Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

¿DIGNIDAD O ESTRATEGIA?

 

A veces conviene profundizar un poco en el significado de las palabras, en su contenido básico, con independencia de distintos significados que con el tiempo se le vayan adjudicando, y hacerlo no solo con una escueta definición. Me refiero concretamente ahora al término “dignidad”.
Se trata de la autonomía del ser humano de escoger sus propias respuestas, del que sabe gobernarse a si mismo según sus principios racionales y hacerlo en libertad, de la condición del ciudadano frente al súbdito. Es un producto de la libertad, de la racionalidad, de la autonomía de la voluntad y el propio albedrío, la voluntad y determinación de actuar según los propios principios. Es el derecho que tiene todo ser humano de ser respetado y valorado como ser individual y social con sus caracteres y condiciones particulares, algo que ya en 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos sacralizó al asegurar que “todos los seres humanos son iguales y libres en sus derechos y en su dignidad”. Como todo derecho, no obstante, lleva también implícitos sus propios deberes, como son el asentar esos principios en algo estudiado, valorado, contrastado racionalmente, y asumido como un valor al que nadie debe hacernos renunciar sin nuestro consentimiento.
Ello nos lleva al problema de la militancia y de la sumisión a planteamientos comunes de entidades organizadas, lo cual no es sencillo cuando tales planteamientos nos vienen impuestos, o no son firmes, o bien se van variando en función de otros intereses, estrategias, conveniencias o particulares interpretaciones de las cúpulas, momentos en los que la dignidad nos enfrenta a tomar uno de dos caminos: o la dimisión y el abandono de la organización, o la desobediencia razonada y la lucha por evitar que otros hagan de la ideología primigenia que conformaba la organización de que se trate, su particular credo en detrimento de los verdaderos objetivos.
En este sentido, es evidente que la llamada disciplina de voto es enemiga de la propia dignidad política de cada uno, siendo así que en otros países (más democráticos) tal disciplina no se ejerce, al ser considerada un atropello al individuo, e incluso en la misma España, los tribunales en su jurisprudencia, consideran que el escaño no es del partido, sino del político concreto de que se trate, puesto que si a este se le hurta su capacidad personal de decisión, con estar a lo que decidiesen las cúpulas de cada partido y su matemática de escaños, sobraba la presencia de todos los diputados. El problema, no obstante, es propio no solo de la política, sino también de la religión, de ciertas organizaciones sociales, y en general de todos aquellos movimientos de grupo que la sociedad organice.
Precisamente los debates internos, donde se producen, están para argumentar, contrastar ideas, respetar a las minorías (no anularlas) y actuar en consecuencia. De hecho, tras unas elecciones democráticas, en el Congreso tienen voto y presencia no solo el partido ganador, ocupando todo el arco parlamentario por ello y anulando al resto, sino los distintos partidos que hayan tenido representación, lo mismo que debería tener cabida en los partidos a la hora de actuar, única forma de que no existieran potentes dictaduras internas y de que no hubiera, como ahora y por intereses espurios, la obligación para muchos militantes leales a la ideología del partido, de comerse su dignidad y su libertad en aras de desvíos ideológicos importantes de las cúpulas, en función de estrategias a las que sacrificar sus principios y la voluntad de sus votantes.
La dignidad exige siempre que nuestros principios no se asienten en nosotros por puro seguidismo, sino por firmes convicciones tras análisis contrastados, con el estudio de los contrarios argumentos, con la objetividad y la puesta en duda de nuestras propias querencias, con datos reales, sin fantasías ni entreguismos, solo así podremos ser firmes en nuestros valores, defenderlos sin temor ni recelo, y ser acreedores a nuestra dignidad como un valor a la altura de la libertad.
La diputada socialista por Zaragoza, Susana Sumelzo, acaba de hacer unas manifestaciones, en relación a la posible abstención de su partido en la investidura de Mariano Rajoy en las que asegura que “Algunas en el PSOE optamos por no perder la dignidad, la credibilidad y la coherencia. Hemos adquirido un compromiso claro con los ciudadanos que nada tiene que ver con darle el poder a Mariano Rajoy”. “En todo caso deberían ser los militantes quienes tomasen tal decisión”.
Ante estas declaraciones, muchos dirigentes del PSOE, no solo se oponen a su compañera, sino que proponen castigos de no aceptar ésta la orden del Comité Federal de abstenerse. Son los mismos que ante la decisión del Comité Federal anterior de oponerse a la investidura, optaron, según una vieja tradición socialista, no por desobedecer o combatir internamente las decisiones, sino por llevar a cabo un golpe de estado interno, acabar con aquel Comité Federal, e incluso con su secretario general, elegido por las bases, optando ahora, más por estrategia que por ideología, y condenando a quienes aun a costa de perder presencia en el Congreso, optan por mantenerse fieles a sus principios, a los de sus militantes, a su dignidad como ciudadanos, y a iniciar un nuevo camino de renovación que ilusione a partir de un partido más creíble, en el que las ideas no sean atropelladas por las estrategias de quienes dicen representar la ideología socialista. Como no podía ser de otra forma, el golpe de estado y la estrategia de la abstención provienen de lo más corrupto del partido, del PSOE andaluz, de la mano de Susana Diaz y de Felipe Gonzalez, de quienes han demostrado siempre en su trayectoria política que la dignidad no ha sido nunca para ellos un valor a considerar.
Ni soy socialista ni votante socialista, pero si finalmente tal partido, comandado ahora por indignos golpistas, opta por dar el poder a quienes representan todo lo contrario a sus ideas, a sus planteamientos, a sus propuestas, me parecerá una estafa al electorado.
La situación política que está viviendo España, evidentemente no es deseable. He mantenido y sigo haciéndolo que a la hora de buscar culpables, el primero es una situación legal absolutamente absurda en cuanto a una ley electoral que es incapaz de solucionar estos problemas y que condena al ciudadano, bien a someterse regularmente a nuevas elecciones cada medio año, o a pedirle a ciertos partidos que renuncien a su ideología, a su dignidad, a su coherencia, a su programa y a su credibilidad, ya que si no lo hacen estarán atentando contra el bien del país. El absurdo en grado superlativo.
El segundo culpable, y lo digo ya que no tengo que dorarle la píldora a nadie, ni escapar de las criticas de la sociedad “bien intencionada”, es el pueblo español, un pueblo que sigue siendo cómplice de la corrupción absolutamente implantada durante lustros, sin importarle votar a socialistas en Andalucía o peperos en el resto de España, e incluso por mayoría en ambos ámbitos. Somos el pueblo, más que los partidos, que también, quienes hemos de recapacitar, rectificar y librarnos de esa lacra de la que avergonzarnos, negándole el voto a partidos profundamente corruptos que no hacen otra cosa que sentase en el banquillo de los acusados un día si y otro también, aunque perviviendo con nuestra complicidad.
En tercer lugar, es Mariano Rajoy quien está alargando el proceso indefinidamente, el líder peor valorado por los españoles, que sigue aferrándose al poder, aun cuando de renunciar en bien de cualquier otro compañero que ofrezca mayores garantías a la oposición y pactar ciertas reformas, hubiera conseguido que todo esto no fuera más que un mal recuerdo.
De ahí a culpar al partido socialista, por no darle el poder a todo aquello que ha combatido siempre, exigiéndole que renuncie a su dignidad en aras de una estrategia o de un supuesto bien nacional, me parece un chiste, propio de un pueblo incoherente.
Por otra parte, encontrar en este pais a un periodista independiente que analice estos temas racionalmente, sin una influencia exagerada hacia un lado u otro, es prácticamente imposible. La escena de esta misma mañana, en la que la conocida periodista Pilar Cernuda se indignaba de forma desaforada contra Susana Sumelzo por sus manifestaciones, por no dar ya por terminado todo esto otorgando el poder a Mariano Rajoy, descalificando incluso personalmente a la diputada aragonesa, ridiculizando la dignidad, coherencia y credibilidad que aquella defendía, era poco menos que de vergüenza ajena.
Desde las primeras elecciones hasta hoy han pasado muchas cosas, y en democracia no ocurre nada malo, sino todo lo contrario, si se le pide al pueblo que opine nuevamente, sobre todo cuando se trata de un pueblo que es capaz de llevar a lo más alto al más corrupto, a quien nos ha llevado a la mayor deuda externa de la historia (estamos ya en el 100%), a déficit permanente en nuestros presupuestos, al mayor grado de precariedad laboral, a pulirse la hucha de las pensiones, a menguar la asistencia social y escolar, a contemplar como sistemáticamente nuestros jóvenes abandonan el pais, a ver como toda la infraestructura del partido en el poder se ha levantado a base de la más absoluta corrupción, estando implicados como punta del iceberg, de una forma u otra, cientos o miles de sus dirigentes más significados. ¿Debemos entregar de nuevo el poder a quienes nos han llevado hasta aquí para evitar la incomodidad de que ese pueblo vote de nuevo, tenga la posibilidad de llevar a cabo un nuevo examen de conciencia un poco mas serio ante todo lo ocurrido, y se manifieste de nuevo?.
Si como parece, considerando la “sabiduría política” de nuestro pueblo, ante unas próximas elecciones el partido popular incluso crecería hasta el punto de la mayoría absoluta que, de no conseguirla se la regalaría Ciudadanos, lo que lleva ya varios meses esperando inconfesablemente Rajoy, !adelante!. Comprobaríamos que la corrupción, la mentira, el absoluto endeudamiento, la endeblez de las pensiones y el abandono de nuestros logros sociales, en el fondo no le preocupa demasiado a los españoles por encima de cualquier otro mensaje, siguiendo aquella estúpida filosofía, de pueblos sin dignidad, de preferir lo malo por conocido que lo bueno por conocer, consiguiendo con ello obtener lo que en el fondo nos merecemos. Probablemente el partido socialista bajaría de nuevo, y más tras el golpe de estado (o no…) pero al menos no habría sacrificado su coherencia, su credibilidad, y el compromiso con sus votantes y podría con ello resurgir de sus cenizas con una dignidad que ahora se disponen a sacrificar en aras de nada, ya que tal y como están las cosas, ¿que acuerdos políticos podemos esperar de quienes condenados a pactar cada ley, cada decreto y cada decisión, no han sido capaces de pactar nada en más de un año de supuestas negociaciones?. Aunque no nos guste, no somos un pais de pactos, y el mejor ejemplo es el poco éxito obtenido por Ciudadanos, los únicos que han hecho algo por pactar a base de consensuar programas de gobierno con unos y con otros.
Nuestros partidos políticos son en general un absoluto desastre, pero al menos conservemos su identidad, hagámoslos identificables, que mantengan su supuesta ideología, por lo menos para que si cualquier iluso les vota esperando obtener respuesta a sus inquietudes, no tenga que sacar como consecuencia que lo único coherente es no ir a votar. Y sobre todo no tengamos miedo a volver a votar, ya que de eso se trata en el fondo la democracia, aunque fuerzas extrañas al sistema pretendan lo contrario, y no me refiero a los llamados anti sistema, que también, sino a quienes viven de cine en nuestra corrupta e incipiente democracia de pacotilla, apoyados por la mayor parte de los medios del pais, quienes invariablemente son sostenidos con publicidad, ayudas y servidumbres, muy dependientes de quienes están siempre detrás de todo.
Lo grave, lo auténticamente grave, es que nadie, ni desde la política, ni desde los medios, ni desde la propia sociedad, ha planteado, como la primera labor del nuevo gobierno, el modificar la ley electoral. Muerto el perro, se acabó la rabia… de momento. ¿”Nunca mais”?.

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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