Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

Soberbia, hipocresía, caspa e intolerancia

Hace unos días, al término de la Mobile World Congress Barcelona 2017, alguien aseguraba que los progresos de la ciencia y la tecnología, aplicados a las comunicaciones, están haciendo que en menos de veinte años podamos llegar a conseguir objetivos que ni siquiera hoy nos planteamos.
De la mano de la libertad, el progreso y la investigación, la ciencia está avanzando lo que no hizo en muchos siglos. La Reforma en su momento, la Revolución francesa, la industrial, el liberalismo y el ocaso de los absolutismos, han hecho del mundo occidental un foco de progreso y desarrollo donde, desde la libertad, el hombre ha avanzado hacia nuevos conocimientos a una velocidad y aceleración inimaginada.
Hoy no se concibe el progreso sin la investigación, sin la libertad de poder cuestionarlo todo, poniendo patas arriba cualquier “verdad” acuñada impositivamente como certeza indudable. Hoy, afortunadamente, nada es definitivo. La vieja escuela ya no sirve a las nuevas generaciones, las creencias están siendo gratamente sustituidas por la apuesta en desarrollar la inteligencia, ya sea personal o colectiva, la investigación, y la puesta en marcha de nuevas “verdades” que seguramente habrán de ser sustituidas en el tiempo por otras, más acordes a cada momento y circunstancia. Hoy la escuela ya no se entiende, en los países mas avanzados en la materia, como un ejercicio de memorización de materias obsoletas, donde el alumno ha de aprender, sin el más mínimo interés en la materia, cuestiones que ni le aportan nada, ni le motivan en absoluto, creencias u opiniones firmemente asentadas, y todo ello a base de confeccionar, además, unos deberes absurdos en sus ratos libres.
Hoy la formación del individuo pasa por despertar en él el interés por las cosas, por aprehender, por hacerle atractiva la investigación, por hacer que descubran por si mismos aquello que más les habrá de ayudar en su desarrollo posterior, deshaciendo mitos, creencias, tabúes, axiomas y certezas que habrán de asentar por si mismos en una actitud puramente cartesiana, para que finalmente sea su trabajo interno y su propia investigación y curiosidad la que les lleve al conocimiento.
Paralelamente al desarrollo del Congreso citado, tenían lugar, también en España, varias polémicas relacionadas precisamente con todo lo contrario al espíritu de la muestra, en la que este tipo de formación a la que aludía anteriormente daba sus principales frutos, en forma de progresos al servicio del ser humano cada vez más admirables. La noche y el día.
En Canarias tenía lugar su famoso carnaval, con la Gala Drag Queen como concurso ya consolidado de clásico espectáculo grotesco, pues no otra cosa son las fiestas carnavalescas previas a la cuaresma (adiós a la carne), donde la permisividad, el descontrol y lo pagano en honor a alegres dioses de la abundancia, con orígenes en la antigua Sumeria, y que datan de hace más de 5.000 años, daban rienda suelta a todo tipo de abandono corporal, ya practicado por los griegos en sus dionisias o por los romanos en sus bacanales, pues se trata de una fiesta popular de carácter lúdico, donde la permisividad siempre ha sido su más preciado valor, aupado no solo por todo tipo de vestimentas burlescas, sino incluso desde el anonimato de cualquier máscara o careta, al objeto de ejercer plásticamente una crítica bufona y desenfadada.
En puridad, el espectáculo del grupo vencedor en el concurso, guste o no, reunía todas las esencias propias del carnaval: hombres disfrazados de exageradas mujeres que apoyaban su espectáculo transformando en una fiesta desenfadada lo que la sociedad más seria y circunspecta acuñaba como más inamovible, con un resultado rompedor de gusto dispar, pero provocador en el más puro estilo carnavalesco.
La Iglesia católica que todo lo que vende se limita a martirios, tristezas, sangre, torturas y en general todo tipo de desagradables situaciones aplicadas, usualmente, a personajes de lo más siniestro, incapaces de sostener mas alegría que la pacata de sus aleluyas infantiles, no ha entendido nunca critica alguna, ni seriamente, ni menos en clave de humor, pues todo lo suyo lo considera sagrado, dando al término un significado de absoluta intolerancia, confundiendo la sátira con la falta de respeto, pues incluso, al parecer, el autor de la sátira no solo es católico, sino que siente respeto hacia los planteamientos de esa religión que por otro lado practica, lo que, a su juicio, no le impide desdramatizar las figuras principales de su credo, haciendo honor a aquello tan cierto como que el verdadero humor es reírse de uno mismo y de lo que más quiere, algo que quienes no tienen el más mínimo sentido del humor, nunca llegarán a entender, y menos tras tantos siglos quemando personas por hechos infinitamente menores a los expuestos, o exponiendo en sus iglesias a santos propios masacrando infieles, pecadores quemándose eternamente, mofándose de judios o condenando a la mujer a labores puramente serviles. Son millones los ciudadanos del mundo que no creen para nada en sus “sagradas” figuras y, en libertad, para nada ha de escandalizarles que las crean tan sagradas como al pobre de la puerta de la iglesia, del que se pasa de largo, al que la inmensa mayoría de creyentes desprecian diariamente, tras asistir fervorosamente a los oficios religiosos.
Casi al mismo tiempo, en Madrid, y como reacción a unos textos en los que se contenía el mensaje de que la consideración sexual de cada uno dependía más de la libertad de sentimiento que de sus propias características físicas, una asociación católica sacaba a la calle un autobús en el que se afirmaba que si un niño tenía pene era masculino y si una niña tenía bulba era femenina, con un “que no te engañen” como corolario, todo ello apoyado en declaraciones en las que se aseguraba que el sexo era algo que venía asignado (por Dios, por supuesto) y que el hombre no era nadie para cambiarlo, lo que se apoyaba en la razón física de que el hombre que nace con pene, aunque se sienta mentalmente mujer, su estructura corporal interna seguirá siendo la de un hombre, por muchas operaciones de trasplantes que pueda llegar a materializar, pues podrá implantarse senos artificiales e incluso una bulba, pero nunca podrá ovular, como misión propia de la mujer, lo cual es cierto.
Aquí, por otra parte, no obstante, nos encontramos con el dilema sobre si la sexualidad está en los genes o en el cerebro y si la sociedad moderna ha de considerarlo así. Por un lado la Organización Mundial de la Salud considera al transexual, no como enfermo, sino como anómalo, es decir, no normal, ya que lo normal es que el hombre con pene se considere masculino y la mujer con bulba se considere femenina. Por otra parte la consideración de anormal no presupone, o no debe presuponer, desconsideración alguna, pérdida de derechos, ni merecimiento de persecución, descrédito o pecado, como siempre ha mantenido la Iglesia a lo largo de los siglos y siguen manteniendo sus practicantes más fundamentalistas.
Si nos ceñimos al significado de la palabra masculino, la mayoría de los diccionarios lo consideran como “aquel que tiene órganos para fecundar”, mientras que femenino es “quien los tiene para ser fecundada”, de manera que semánticamente la condición depende de la capacidad de producir espermatozoides o bien óvulos y, en ese sentido, tienen razón en la forma los fundamentalistas del autobús, pero el verdadero problema no está simplemente en la forma, sino en el fondo de la cuestión, en la intolerancia hacia el sentimiento contrario al sexo físico del individuo y hacia la voluntad de negarle a quien lo sufre por así sentirse, todo tipo de derechos dependientes de su propia voluntad de sentimiento, algo que la sociedad ha aceptado ya en su gran mayoría. Valga como ejemplo una actriz de todos conocida, y que aunque nació como Manolo, todos conocemos y admitimos su trato como Bibiana, quien en todos los sentidos propios de sociedad y convivencia actual, es tenida como tal, como una auténtica mujer que ha tenido que luchar duramente en su vida contra todo tipo de intolerancias, trabas y desprecios por aquellos inmovilistas que aun no han comprendido que es mucho mas fuerte y respetable la libertad de cada uno, que las pretendidas imposiciones venidas de supuestos designios divinos.
Finalmente y quizá a cuento de lo anterior, ha vuelto a salir a la palestra el asunto del matrimonio y la familia, y otra vez con ello los intolerantes de siempre, que para amparar su intolerancia vuelven a escudarse en la semántica, han sacado a pasear su fundamentalismo. Aquí digamos que la sociedad civil ha dado un paso recientemente, que aun no ha dado en el asunto del sexo tratado anteriormente, pues hoy se considera oficialmente como matrimonio la “unión de dos personas mediante determinados ritos o formalidades legales y que es reconocida por la ley como familia”, mientras que para la Iglesia el matrimonio sigue siendo unión entre un hombre y una mujer, consagrada por sus estamentos oficiales, única unión capacitada para ser considerada como familia. ¿A quien perjudica que cada uno viva la familia como la sienta…?
Desafortunadamente, la Iglesia aun no ha comprendido que “gracias a Dios” vivimos en otros tiempos de libertad y de preparación, cultura y respeto hacia los pensamientos propios de cada uno, que ellos ya no son los árbitros de todo por designio divino, ni los encargados de adoctrinar y entontecer a la juventud, de amenazar permanentemente con el pecado, de capitalizar las fantasías más absurdas y de que todo lo suyo tenga que estar por encima de cualquier otra consideración, como ha ocurrido trágicamente con tantas generaciones, entre las que me cuento.
Hoy la sociedad, en general, le pide a la Iglesia, a todas las iglesias, que se retiren a sus cuarteles, que ejerzan su libertad sin salpicar y que dejen tranquila a la sociedad civil, absteniéndose de imposiciones, de aleccionamientos, de contarles batallas a los niños sobre absurdas fantasías, milagros y cuentos ancestrales que no resisten el más mínimo análisis racional, pero que a determinadas edades causan profundas huellas, que pueden marcar de por vida a aquellos que no han alcanzado un mínimo de raciocinio, como para atreverse a vivir por si mismos sus propias experiencias, su formación en libertad y sus propias consideraciones sin someterse al chantaje del miedo, la descalificación, la condena, o la propia exclusión social.
Aparquen su soberbia, preocúpense de sus asuntos, dejen a la gente vivir en libertad, que cada uno decida ejercer en sociedad el papel al que se siente llamado, que conviva con quien quiera con independencia de imposiciones y olvídense de una vez de darnos lecciones, que la sociedad en general les ha perdonado y no les pide responsabilidades sobre tantos siglos de quemar a inocentes, de someterlos a martirio y de torturarlos por no comulgar con sus creencias. Afortunadamente para ustedes, las reivindicaciones de justicia histórica se han quedado en la política.
Si, señor obispo de Las Palmas, son infinitamente más importantes las vidas truncadas y el dolor de las familias de cientos de fallecidos en el accidente aéreo, que un cristo o una virgen disfrazados de lagarterana, y si usted no lo entiende así, es que ni siquiera entiende nada de su propia religión, aunque cuando crea en un dios infinitamente bueno y todopoderoso que consiente y se inhibe ante la tortura que supone la muerte por hambre de miles y miles de niños subsaharianos en brazos de sus padres, angustiados, desesperados, impotentes ante la más absoluta pobreza y la falta de alimentos, sin que desde su pretendida omnipotencia y bondad infinita tenga la decencia de mover un dedo por evitarlo, lo que haría cualquier ciudadano de tener esas supuestas capacidades, mientras en las casas de los sepulcros blanqueados, esos casposos hipócritas que le jalean sus manifestaciones, se dan gracias al señor por los alimentos recibidos… ¿Que ha de agradecer ese niño, y a quien?.
Yo no se si existe un dios, de hecho nadie lo sabe, pero que ese no es… seguro.

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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