El hombre que quiere amar a sus hermanos debe hacerlo a partir de un ámbito compartido en el que los hombres puedan sentirse hermanos del mundo y entre ellos
(Bernardo Pérez Andreo, en «No podéis servir a dos amos» -RD/Herder-).- Francisco «fue un enamorado. Un enamorado de Dios, y también un enamorado de los hombres (cosa que encierra, probablemente, una vocación mística todavía más singular). Un enamorado de los hombres es casi lo contrario de un filántropo», con estas palabras se refiere Chesterton al trovador de Asís.
Fue un enamorado tanto de Dios como de los hombres y cabría decir que lo uno por lo otro y viceversa, pero lo que no fue de ninguna manera es un filántropo. Su amor por el hombre no es un amor genérico, a la humanidad. Como tampoco su amor a Dios es un amor a la divinidad. El amor siempre ha de ser concreto, a algo o alguien. Francisco ama a Dios en los seres creados y ama a los hombres por sí mismos, viendo en ellos un trasunto de Dios. Ese amor concreto a los seres creados es el fundamento de su fraternidad. Ser hermano de todo lo que existe es una constitución básica de Francisco, la fraternidad es su esencia.
La fraternidad sólo puede vivirse en comunidad. El hombre que quiere amar a sus hermanos debe hacerlo a partir de un ámbito compartido en el que los hombres puedan sentirse hermanos del mundo y entre ellos. Lo contrario sería caer en la famosa filantropía que no es sino un sentimiento burgués de pena por el ser humano que no ha tenido la misma fortuna en la vida. Filántropo puede ser un rico vendedor de telas que con las sobras alimenta a los hambrientos que produce el sistema económico que engorda sus arcas. Pero un enamorado como Francisco no puede ser filántropo sino hermano con todas las consecuencias.
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