Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

!Hala Celta!

 

Hoy se extiende una campaña en Europa contra el llamado “populismo”, una práctica directamente relacionada con la pura y dura demagogia, que siempre han practicado todos los partidos políticos, pero que hoy, los de siempre, pretenden endilgárselo únicamente a los partidos extremos, ya sean de derechas o de izquierdas, surgidos de la falta de todo lo que de honorable se esperaba de los partidos al uso.
El populismo por tanto no es nada nuevo, sino todo lo contrario, pues enlaza directamente con las causas del nacimiento de casi todos los partidos, sean del signo que sean, en general hartos de aguantar todo tipo de promesas y mentiras que finalmente acaban irremediablemente, pretendiendo lo contrario, en el conocido “progreso” de los de siempre, hoy apoyados por unos y mañana por otros, en definitiva practicado por los mismos perros, aunque con distintos collares.
Lo que suele ser una constante en los populismos es que surgen de “líderes” populistas, de personajes encantadores de serpientes, que a partir de descaradas mentiras, falsas promesas, engaños manifiestos y exaltaciones populares, pero que agradan a pueblos generalmente poco formados políticamente, suelen acertar en la crítica y el diagnostico, pero carecen totalmente de propuestas adecuadas, acaban imponiéndose dictatorialmente en todos los campos que consiguen ir abarcando, con el único propósito de acallar a todo aquel que pudiera hacerle sombra y encumbrar a los que desde su mediocridad no tienen otro horizonte que someterse al “líder”, hambrientos de las migajas que este, generosamente, va dejando caer, al tiempo que adula a un “pueblo soberano” del que en el fondo se carcajea, aunque en la forma magnifica, y solo cuenta con él para todo aquello que no tiene la menor importancia.
Los vigueses, ciudadanos de la más poblada ciudad de Galicia y hasta hace unos años su motor económico, aunque hoy siga perdiendo todos los trenes que pasan por su puerta, sumidos en el lamento permanente (su deporte preferido) y entregados a las chorradas urbanas más descabelladas, caminan de la mano del mayor populista de su historia, quien mejor ha entendido su victimismo, defensor a ultranza de que es mejor el llanto que la idea, la enemistad que el entendimiento, la venganza que el trabajo en común, un personaje que sistemáticamente se vale de la exaltación de la manada, de obsequiarle baratijas y de azuzar sus instintos pueblerinos, a los únicos efectos de ir acumulando cargos que le hagan todopoderoso, desde el de alcalde, presidente del Area Metropolitana, presidente de la Federación de Municipios y Provincias, pretendiente a presidente del PSOE gallego y presidente de la Diputación de Pontevedra, en la figura de su amiga en todo tipo de actos, Carmela Silva, a quien ha colocado también como senadora y algún otro carguete, Abel Caballero.
Siempre se ha dicho que el escudo de la ciudad realmente estaba formado por el Cristo de la Victoria, Caixanova, el Faro de Vigo y el Celta.
Tras haber liquidado todo tipo de entidades locales al uso que, o le eran hostiles, simplemente neutrales, o en las que no pudiera poner su pie sobre ellas, el asalto a las más emblemáticas no podía tardar.
Lo del Cristo de la Victoria estaba chupado para un ex comunista ilustrado, y nada tonto, a quien entregarse una vez al año, hacer confesión de boca, contracción de corazón y propósito de la enmienda, nada le suponía, pues incluso con ello capitanea la procesión sin necesidad de desplazar al crucificado, algo que quizá ya fuese demasiado protagonismo… o no.
La Caja de Ahorros “municipal” de Vigo, una entidad de la que nadie sabe cuando perdió su municipalidad y debido a que causa o circunstancia, más tarde llamada Caixanova, ya no existe, pues ahora se llama Abanca, vendida por cuatro duros a un venezolano, sin que nadie sepa nada, ni pida explicación alguna sobre el destino de su inmenso capital pictórico, entidad que había atesorado la mayor pinacoteca de arte gallego en el mundo, hoy desparecida, olvidada de todos y reclamada por nadie.
Faro de Vigo lleva años entregado al “amado líder”, del que no se publica ni una sola critica en profundidad, al tiempo que se acalla a quienes osan ejercer su libertad de critica y dejar clara la verdadera identidad del personaje (léase mi propio caso, donde en Vigo no tengo cancha en ningún lado, evidentemente porque lo que digo no interesa a nadie…). Ni que decir tiene que lo mismo ocurre con el resto de la prensa local, ya sea escrita, radiofónica, televisiva o digital, pues hoy la publicidad y las ayudas de todo tipo son vitales para el cuarto poder, algo que permite un cierto balanceo en grandes municipios donde existe un mínimo de competencia ideológica, pero impensable en la mayor parte de las ciudades pequeñas o medianas, en las que ejercer la censura resulta mucho más sencillo de lo que aparenta.
Finalmente solo queda el Celta de Vigo, la entidad que concentra el más fuerte sentido de identidad viguesa, el último ocho mil desde donde dominar el mundo.
En Galicia existen dos equipos de fútbol irreconciliables, más que dos clubes, dos sentimientos encontrados, el Deportivo de la Coruña en el norte, que en Vigo representa el poder, la Xunta, y el desprecio a Vigo, y el Celta de Vigo, en el sur, el celtiña. Ambos son equipos que han pasado por épocas gloriosas y por fracasos sonados, aunque hoy ambos se encuentren en primera división.
En el caso del Celta ha habido todo tipo de presidentes, pero quizá el actual sea el más preparado para llevar las riendas de un equipo actual en el que las cualidades de empresario de éxito son fundamentales. Hoy los equipos de fútbol son sociedades anónimas y se rigen como tales por empresarios más o menos eficientes al frente, con consejos de administración que han de velar, tanto por la economía del club, como por formar equipos competitivos que cosechen los éxitos deportivos que quieren los aficionados. En este sentido, el actual presidente del Celta, Carlos Mouriño, un empresario de éxito, de los pocos nacidos en Vigo y que, como otros, ha hecho un capital importante en Mexico, tomó las riendas del equipo cuando este estaba en caída libre hacia segunda división y su economía era tan lamentable que se encontraba a las puertas de la desaparición. Hoy el Celta está jugando una competición europea, se sitúa en la parte alta de la tabla y tiene una economía saneada, una “proeza” en el mundo del fútbol que tiene un claro protagonista: Carlos Mouriño Atanes.
Hoy si una persona puede hacerle sombra en Vigo al “César de Ponteareas”, a quien optó a presidente de la Xunta por La Coruña cosechando el mayor fracaso histórico del PSOE en Galicia, siendo declarado por El Pais el peor ministro de Felipe Gonzalez, quien lo cesó pronto por incapaz, quien tras una larga carrera de fracasos electorales finalmente, por práctica incomparecencia del PP y falsas promesas electorales, obtuvo mayoría en Vigo, es Carlos Mouriño, quien en lugar de mentir permanentemente, engañar a todo el mundo y dedicarse a hacer gilipolleces en la ciudad, ha levantado a altas cotas al Celta, al emblema de los sentimientos ciudadanos de identidad deportiva, a nuestro celtiña.
Caballero lleva ya varios años con esa cruz a la espalda y hasta ahora se había limitado a darle largas, como a tantos otros proyectos en la ciudad, al proyecto de Mouriño de hacer un Celta grande, un Celta que se instalase en la parte alta de la tabla, un Celta para el que había creado un proyecto que precisaba de capitalizarse, de disponer de estadio propio, de una ciudad deportiva donde formar una cantera con perspectivas, donde invertir en deportistas de futuro, de disponer de la infraestructura de los grandes clubes, algo para lo que nunca contó con la ayuda de Abel Caballero, sino todo lo contrario, mucho más interesado en borrar a posibles “enemigos” que en el progreso deportivo e identitario de la ciudad, una ciudad a la que nunca duda en sacrificar si ello le beneficia en sus ambiciones políticas, aunque puertas afuera siempre sostenga lo contrario.
Algunos, conocedores de como se las gasta el dictador local, teníamos clarísimo que el proyecto Mouriño, la ciudad deportiva, nunca obtendría permiso de Caballero, como tampoco la venta del estadio municipal de Balaidos al Celta (demasiado éxito para Mouriño).
Harto el presidente céltico de tanta hipocresía, de tanta mentira y de tanta negativa a colaborar, dispuesto a tirar la toalla o a marcarse el farol de llegar a hacerlo, anuncia primero la venta del club, o de sus acciones (es mayoritario), a un grupo chino, o bien la materialización de la ciudad deportiva en el municipio limítrofe de Mos, e incluso la construcción de un nuevo estadio para el Celta en ese municipio (50 millones de euros). Ante tamaño “insulto” a la ciudad, el “Maduro” local, a través de su podio mediático, el Faro de “Vigo”, con sede en el municipio limítrofe de Redondela, pone el grito en el cielo y saca a pasear su más rancio y casposo localismo populista, anunciando una numantina resistencia, tanto a la venta del Celta, como a su traslado a otro municipio: “El Celta es de Vigo, no lo permitiré” “El estadio es municipal, de todos los vigueses”, cuando nadie pretende que el Celta, al igual que el Faro, dejen de serlo, aunque se ubiquen en municipios lindantes, como el propio aeropuerto, o la universidad, vigueses ambos, aunque a caballo con el municipio de Mos, o la ria de Vigo, compartida con ocho municipios.
La verdadera realidad es que su enfrentamiento con Carlos Mouriño, realmente con el Celta (la única entidad que le faltaba), se debe exclusivamente a su concepción de mangoneo del poder, a no verse rodeado más que de mediocres, de nadie con un mínimo de valía, algo a lo que tiene auténtico pavor.
En Vigo, desde que este personaje ocupa la alcaldía, nadie ha conseguido llevar a cabo ni una sola obra trascendente o simplemente importante para la ciudad, quedando solo en el proyecto cuantos intentos ha habido hasta ahora, ni el Corte Inglés, ni Citroen, ni Ikea, ni ningún otro centro comercial de los muchos que lo han intentado, ni el propio puerto, ni la zona franca. NADIE, ni el mismo Caballero que, ante la ingenuidad y simpleza de tantos vigueses, ha prometido obras hasta la saciedad y únicamente se ha limitado a plagar la ciudad de horteradas y cambio de pavimentos en las aceras, sin llevar a cabo ni uno solo de sus faraónicos planteamientos, aparte de cargarse el Plan General de la ciudad, quien no recuperará en muchos años su planeamiento ni sus autenticas posibilidades de liderazgo.
El Celta necesita adquirir el estadio y está dispuesto a hacerlo, un estadio del que es su único usuario desde siempre, que produce unos gastos a la ciudad que no tienen porque asumir los vigueses, un estadio que las distintas corporaciones han dejado envejecer, sin gastarse un duro en su mantenimiento, cuando siendo municipal estaba en sus manos el hacerlo, un estadio del que ninguna ventaja sacamos los vigueses y que de su venta a nuestro celtiña (tiene el dinero contante y sonante para ello), bien podía aprovecharse Vigo para inversiones necesarias que la ciudad precisa.
Balaidos solo sirve para jugar al fútbol y eso solo puede hacerlo, con el aforo con que cuenta el estadio, un solo equipo en toda la provincia: el Celta.
¿Que sentido tiene empeñarse en su titularidad municipal si solo le vale al Celta y este, por una vez en la vida, tiene el dinero para comprarlo?. ¿Que hará el municipio con Balaidos si el Celta se va con la música a otra parte?. ¿El lamento, su deporte favorito?. El Español, de Barcelona, se ha ido a Cornellá, aunque sigue siendo un equipo vinculado a Barcelona. Si finalmente el Celta decide dar el paso y proyectar una gran ciudad deportiva con su propio estadio en Mos, ¿que hará el gran dictador con Balaidos? ¿se lo comerá con patatas después de poner a llorar a los vigueses contándoles lo malo que ha sido Mouriño con Vigo? ¿seguirán estos aplaudiéndole con las orejas? ¿parirá mas dinosetitos (hijos de un “dinoseto” o seto en forma de dinosaurio) para compensar a tanto bobo? ¿pondrá otro barcarrón en medio de otra plaza? ¿hará otra rotonda hortera, envidia de Nueva York?, incapaz de parir nada importante para la ciudad, ¿acabará cerrando los accesos al nuevo hospital para fastidiar a Nuñez Feijoo?.
La última (ni un día sin su afán), amenazarnos con un gran Belén en la ciudad, “un gran fenómeno cultural”, según el pintoresco y patético personaje.
Antiguamente quien se “topase” con la Iglesia, por mucho poder que pretendiera tener, estaba acabado. ¿Tendrá hoy el fútbol tamaño poder para que la osadía del dictador local le lleve finalmente a su tumba política?
Si así fuera y por el bien de Vigo, de la recuperación de sus instituciones y del despertar de una sociedad embobecida, gloria eterna al deporte rey.
Los populismos no son patrimonio de los nuevos partidos, como pretenden los de siempre, sino de peligrosos personajes que anteponen su ambición a todo lo demás, mintiendo descaradamente y apoyándose en la ingenuidad de tantos que solo ven en ellos el norte de sus propias frustraciones. El populista no le cuenta a su pueblo, al que considera menor de edad, lo que este debe saber, sino solo lo que quiere escuchar, aquello que lo entontezca, lo que le evite preocupaciones, aun a costa de su desgracia y en único beneficio de su propia ambición política. La auténtica corrupción politica es la de quienes sustraen a sus ciudadanos su capacidad de reacción, de análisis, de conocimiento, de participación, de opinión, de tomar decisiones, de conocer las circunstancias de todo aquello que les atañe, en definitiva de alejar al pueblo del verdadero poder, de la democracia real, de la libertad.
!Hala Celta!

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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