Los verdiblancos se hicieron con los billetes a octavos y lo apretaron contra el pecho como quien protege un tesoro. El Real Betis jugó una de esas noches que quedan grabadas en la memoria verdiblanca: fútbol, garra y corazón a iguales partes. En La Cartuja, el equipo de Pellegrini destiló carácter europeo ante un Feyenoord que solo pudo rendirse ante la avalancha de talento, liderazgo y fe de un grupo que creyó hasta el pitido final.
El Betis salió sin mirar atrás, como si todo se decidiera ahí mismo, con la furia de una hinchada que empujaba desde la grada y el eco de las lecciones aprendidas por los gigantes de la Champions la víspera. Apenas habían pasado tres minutos cuando ya se sentía el rugido de Chimy Ávila y el descaro de Abde. Era el aviso de que esta vez no habría dudas ni titubeos.
Pues sí… ¡Estamos en el 𝐓𝐨𝐩𝐨𝐜𝐡𝐨!
¡A POR LA SIGUIENTE RONDA! 🏆👊#EuroBetis pic.twitter.com/NcH9Fk5LRw
— Real Betis Balompié 🌴💚 (@RealBetis) January 29, 2026
El Feyenoord respondió con una ocasión clarísima, pero Pau López se hizo enorme, agrandándose ante Larin para decir presente en la noche de los porteros imposibles. A partir de ese instante, solo hubo un dueño del partido. Fornals alzó la cabeza y Abde acarició el gol, anulado por el VAR, pero el Betis no se detuvo: Deossa recuperó, el Chimy descargó de cara y Antony, en un palmo de césped, clavó la pelota en la escuadra. Gol de los que determinaron el tiempo. Gol que subió Sevilla.
El vendaval no cesó. Abde, incansable, volvió a rozar el segundo; Pau López evitó el empate con reflejos de felino, y cuando el VAR quiso volver a borrar un tanto, el destino se rindió ante tanto coraje: centro de Antony, cabezazo imperial de Abde y 2-0 que hizo temblar La Cartuja. El segundo rugido fue un himno de fe, un estallido de orgullo verdiblanco que se abrazaba al sueño europeo.
El Feyenoord amagó con despertar antes del descanso, pero ni la suerte ni la bandera les acompañaron. Su gol también fue anulado, como si la noche estuviera escrita para el Betis. Con el alma en pie y las piernas exhaustas, los hombres de Pellegrini salieron del vestuario a defensor lo construido a golpe de corazón.
Fueron minutos de resistencia y nervios. Larin y Tengstedt buscaron el milagro, y lo rozaron con el tanto que se acercó el miedo a los ojos béticos. Pero cuando el Feyenoord se volcó, el Betis sacó carácter de campeón: se cerró atrás, metió pierna, respiró al ritmo de su grada y esperó ese pitido que llegó envuelto en gloria.
Cuando sonó la final, los jugadores se desplomaron sobre el césped, entre abrazos y lágrimas. Habían sufrido, sí, pero sobre todo habían creído.
El Betis está en octavos, y Europa ya sabe que este equipo no solo juega —también late.

