piernas a los comensales durante la cena, alimentaban el mito.

Era un ávido escalador: una famosa historia narra que, en una visita al Vaticano, subió hasta la cruz de la Basílica de San Pedro y colgó sus guantes en el pararrayos.

Cuando el Papa le pidió que los retirara, tuvo que volver a escalar la torre.

Pero lo que más trepaba era árboles, una afición que mantuvo hasta el final de sus días.

«No tenía idea de que estaba haciendo algo fuera de lo común cuando le pedía a un visitante que lo acompañara a la copa de un árbol alto para mirar el nido de un halcón…», comenta el reverendo J.G. Wood en las notas biográficas que escribió tras la muerte de Waterton.

En su estadía en Guayana, Waterton dormía con los dedos gordos del pie fuera de la hamaca, con la esperanza de que los vampiros los mordieran, cosa que nunca ocurrió, según el reverendo Wood quizás porque

«tomaba tanto vino de Burdeos que sólo un vampiro muerto de hambre se habría interesado».

Su dedo gordo, de hecho, aparece en más de una de sus historias, entre otras cosas porque era hiperlaxo, de manera que podía hacer cosas como la que relató un doctor Hobson:

«cuando el señor Waterton tenía 77 años, fui testigo de cómo se rascaba la parte posterior de la cabeza con el dedo gordo del pie derecho».

Además, inventó una forma distinta de taxonomía y, como le gustaban las bromas, a menudo usaba su destreza para burlarse y satirizar todo lo que detestaba de la política británica, la religión reformista y la ciencia formal.

Pero además de ser excéntrico, Waterton era sobre todo un apasionado por el conocimiento.

Fue un naturalista de campo por excelencia, que inspiró a Charles Darwin a viajar a América del Sur (donde el famoso científico desarrollaría su teoría de la evolución).

También fue un pionero de la conservación, que tornó su hogar, Walton Hall, en la primera reserva natural del mundo.

Viajó mucho, recogiendo lo exótico y lo inusual, tanto físicamente como en sus escritos, como su popular libro «Wanderings in South America» o «Paseos por Sudamérica» (1825).

En 1804 Waterton zarpó de Inglaterra con destino a América del Sur, un viaje de ida y vuelta que repetiría varias veces durante los siguientes 20 años.

La vida en la región de los bosques tropicales del Amazonas le brindó una maravillosa oportunidad para satisfacer su interés por la historia natural y para la recolección de especímenes de aves y animales.

Además le permitió ir tras un secreto que guardaban los indígenas de la región.

Antes de partir, había cenado con Sir Joseph Banks, el famoso explorador y naturalista que había sido el líder de la expedición científica en la barca del Capitán Cook ‘Endeavour’ durante la exploración del Pacífico Sur 1768-1771.

Banks le contó de un veneno especial que las tribus amazónicas solían usar en sus flechas y dardos para inmovilizar y matar a sus presas, y lo alentó a recolectar muestras.

Unos años después de estar en Sudamérica, Waterton se enteró de que la tribu macushí en el sur de Guayana, cerca de la frontera con Brasil, hacía el veneno más fuerte y más codiciado, y fue a visitarla.

No fue fácil convencer a los macushí de que revelaran lo que usualmente hacían en secreto y con una ceremonia misteriosa.

Pero gradualmente los persuadió, y le mostraron cómo recolectaban los ingredientes y hacían el veneno, como explicó el propio Waterton en el libro ya citado.

«Un día o dos antes de que el indio macoushi prepare su veneno, se adentra en el bosque en busca de los ingredientes. Una vid crece en estas zonas salvajes que se llama wourali. Es de esto que el veneno toma su nombre, y es el ingrediente principal.

Cuando ha obtenido suficiente cantidad de esto, desentierra una raíz de un sabor muy amargo, los une y luego busca dos tipos de plantas bulbosas que contienen un jugo verde y glutinoso. Llena un pequeño tambor que lleva sobre su espalda con los tallos de éstas; y, por último, sube y baja hasta que encuentra dos especies de hormigas. Una de ellas es muy grande y negra, y tan venenoso que su picadura produce fiebre: es más frecuente que se encuentre en el suelo. La otra es una pequeña hormigaroja que pica como una ortiga, y generalmente tiene su nido bajo la hoja de un arbusto.

Se usa una cantidad del pimiento indio más fuerte, pero este ya lo ha plantado alrededor de su choza. Los colmillos machacados de la serpiente labarri y los de la counacouchi también se agregan».

Algunos de los ingredientes son muy interesantes, pero en realidad el ingrediente clave es una planta identificada más tarde como strychnos toxifera.

Su veneno se conoce hoy como curare.

Waterton lo llevó a Europa donde había una fascinación por el curare.

Aunque conocido, nadie había logrado obtener muestras de buen veneno en cantidades suficientes.

De regreso, el veterano profesor William Sewell abordó a Waterton y al eminente cirujano Sir Benjamin Brodie, quien quería averiguar exactamente cómo curare mataba a sus víctimas.

Brodie ya había probado el veneno en animales pequeños, pero ahora quería experimentar con algo más grande.

La desafortunada elegida fue una burra a la que le inyectaron suficiente curare para matarla.

Cuando se colapsó y dejó de respirar, rápidamente realizaron una traqueotomía, es decir que con un cuchillo le abrieron un hueco la tráquea.

Paso seguido, le insertaron un par de fuelles y empezaron a bombear.

La verdad es que no tenían mucha idea de lo que estaban haciendo. No sabían por cuánto tiempo tendrían que hacerlo. Pero después de unas dos horas, la burra se recuperó lo suficiente como para abrir los ojos y mirarlos.

Se detuvieron, y la burra se volvió a desvanecer. Otra vez a los fuelles durante unas cuatro horas en total. Finalmente, como escribió Waterton en su diario, «el bombeo la salvó de su desilusión final».

La burra se levantó y caminó sin evidente agitación ni dolor.

Waterton, Sewell, Brodie y, por supuesto, la burra, habían demostrado algo extraordinario. Un descubrimiento que tendría un impacto inesperado y de gran alcance.

El aspectos clave es que el curare es un relajante que actúa sobre músculos específicos.

Los músculos voluntarios dejan de funcionar, pero los otros, -incluyendo, crucialmente, el corazón- no son afectados.

Los tres científicos habían demostrado que si podías mantener al paciente respirando, sobreviviría, mientras su cuerpo quedaba inmóvil y relajado por el curare.

A principios del siglo XIX, ese descubrimiento no tenía una aplicación obvia.

Pero 100 años después, transformaría la cirugía.

Relajar los músculos es indispensable para que los cirujanos puedan llevar a cabo con precisión sus delicadas maniobras.

Los anestésicos eran geniales para dormir a los pacientes, pero se necesitaba grandes cantidades para que los músculos dejaran de estar tensos.

A mediados del siglo XX, el doctor Fred Prescott se inyectó deliberadamente una forma pura de curare para demostrar que era seguro usarlo como relajante muscular en la cirugía.

Y, desde la década de 1950, la mayoría de la gente que se ha sometido a una cirugía mayor se ha beneficiado del curare o uno de sus equivalentes modernos.

La burra disfrutó de su jubilación en Walton Hall.

Charles Waterton escribió en sus diarios: «Estará protegida de la tormenta invernal. Y en verano, tendrá el mejor pasto. Terminará sus días en paz».

De hecho, la burra vivió otros 25 años, durante los que a menudo paseó con su excéntrico anfitrión.

Y cuando finalmente murió en 1839, tuvo su propio obituario en el periódico local, detallando su contribución a la ciencia médica.

Waterton vivió 26 años más, trepándose a los árboles a observar pájaros o a leer.

Murió en 1865 de 83 años.

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