HA PAGADO MUY CARO SUS EXCESOS Y EXCENTRICIDADES

Kim Basinger: la sex symbol de ‘Nueve semanas y media’ fue millonaria y hoy está en bancarrota

La icónica actriz, que hace tres décadas cautivó al mundo con su belleza en la película 'Nueve semanas y media', junto a Mickey Rourke, tiene ahora 67 años

Kim Basinger: la sex symbol de 'Nueve semanas y media' fue millonaria y hoy está en bancarrota
Kim Basinger. PD

Sigue bella y con tirón sexual a sus 67 años, pero ya no tiene dinero. Y se nota.

Cuando Kim Basinger fue demandada en 1993 por un productor por incumplimiento de contrato, el fiscal arrancó la primera jornada del juicio diciendo «todos sabemos que las chicas tan guapas como ella tienen la vida más fácil y están acostumbradas a que las cosas siempre les salgan bien».

A lo que Basinger sí que estaba acostumbrada, a esas alturas de su carrera, era a que todo el mundo utilizase su belleza contra ella.

La actriz definió el canon del mito erótico de los 80 (rubia, con curvas, sexualmente disponible) hasta el punto de que no le dejaron ser otra cosa.

Su padre era músico de jazz y su madre bailarina, pero tras la Segunda Guerra Mundial ambos renunciaron a sus sueños para trabajar en finanzas y como ama de casa respectivamente. A la edad de 16 años, Kim Basinger empezó a ganar una buena ristra de concursos de belleza y parecía destinada a llegar donde sus padres nunca pudieron.

Esta historia de orígenes es tan americana como el físico de Kim Basinger, cuya mirada enigmática a lo Liv Ullman le dio el suficiente toque exótico para ser chica Bond (en ‘Nunca digas nunca jamás’) y chica Playboy el mismo año. Ella reconoce la ambición que le impulsaba en aquellos primeros años de su carrera: decidió posar desnuda para la revista durante una huelga de actores, porque si nadie la veía en películas quizá se olvidarían de ella y ella necesitaba asegurarse de que la mirasen. Lo consiguió.

‘Nueve semanas y media’ era un drama psicológico sobre una mujer introvertida que explora su sexualidad en una relación sadomasoquista, pero pasaría a la posteridad como un sueño erótico de la cultura yuppie de los 80.

El striptease a ritmo de Joe Cocker, el atracón vaciando el frigorífico durante un polvo y el revolcón en unos escalones bajo la lluvia sentaron las bases estéticas de lo que sería el erotismo en el cine durante la década siguiente y convirtieron a Kim Basinger en el sinónimo oficial del sexo.

Un reportaje de ‘Rolling Stone’ en 1986 titulaba ‘Ni un pelo de tonta’, otro de ‘Vogue’ en 1988 ‘Algo salvaje’. Basinger era el tipo de estrella que conoce incluso la gente que jamás ha visto una película suya, pero no era un mito erótico con iniciativa sexual propia sino sometida a los deseos, la lascivia y la mirada masculina.

Ella a ratos jugaba con esta imagen (definiéndose como una criatura sexual o contando cómo tuvo sus primeros escarceos sexuales en los campos de maíz de su pueblo de Georgia), pero solía desmontarla apareciendo en las entrevistas en chándal, sin maquillar y con una coleta. Pocas veces una mujer ha estado tan lejos de la imagen que el público y la industria quisieron proyectar de ella.

La primera vez que Kim Basinger sufrió un ataque de ansiedad fue en la escuela, cuando la profesora le pidió que leyese en alto y se desmayó. Ya durante su carrera como modelo en los 70 tuvo un ataque de pánico que detuvo su carrera varios meses: se encerró en casa llorando cada día por el trauma y la incertidumbre de no comprender lo que le estaba ocurriendo.

Resulta que su mirada enigmática era en realidad una timidez enfermiza que le llevó, cuando estaba en la cima de su carrera, a admitir que no conocía a ningún director o productor al margen de los que trabajaban con ella porque era incapaz de entablar conversación con desconocidos en eventos sociales.

El público, sin embargo, asumió que con ese físico Kim tenía que ser la estrella de todas las fiestas.

Todos sus personajes en el cine, ingenuas desmelenadas, funcionaban como elementos decorativos para los galanes de la época: Burt Reynolds, Robert Redford, Sean Connery, Richard Gere, Bruce Willis o Jeff Bridges.

Todas las películas explotaban su erotismo, desde ‘Mi novia es una extraterrestre’ hasta ‘Cita a ciegas’, y a pesar de que ninguna funcionó en taquilla el atractivo popular de Basinger le consiguió el papel de ‘la chica’ en ‘Batman’, la película más promocionada de la historia en su momento.

La relevancia de su personaje en la trama era nula, pero ‘Batman’ quería ser la superproducción más exuberante de Hollywood así que fichó a Kim Basinger, simplemente, porque podía.

En los Oscars de 1990 Basinger se saltó el guion para reivindicar  la que ella consideraba «la mejor película del año, que ni siquiera está nominada»: ‘Haz lo que debas’, de Spike Lee. Habría sido la primera película dirigida por un negro en estar nominada al Oscar (hito que no ocurriría hasta 20 años después, con ‘Precious’) y esta salida de tono hizo que a los académicos se les cayeran los monóculos.

«Todo el mundo se quedó en estado de shock», recordaría la actriz, «mucha gente ni siquiera se me acercó después. Yo no pretendía que vinieran a aplaudirme, no buscaba ninguna reacción. Solo quería desahogarme».
Durante el rodaje de ‘Batman’, Kim, recién divorciada, tuvo una aventura con Prince (los rumores aseguraban que los gemidos que se escuchan en ‘Scandalous Sex Suite’ son de ella y que no estaba interpretando precisamente) y después con Jon Peters, expeluquero y examante de Barbra Streisand y ahora productor de ‘Batman’.

Pero Basinger lo dejó todo cuando conoció a Alec Baldwin: el rodaje de ‘Ella siempre dice sí’ fue un infierno, lastrado por broncas diarias entre las estrellas y los productores, teléfonos y sillas arrojadas en ataques de furia y constantes retrasos porque la pareja se pasaba horas haciendo el amor ruidosamente en su camerino. Él decía que lo que más le gustaba de ella era su ingenuidad («nunca se entera de nada») y ella acabó bromeando años después: «Rechacé ‘Durmiendo con su enemigo’ por hacer

‘Ella siempre dice sí’ fue un fracaso, al igual que ‘Cool World’, una rubia entre dos mundos y ‘Análisis final’, por lo que la imagen pública de Kim Basinger comenzó a contaminarse: si no atraía a la gente al cine ni aportaba prestigio a sus películas y además tenía fama de actriz difícil que (según los rumores) exigía que le lavasen el pelo solo con agua Evian y detenía rodajes para consultar a su vidente en Brasil, ¿por qué iba nadie a contratarla

Quizá ante este panorama y al cumplir los 40 años (la edad de jubilación de todo sex symbol en aquella época), la actriz decidió invertir en ladrillo. Y como ella todo lo hacía a lo grande, optó por comprarse un pueblo entero (Braselton, en su Georgia natal) por 17,5 millones de euros. Su objetivo era convertirlo en un parque temático de Hollywood en pleno sur de Estados Unidos, pero una demanda inoportuna arruinó sus planes de negocio, su carrera y su vida.

Según el productor de ‘Mi obsesión por Helena’, Basinger se había comprometido verbalmente a protagonizar la película, un thriller que de nuevo presentaría a la actriz como un objeto sexual: un perturbado se enamora de una mujer, mutila sus brazos y sus piernas y secuestra lo que queda de ella para convencerla de que se enamore de él.

El productor había utilizado este acuerdo verbal para vender los derechos de la película en el extranjero, de modo que en su querella argumentaba que la espantada de Basinger le había hecho perder millones de dólares.

Nada más entrar la actriz en el juzgado, un miembro del jurado exclamó «pues sí que está vieja». El juicio reveló en público los ahorros totales de Kim Basinger (5.387.382 dólares y 19 centavos) y, cuando el jurado desoyó la recomendación del juez de multarla con poco menos de un millón y la condenó a pagar 9 millones, Alec Baldwin salió en defensa de su esposa:

«El jurado debió de pensar que alguien que ha salido en ‘Batman’ tiene 40 millones en el banco».

Basinger se declaró en bancarrota y vendió el pueblo de Braselton por un millón.

Desilusionada con una industria que la convirtió en el hombre del saco (cada vez que una estrella pretendía abandonar un proyecto, el productor le amenazaba: «¿Es que quieres acabar como Kim Basinger?)», la actriz se retiró para ser madre de su única hija con Baldwin, Ireland.

Por eso no sintió el menor interés por volver al cine cuando tres años después le ofrecieron ‘L. A. Confidential’ y el director Curtis Hanson tuvo que insistirle para que aceptase.

El personaje evocaba el erotismo que había marcado su carrera, pero con mucha más elegancia: una aspirante a actriz que lo más cerca de Hollywood que conseguía estar era trabajando como prostituta imitadora de la estrella de los 40 Veronica Lake. Un objeto idealizado pero sin identidad, como la propia Kim.

Cuando Russell Crown le aseguraba «es usted más guapa que Veronica Lake» nada más conocerla, fue como si Hollywood hubiese aprendido por fin a tratar a Kim Basinger con respeto.

La actriz acabó el rodaje rapándose el pelo, porque el tinte le abrasó la raíz y no había agua de Evian que salvase aquella melena, pero cuando recogió su Oscar por ‘L. A. Confidential’ tenía el aspecto de un icono de Hollywood: era Grace Kelly, era Marilyn Monroe y era, sobre todo, Kim Basinger.

La mujer que un productor en los 80 definió como «una cerda con el pelo cardado» entraba en la historia del cine en la que ella describiría después como la peor noche de su vida. La timidez patológica de Basinger se transformaría en agorafobia y ansiedad, así que subió al escenario temblando, aterrorizada y sin saber qué decir con todo el planeta pendiente de ella.

«Quiero ser prueba viviente de que los sueños se cumplen» exclamó entre lágrimas mientras el público, de repente, se daba cuenta de que nunca había conocido a la verdadera Kim Basinger.

Aquella noche su carrera no estaba renaciendo, sino haciendo una reverencia de despedida. El melodrama de época ‘Soñé con África’, concebido para revalidar su recién adquirido prestigio, fracasó artística y comercialmente y Basinger pasó a hacer solo papeles de madre.

De nuevo, su vida personal volvió a acaparar más titulares que su carrera: el divorcio de Alec Baldwin se alargó durante años, con un coste de 3,5 millones de euros en abogados, y culminó con el actor publicando un libro sobre el proceso.

En él describía a su exmujer como «un animal frío e implacable que parece cobrar vida solo cuando está rodeada de sus abogados».

La llamada en la que Baldwin insultaba a su hija Ireland llamándola «cerda desagradecida e insensata» se filtró a la prensa y devolvió a los Baldwin-Basinger su imagen de las estrellas más tóxicas de Hollywood.

Hoy Ireland Baldwin, que está a punto de cumplir 24 años, es una influencer y activista LGTB que pasó por una clínica de rehabilitación para superar sus traumas emocionales. Kim y Alec se reconciliaron para ayudarla. En los últimos años el gran público se ha reencontrado con Basinger en la saga ‘Cincuenta sombras de Grey’, donde interpreta a la mujer que le enseñó a Christian Grey todo lo que sabe. Y tiene todo el sentido del mundo: ella despertó sexualmente a toda una generación y ahora, con 65 años, ella encuentra su propio erotismo en otras formas:

«Cuando eres joven te sientes atraída por los tipos duros, pero eso es una fantasía. Me he dado cuenta de que el placer está en la bondad y en el sentido del humor».

En tiempos del #MeToo, de momento esta mujer que debió de ver de todo en los 80 prefiere mantener cerrada esa boca con la que tantas veces posó entreabierta.

Quizá cuando decida hablar alguien le estará prestando atención esta vez y, por fin, el público conocerá quién es Kim Basinger. Hasta entonces seguirá siendo un mito. Tampoco está nada mal.

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