Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa

 

 

Nuevamente se abre un periodo electoral y vuelve a la palestra la religión como asignatura. Afortunadamente aquellos viejos tiempos en los que el no profesar la religión católica podía llevarte a la hoguera quedan ya muy lejanos, no tanto como los de la infancia de nuestra generación, en la que las “verdades” de la religión oficial eran tenidas como incuestionables por mas pintorescas, infantiles o fantasiosas que resultasen.

Hoy se discute sobre si la religión ha de formar parte de la enseñanza en un Estado afortunadamente laico, o si se trata de una materia ajena por completo a la formación de nuestros menores salvo para quienes, de forma particular, opten por transmitir tales creencias a los suyos, y si ello ha de tener lugar en las aulas o en las iglesias.

Las religiones nada tienen que ver con la ciencia, ni con el conocimiento científico, filosófico, literario, o de otro cariz de base objetiva. Se trata de subjetividades, de creencias, de elucubraciones que el ser humano ha tejido a lo largo de los siglos, al objeto de encontrarle un sentido a múltiples cuestiones de un más allá por las que se siente temeroso, perdido o desamparado, con la esperanza de encontrar un soporte a sus flaquezas, entramados compuestos siglos atrás, cuando el conocimiento de todo tipo era poco menos que de un primitivismo fuera de lugar en el mundo de hoy, mantenido por quienes viven de ello.

Un Estado laico no se apoya en este tipo de planteamientos, en las creencias, las fantasías o las elucubraciones, sino en la ciencia, el conocimiento y la razón, cuestiones que dar a conocer a nuestros menores en la formación para el transcurso de la vida, siendo el resto puras opciones al desamparo, que corresponden en libertad (no impuestas desde la infancia) íntimamente al individuo que quiera abrazarlas. Así las cosas, la enseñanza de la religión debe ser algo totalmente ajeno a la enseñanza pública, e incluso a aquella que se nutre de fondos públicos, quedando únicamente en la esfera de lo privado y en la voluntad de unos padres, en su responsabilidad o irresponsabilidad, según se mire, en transmitir a sus hijos tales explicaciones. Desgraciadamente en nuestra niñez no había opción y fuimos formados en esa absurda fantasía que algunos hemos puesto en duda y que a través de la libertad y de un mínimo conocimiento histórico-científico, el uso de la razón y el sentido común, hemos tenido la dicha, la clarividencia y el valor de abandonar, pero de la que no pudimos responsabilizar a nuestros padres, pues ninguna otra opción les quedaba, todo lo contrario a lo que hoy ocurre.

El asunto es tan evidente que un par de ejemplos cotidianos pueden aclararlo mejor que cualquier justificación al uso.

Nos encontramos en una clase de “naturales”. El maestro explica a los niños que los conocimientos científicos actuales nos llevan a encontrar en las profundidades de la historia, un hecho trascendental conocido por el “big bang”, acaecido hace unos 14.500 millones de años, el momento en el que se produce una inmensa explosión espacial en un cuerpo sometido a una extraordinaria presión, con una inmensa concentración de materia de una densidad impensable, de manera que al explotar se distribuye en infinitas partículas que se expanden por el universo a lo largo de millones de años, formando las galaxias o concentraciones de millones de estrellas y de ellas los distintos planetas, todos ellos expandiéndose y huyendo de un punto común.

Uno de esos planetas, de los que hay millones en cada galaxia, formado a partir de nuestra estrella, el sol, es la Tierra en que habitamos, formada hace cerca de 5 mil millones de años. A lo largo del tiempo, debido a grandes diferencias de temperaturas, glaciaciones, explosiones internas, plegamientos y demás cataclismos, las reacciones entre distintos elementos en los que se encuentra presente el carbono, fueron creando pequeñas unidades de vida en forma de células primitivas, quienes por distintas combinaciones evolucionaron en cuerpos animados más complejos, para finalmente, en un proceso evolutivo, dar cuerpo a los distintos animales, de los que la mayoría se fueron extinguiendo y los hoy en día conocidos son el resultado de múltiples mutaciones, evoluciones y adaptaciones a un ambiente siempre cambiante.

De una de esas múltiples mutaciones, hace aproximadamente 1,5 millones de años, en el centro de Africa y debido a una enorme deforestación, una raza de primates, ante la escasez de subsistencia en la masa arbórea en la que vivía, decidió extender su ámbito en la búsqueda de la subsistencia, dándose cuenta de que si de cuadrúpedo pasaba a bípedo, podría recorrer más distancias, más rápido y con mayor seguridad, lo que cambió por completo su morfología, evolucionada a lo largo de cientos de miles de años hasta llegar al hombre actual, quien debido al uso de la razón, la inteligencia, el conocimiento, la cultura y sobre todo la libertad, ha podido investigar sobre el particular, y aun cuando dispone de un campo de conocimiento enorme para seguir avanzando, hoy ha podido desterrar gran parte de las supercherías que a lo largo de la historia y desde la ignorancia, se han venido elucubrando sobre el particular.

Tal es así, que cada día va cobrando cada vez mas fuerza, entre la comunidad científica, la idea de que ese universo en expansión puede detenerse y volver atrás en su recorrido, de nuevo hacia ese punto de confluencia, para aglutinarse nuevamente en un punto de extraordinaria densidad y empezar una vez más un ciclo de varios millones de años, cuestiones todas ellas fruto de la investigación y el conocimiento de nuestros mejores científicos, quienes aun ven lejana la explicación definitiva al supuesto origen del mundo que conocemos, anterior a esos 14.500 millones de años atrás, y más aun sobre un supuesto “más allá” del que absolutamente nada sabemos a ciencia cierta.

Pues bien, ante esta sencilla y sintética explicación del devenir del mundo conocido, un alumno puede levantarse y exponerle al profesor que en otra clase le han dicho que el mundo fue creado por un dios formado por tres personas (que no se sabe, a su vez, quien los creó) en siete días, que el hombre fue creado por ese dios, de barro, a su imagen y semejanza, mientras que la mujer lo fue de una costilla de ese hombre (que le arrancaron mientras dormía), que ese dios tenía un ejercito de ángeles (hombres con alas) al mismo tiempo que existía un demonio que también tenía su ejercito y que ambos se enfrentaban en una lucha que aun subsiste.

Días mas tarde, en clase de historia le explicarán que las primeras civilizaciones de que tenemos conocimiento, datan de alrededor de unos 10.000 años antes de Cristo, en distintos lugares del mundo, lugares en los que se produjeron los primeros vestigios de escritura, arte, cultura, y todo tipo de manifestaciones de convivencia que implicaban ya una organización política compleja de defensa, control y colaboración, aun cuando la esperanza de vida, debido a las enfermedades, la higiene o la falta de tecnología, hacía que aquellos seres humanos no tuvieran una vida mas allá de los 50 años en general.

Vuelto el alumno a la clase de las creencias, le explicarán que aquella creación de todo lo conocido (que no evolución), sucedió hace algo más de 5.000 años, creándose todo al mismo tiempo, en una semana, y que entonces los hombres vivían cerca de 1.000 años, y que ese dios aun siendo infinitamente bueno y todopoderoso, les enviaba continuos castigos, de manera que aun hoy permite que mueran millones de personas en catástrofes que nada hace por evitar, que existe un más allá en el que hay un cielo para los buenos y un infierno de fuego para los malos, en el que se condenarán eternamente (al parecer sin quemarse del todo), etc.

Como el asunto no acaba ahí, días después el profesor de biología les explicará que la vida humana se transmite por la unión de un hombre y de una mujer, cuando un espermatozoide aportado por el hombre fecunda un ovulo aportado por una mujer y que en esa necesidad de unión entre hombre y mujer, desde hace pocos años la ciencia ha conseguido que no sea ya imprescindible el contacto físico entre ambos, pues hoy en día una mujer puede ser virgen y gestar por inseminación in vitro, pero siempre que exista un espermatozoide aportado por un hombre, un logro reciente de la ciencia.

El mismo niño volverá a levantarse para exponer que en otra clase le han dicho que hace unos dos mil años, aquel dios envió a su hijo a la Tierra, naciendo de una mujer, sin contacto alguno con ningún hombre, siendo virgen, anunciándoselo, en privado, un señor con alas que decía llamarse arcángel Gabriel (el mismo que, catorce siglos mas tarde, le dictó el Corán a Mahoma) quien mas tarde, en sueños (algo mucho más privado) se lo comunicó al supuesto padre, quien se había pillado un mosqueo enorme, indicándole que todo era cosa de dios, y que ello lo sabemos porque un texto escrito unos 60 años más tarde, supuestamente por Lucas, discípulo de Pablo, quien rompe con la religión judía a quien el hijo de ese dios pertenecía y a quien Pablo no llegó a conocer, así lo asegura, etc.

¿Qué han de hacer los profesores de biología, de naturales o de historia?, ¿Qué han de decirle a ese niño?. ¿Le dirán que su clase es una clase seria en la que no caben las fantasías?, ¿Qué lo que le han contado no es más que una novela de ciencia ficción?, ¿Qué se trata de un sinsentido?. ¿Qué la virginidad no es ningún valor en si?, etc. El niño, si todavía no es tonto, y cada vez lo son menos, le dirá que sus padres, que son mayores, creen en esas cosas, que quieren que también él las crea, e incluso le obligan a profesar tales creencias en la iglesia todos los domingos y que no sabe que hacer ante tantas explicaciones radicalmente distintas, ¡incluso en la propia escuela!, que ¡como sus padres le van a engañar!.

Realmente, ¿alguien puede pensar que con nuestros impuestos hay que facilitar que, desde su ignorancia y apertura de mente hacia todo aquello que se les enseñe, nuestros futuros ciudadanos acaben tragándose tales fantasías “enseñadas” en un colegio público de un Estado laico, en contradicción con las ciencias más avanzadas?

Creo que aquí viene más al caso que nunca aquello de “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

El mundo real, amparado en la razón, el conocimiento y la inteligencia en la escuela y para todos, y la religión, amparada en el deseo, la fantasía y la fe, en las iglesias y para aquellos que decidan hacer de sus hijos (menores de edad) unos creyentes, bajo su absoluta responsabilidad.

Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa.

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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