Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

Manolo Zúñiga

 

Pasan los años y la muerte, que a nadie perdona, se nos va acercando, nos va acorralando, sin estar preparados para ello cuando es nuestra única certeza. Años atrás, la lejanía de la muerte la convertía en una anécdota, su presencia era para nosotros algo lejano, una compañera de viejos que a veces te sorprendía con esa excepción que dicen siempre que confirma la regla, en forma de un amigo, de un pariente cercano, o de alguien conocido. Hoy, cuando el progresivo divorcio con tu espejo de confianza se limita a reflejar la cruda realidad de tu propio personaje, que vas comprendiendo, perdonando y del que solo tu sentido del humor puede hacerlo llevadero, la muerte empieza a acosarte, no tanto en tu persona, como en muchos de los que te rodean, encogiendo tu circulo de confianza en busca de una soledad cada vez más patente, pues nuevos amigos difícilmente cubren el hueco de lo entrañable.

La sociedad te prepara para una vida incierta, con apoyos y situaciones inciertas, pero nada hace por enfrentarte a una muerte inevitable, ni para la tuya propia ni para la de los seres más queridos, hasta el punto en que, cuando faltan, volvemos a apoyarnos en incertezas de esperanza en lugar de hacerlo en la compañía y presencia real del amigo, del recuerdo más trascendente, o de nuestra propia fortaleza.

Ayer, un nuevo zarpazo de ese implacable personaje se llevo inevitablemente con su güadaña a un ser irremplazable, a un hombre bueno, la mayor credencial de presencia en un supuesto más allá, del que nadie vuelve ni siquiera para dar un mínimo consejo, pero que a muchos la esperanza en tal ilusión parece consolarles.

Compartí con él parte de mi juventud, de excursiones náuticas a Cíes, allá por los años 60, haciendo camping, subiendo al Faro, pescando pulpos, viviendo la naturaleza de una generación sin teléfonos, a la que ningún padre llevaba ni recogía de sitio alguno y que sin embargo era feliz con las pequeñas cosas. Pasados los años volvimos a coincidir en lo profesional, en nuestro mundo de la construcción, él como empresario y yo como técnico, siempre en la confianza de que aquellos contactos de juventud eran una cadena en la certeza de nuestra mutua admiración y amistad. Cumplida la vida laboral, nuestro contacto se intensificó cada vez más en la coincidencia con algo que ya estaba presente entonces y que para ambos siempre ha sido un lugar común, el mar, el mar de Bayona, el mar de Vigo, las Cies, las mañanas en el pantalán, barco con barco haciendo chapuzas, arreglando entuertos, aparejando ilusiones, para ya de vuelta contarnos pequeñas anécdotas de mareante a la vera del patrón mayor, de Lázaro. Si, se nos ha ido Manolo, Manolo Zuñiga, un hombre bueno.

No suelo hacerlo, pero fui a su funeral, en la Colegiata de Bayona, a dar un abrazo a su mujer, a sus hijas, a sus cuñados, a Florita, a darles el pobre consuelo que en una situación así se puede dar desde la impotencia de quien aunque quisiera creer en un mas allá de justicia, tiene la absoluta certeza de que de eso nadie sabe absolutamente nada, ni existe la más mínima evidencia y que las fantasías, aunque pueden resultar consoladoras, a ciencia cierta, no dejan de ser eso, una ilusión.

El templo estaba lleno de amigos de Manolo que lamentábamos sinceramente su pérdida y he de decir que a la triste situación, hube de añadir la rabia, enfado e impotencia que me produjo el individuo que oficiaba el acto que allí se representaba, pues no tuvo la menor misericordia para con el recuerdo de Manolo, para quienes esperaban unas palabras hacia su figura, un consuelo apoyado en su propia valía, ni siquiera, si no lo conocía demasiado, el detalle de enterarse un poco sobre su propia identidad, de su innata bondad, de su ternura, de su hombría de bien, de su generosidad, de la sincera amistad que profesaba y de tantas y tantas cosas que cabe decir de Manolo y de las que cualquiera de los presentes podría haberle hecho una lista interminable.

En su lugar, y aprovechando que la situación le proporcionaba una parroquia nada representativa de su escasa clientela habitual, se dedicó a comentar el evangelio de turno y a echar la consabida bronca al personal por lo pecador, ingrato y desconsiderado que viene a ser el creyente con el creador, en un discurso casposo, lleno de lugares comunes, pobre y sin el menor interés, aunque se tratara de uno de los fragmentos del evangelio de Mateo (25, 40) más interesantes y más acordes con la figura de quien para el oficiante era desconocido, las obras de misericordia.

Paradójicamente, de las siete obras físicas de misericordia, la práctica totalidad de los que se consideran creyentes solo llevan a cabo una con regularidad, la de enterrar a los muertos y en el mejor de los casos la de visitar a los enfermos, pues las otras cinco: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, dar posada al peregrino (a quien no tiene techo), vestir al desnudo y visitar a los presos, no lo hace prácticamente nadie, ni siquiera el tipo que abroncaba a la concurrencia, pues en la puerta de la iglesia, siempre hay “menesterosos” que precisan de comer, beber, abrigarse, de un techo, sin que ni él, que es el más cercano, ni ninguno de los que habitualmente escucha sus monsergas, hagan el menor esfuerzo por esa misericordia que los sepulcros blanqueados utilizan con tanta ligereza e hipocresía, descargando, en el mejor de los casos su conciencia, con unas monedas o mirando hacia otro lado.

¡Que paradoja del destino! Abroncar, desde una insultante suficiencia, a los amigos de un hombre que era la misericordia en estado puro, un hombre bueno, incapaz de desatender las necesidades de los demás; aunque si para aprobar la asignatura angélica es preciso cumplir en misericordia todo lo expuesto, quizá te encuentres ahora Manolo, en una soledad que no deseo para ti, pues yo reconozco que no podría acompañarte ni supongo que tampoco estaría en el haber de la gran mayoría de los que ayer sinceramente lamentábamos tu pérdida.

Amigo Manolo, desde mi más firme agnosticismo que, como bien sabes, sin negar ni afirmar nada, lo único que implica es la certeza de que nada sabemos sobre el particular y por tanto sin que ni la fe, ni creencia alguna, ni ningún dios supuestamente bueno y todopoderoso que permite, sin inmutarse ni mover un dedo, las más absolutas catástrofes y barbaridades me importe lo más mínimo, dejando aparte la extraordinaria y manipulada figura de Jesús de Nazaret, si finalmente hay algo más tras la valla, y algo tiene que ver la bondad con el destino, yo al menos tengo la absoluta certeza de que tu estarás ocupando un lugar de privilegio, el mismo que ocupan mis padres y seguramente los tuyos y tantos otros que han dejado huella de bondad en esta vida.

Manolo, al menos en mi pensamiento, sigues tan vivo y admirado como siempre.

Te sigo queriendo.

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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