"Catalunya nos es tan propia como el Camino de Santiago o la seo de Sevilla"

Pedro Castelao: «La independencia guay y de buen rollo es una quimera»

"Catalunya forma parte de España como los brazos y las piernas forman un todo con el cuerpo"

Pedro Castelao: "La independencia guay y de buen rollo es una quimera"
España y Cataluña, según Mafalda

En la península jamás ha sobrado Catalunya, y me parece mentira pensar en la posibilidad que de que ya no vuelva a verla ni en la previsión meteorológica

(Pedro Castelao, teólogo).- La globalización es imparable. Las distancias disminuyen. Las fronteras tienden a desaparecer. Primero para el capital. Más trabajosamente para las personas. Pero, para todos, las noticias se transmiten al instante. Angela Merkel es de la familia. Los insultos entre Donald Trump y Kim Jong-Un son como los gritos de los vecinos del ático.

El mundo se parece a una corrala y la propia historia de la UE lo certifica después de las dos guerras mundiales: superemos las fronteras nacionales haciendo que nuestro micro mundo occidental se ensanche asumiendo como propio -como mínimo- todo el espacio europeo posible.

¿Cuál es el balance global de este histórico proceso? Sin duda positivo. Con reformas y ajustes necesarios, pero positivo en general.

A Dios gracias, España está en Europa. Pero en nuestro país tenemos una asignatura pendiente. Esa asignatura no se llama Catalunya, sino Portugal.

Portugal debiera ser nuestro país amigo, nuestro pueblo hermano, en lugar de nuestro vecino ignorado. Y tanto ellos como nosotros deberíamos buscar las formas de converger sin violentar, de coincidir sin oprimir, de unir sin asimilar. Siguiendo las dinámicas propias de la UE: superación real de fronteras, cohesión interterritorial, inversión en obras públicas, medios de transportes vertebradores, intercambios universitarios, respeto por la autonomía y la diversidad, creación de un ámbito cultural más amplio y abierto, etc.

De hecho, compartimos bosques, incendios, ríos y las necesidades básicas comunes. ¿Por qué no pensar también en dar pasos hacia una confraternización política que nos ayude a gestionar mejor nuestra península común?

Seamos realistas. Vayamos paso a paso. Pongamos patas arriba la estulticia de la lógica imperante. Pidamos lo imposible.

Ahora que se habla de la expulsión de Gerard Piqué de la selección española o de la salida del Barça de la liga española, ¿por qué no hacer una liga ibérica de fútbol? ¿Y por qué no avanzar hacia una selección ibérica interestatal? Lástima que Cristiano Ronaldo no tenga las virtudes cívicas de Rafa Nadal. Pero, en cualquier caso, que el Madrid juegue con el Oporto. Que el Depor lo haga con el Benfica. Que el Barça se las vea con el Sporting de Lisboa. Pocas cosas cohesionan más que el deporte.

Otra locura: compartamos espacios musicales. Mandemos juntos un único representante a Eurovisión. De haberlo hecho el año pasado, nos hubiera ido mucho mejor…

Otro disparate: «El Tiempo» ¿Estamos seguros de que las borrascas o los anticiclones se asoman a nuestro país sólo por el noroeste? Tras la frontera sur del Miño no hay más que el mapa de una ausencia. Un espacio gris e ignoto que ni siquiera es nombrado cuando se habla de isobaras. Vivimos de espaldas a Portugal como esos matrimonios enfadados que compartiendo el lecho peninsular ni se miran ni se tocan porque duermen uno para un lado y el otro para el otro.

En esta perspectiva, volviendo a la realidad, lo que está pasando en Catalunya es aún más desgarrador. Porque la cuestión real es esta: ¿queremos tener la sombra de otra ausencia cuando veamos la previsión meteorológica de mañana? ¿Queremos de verdad darnos la espalda, negarnos el saludo y la palabra, para vivir las próximas décadas mirando en direcciones opuestas como una familia rota e irreconciliable?

Yo no quiero eso para Catalunya y dudo de que la mayoría de los catalanes y el resto de los españoles quieran eso para ellos y para sus hijos.

Que el pueblo de Catalunya tiene el derecho a decidir libremente su futuro lo comparto plenamente. Como todos. Lo que no comparto es que tenga que hacerlo solo. Como si en nada le fuese al resto de los pueblos de España que formamos el Estado español. Ni los individuos ni las familias ni los pueblos somos entes aislados que viven estructuralmente sin estar «en relación». Catalunya forma parte de España como los brazos y las piernas forman un todo con el cuerpo al que pertenecen. Y lo que le sucede a una mano le sucede a todo el cuerpo.

La independencia guay y de buen rollo es una quimera. Un divorcio es una ruptura en toda regla por más civilizado que sea. Y este no va por el camino de la corrección, la lealtad y el respeto a la legalidad acordada. Además, cuando hay niños por medio todo se complica. Y aquí los niños los tenemos en esos lazos familiares multiseculares de amor, amistad, hermandad, filiación y profundidad que unen en las raíces a todos los ciudadanos de nuestro país.

Y es que suena a banalidad irresponsable el hablar de semejante amputación con la frivolidad de quien se quiere hacer un nuevo tatuaje fronterizo. No se trata de un retoque estético, sino de cortar y sajar un miembro vital. Y eso duele. Y sangra. Porque hay personas y familias por el medio. Y destrozar sus relaciones más propias, constitutivas e íntimas no es ni progre, ni guay. El cuerpo social se resiente cuando uno de sus miembros rompe el equilibrio que debiera regir entre ellos. Porque los seres humanos somos seres «en relación».

Barcelona y toda Catalunya nos son tan propias a todos los españoles como el Camino de Santiago lo es a toda Europa. O la Catedral de Sevilla o el acueducto de Segovia. Los lazos de unión y fraternidad debieran ser declarados «Bienes Intangibles» de especial protección. Y no pueden ser expuestos a manoseo y destrucción de forma irresponsable. ¡Pues claro que es más estimable el acercamiento y la unión, que el alejamiento y la escisión!

La historia reciente de Europa es inequívoca al respecto. Porque lo cierto es que no parece razonable desear sentirse extranjero en la propia casa. O fragmentar el espacio común erigiendo nuevas fronteras y divisiones. Y el colmo está en que se nos diga que eso mola, que sonriamos, que eso es la democracia, que por ahí va el mundo y nuestro futuro y el de nuestros hijos.

Pues no. Lo que sinceramente creo que es que el camino de los pueblos de España y el de todos sus ciudadanos es el de la unidad, el de la convergencia, el del entendimiento y la cohabitación basados en el respeto a la ley y a lo que verdaderamente es la democracia: el respeto de las minorías por parte de las mayorías que deben gobernar sin abusar. Que para eso está la ley. Y el reto es el de mantener la propia identidad cultural, lingüística y hasta política (que para eso están los parlamentos autonómicos) sin erosionar la solidaridad y la unión entre todos (que para eso formamos parte de Europa siendo, también, parte de España).

Cuando miramos la historia de nuestra península y pensamos en su futuro lo que realmente nos debiera sonrojar es tener, en Portugal, nuestra asignatura pendiente. Ese fracaso común que implica que, siglos y siglos después de ponernos de espaldas, todavía no hayamos encontrado el modo de mirarnos cara a cara para unir nuestros pasos en un camino europeo común.

En la península jamás ha sobrado Catalunya, y me parece mentira pensar en la posibilidad que de que ya no vuelva a verla ni en la previsión meteorológica. Espero que eso no suceda nunca porque me temo que de tener una asignatura pendiente nos podemos encontrar con otra más suspensa. Y creo que, a estas alturas, estamos ya en la convocatoria de gracia.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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