Francisco se ha encontrado, al ser elegido papa, con una Iglesia dividida y, en no pocos asuntos, una Iglesia dividida en grupos enfrentados
(José M. Castillo).- Acabamos de enterarnos que el papa Francisco piensa canonizar a Juan Pablo II y a Juan XXIII. Ya antes se había dicho que tiene también la idea de beatificar a monseñor Romero. Y ahora sabemos que el papa está pensando beatificar a Álvaro del Portillo, el sucesor de san Josemaría Escrivá de Balaguer en la prelatura del Opus Dei. Si reflexionamos, por un momento, en que los difuntos, que son elevados al honor de los altares, representan – entre otras cosas – el modelo de la Iglesia que se quiere poner como ejemplo para todos los cristianos, resulta inevitable preguntarse qué idea tiene el papa Francisco sobre el tipo de Iglesia que, en este momento, le conviene al mundo. Porque es evidente que no es lo mismo la Iglesia de Polonia (la de Juan Pablo II) que la Iglesia del Vaticano II (la de Juan XXIII). Ni se parecen mucho la Iglesia que promovía mons. Romero y la Iglesia que propugna el Opus.
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