Xosé Manuel Carballo

Graciñas, Señor Santiago

"Su presencia fue, es, y será pan para muchos pobres"

Graciñas, Señor Santiago
Carballo

¡Muchas gracias, Señor Santiago y que por muchos años repose en paz aquí entre nosotros!

(Xosé Manuel Carballo).- Voy observando que es una tendencia muy común en los humanos la de que casi todos los que por una o por otra razón tuvieron que dejar su tierra, aspiran a poder reposar en ella per saecula saeculorum. Bien es cierto que no siempre es posible tal aspiración.

Tienen que ser muchas las causas que están detrás de esta tendencia tan enraizada en los pueblos que fueron dejando de ser nómadas. No faltarán analistas que las destripen con el máximo rigor; pero se me ocurre, dejando volar un poquitín la imaginación, que toda la tierra está animada desde que el Creador le insufló a un trocito de ella, tomando la parte por el todo, uno soplo de vida, y por eso siempre la propia tierra tira mucho. Especial fuerza de atracción tiene que ejercer aquella más inmediata que nos configura pra reclamar las porciones que cedió sólo en préstamo temporal.

En los casos en que este deseo de ser enterrados en la tierra de donde partimos no puede llevarse a cabo también hay múltiples y variadas causas y una de ellas, y no de las más pequeñas, es que el corazón echase raíces de afectividades más fuertes en otros sitios.

Pues bien, pienso que por ahí podrán andar los motivos de por qué prefirió ser enterrado en estas tierras húmedas de Breogán, superando la tendencia primaria de serlo en sus originarias desérticas de Judea el Apóstol Santiago el Mayor, el hijo de Zebedeo y Salomé, también apodado como el Hijo del Trono, el Boanerges, después de que Herodes Agripa I diera orden de cortarle la cabeza en Jerusalén a donde había retornado de paso, sólo para acompañar a la Virgen María en su dormición final.

Muchas querencias debía de tener aquí el Señor Santiago para dejar dispuesto a sus discípulos, los siete Varones Apostólicos, que se hiciera oportunamente el traslado de sus restos, si le pasaba algo malo por allá, desde Israel a los soutos del Pico Sacro.

Parece que no faltan mentes pragmáticas que, como el Iscariote, elocubran sobre que sería mejor dar a los pobres lo que se gastó en el traslado. Por lo visto no fueron muchos los gastos, tanto si prevalece la tesis de que fue cosa de unos ángeles jardineros de los tapices de mil verdores de esta tierra, como si resulta más creíble la otra de que vino en una barca de piedra autopropulsada atravesando el Mediterráneo y doblando por el Atlántico arriba hasta entrar por Iria Flavia.

Poca era la tripulación de aquella original embarcación, sólo un viejo pescador jubilado de Tiberíades que había conseguido la invisibilidade en noches de lunar. Entoces no había peligros de abordajes de pateras ni de barcos ingleses, porque todavía el Mediterráneo no era el mayor cementerio del mundo, debido a guerras, mafias y miserias antievangélicas, ni una colonia de la Gran Bretaña el Peñón.

No soy historiador, más bien soy algo soñador, por eso no entro en si Santiago vino o no a la Galaecia de entonces, ni en desentrañar cuanto de leyenda puede corresponderle a él y cuanto a Prisciliano. Sólo afirmo rotundamente que el Señor Santiago está en Galicia y más concretamente en Compostela. Somos millares y millares los que podemos dar testimonio de que allí nos encontramos con él y muchos más de una vez.

Y frente a los pragmáticos de siempre, afirmo también que su presencia fue, es, y será pan para muchos pobres, y para algún rico también, tanto en Compostela mismo, como a lo largo de los caminos que atraviesan continentes y océanos y que en ella confluyen vertebrando Europa.

Pero no se vaya a pensar que esa presencia es solo pan para el estómago, porque también es compango por ser fuente de una cultura peculiar tejida de las múltiples culturas que a junto de el aquí llegaron y fueron dejando sus posos en la ciudad santa de las peregrinaxes y en los caminos que llevan a ella o de ella retornan. Compango también es la recuperación de esperanzas con el estímulo que nace de la fe que nos legó y que se materializan en las incontables lucecitas juguetonas que lastran su camino de estrellas.

Más de una vez tengo pensado en el por qué de un Camino de Santiago anclado en el firmamento cuando aún nadie podía imaginar controladores aéreos ni barcos a la deriva, y llegué a la conclusión de que Dios agasajó a su Apóstol con un Camino mucho más primitivo que el Primitivo en el cielo para que pudiesen llegar a buen puerto en la tierra los que tienen que andar inciertos caminos por mares embravecidos o surcando tempestades.

Aunque todo lo dicho tuviere una buena parte de leyenda o mito, no por eso deja de ser cierto, ya que la leyenda y el mito son formas rayanas en la poesía de expresar realidades que nos trascienden. Por todo ello, ¡muchas gracias, Señor Santiago y que por muchos años repose en paz aquí entre nosotros!

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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