Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

El Poder y la inteligencia

 

Generalmente, las palabras suelen tener más de una sola acepción y significado, de tal manera que una definición no es más que el acercamiento, con sus matices, al verdadero significado de tales palabras, de ahí que el acuñar definiciones, suele ser un claro ejercicio de actividad intelectiva.
En ese camino, la Real Academia Española de la Lengua, aun cuando la voz más autorizada en la materia, no siempre da en el clavo más atinadamente a la hora de llegar con mayor capacidad de comprensión a la definición de cualquier palabra, concepto o idea.
Uno de los conceptos sobre los que más intensamente se ha tratado a la hora de dar una explicación comprensible sobre su significado, tantas veces confundido con otros conceptos más menos pretendidamente similares, es el de “inteligencia”. Veamos algunas de las definiciones que se han ido dando sobre el particular por distintos organismos, autores, o simplemente estudiosos en la materia, comenzando por su significado etimológico: Intus (entre) – legare (leer), o elección de las mejores opciones para resolver una cuestión. Quien sabe elegir sabiamente.
“Facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad”.
“Capacidad de pensar, entender, razonar, asimilar, elaborar información y emplear el uso de la lógica”.
“Capacidad para entender, comprender y resolver problemas”.
“Capacidad de razonar, planear, resolver problemas, pensar de manera abstracta, comprender ideas, lenguajes y aprender”.
“Habilidad de comprender ideas complejas, adaptarse eficazmente al entorno, aprender de la experiencia, encontrar varias formas de razonar y superar obstáculos a través de la reflexión.”
“Capacidad de elegir entre varias posibilidades, aquella opción más acertada para la resolución de un problema, mientras que la sabiduría reside en una acumulación de conocimientos, pasando la inteligencia al ejercicio del mejor uso de tales conocimientos.”
“Capacidad de mejor resolución de nuestras necesidades, aprovechando nuestros conocimientos”.
De estas siete definiciones, podemos extraer toda una serie de elementos comunes que no habrán de variar en gran manera, aunque de muchas otras definiciones dispusiéramos.
Se trata pues de un proceso mental complejo, de utilización de la lógica, la reflexión, la razón y el pensamiento abstracto, que requiere un cierto conocimiento de aquello a lo que hayamos de aplicarla, un entendimiento de las distintas opciones, su valoración aplicada a lo concreto, y la consiguiente toma de decisión al objeto de encontrar la solución idónea en cada momento y circunstancia. Simplificando mucho el concepto, podríamos asegurar que el inteligente es el que sabe sobrevivir en las peores circunstancias, con independencia de valoración ética o moral alguna, ya que la inteligencia nada tiene que ver, ni con la ética ni con la moral. Ello también implica un cierto grado de madurez, experiencia, conocimientos y objetividad, lo que no suele manifestarse a edades demasiado tempranas, en las que, por otra parte, pueden intuirse tendencias claras hacia dicha virtud en un futuro más o menos inmediato.
Según determinados conocimientos científicos, al parecer, en nuestro cerebro se hallan ubicados en distintos lugares, las diferentes misiones, actitudes y aptitudes que rigen nuestras decisiones, características, virtudes, defectos y en general aquello que condiciona nuestra personalidad. Tal es así que en el hemisferio izquierdo se ubica el lenguaje, la escritura, la solución a problemas lógicos, el pensamiento analítico y racional, la certeza, la memoria, el control, el considerar únicamente válido lo contrastable y demostrable a través de hechos irrefutables y datos medibles, la organización, el orden, lo estructurado y planificado, las leyes, las reglas, los protocolos, etc., mientras que en el derecho reside la composición espacial, manual, deportiva, de dibujo, la fantasía, el sentimiento, lo inmaterial y espiritual. La inteligencia, no obstante, precisa para su proceso, de un equilibrio de actividades y aptitudes entre ambos hemisferios, de manera que si tal equilibrio no se produce, la capacidad objetiva de pensamiento abstracto, de objetividad y de la aplicación de la lógica, la reflexión y la razón, se verán mediatizados en favor de la pura subjetividad condicionada por las inclinaciones propias del hemisferio que lo desequilibre.
En función de ello, existen al parecer dos corrientes de pensamiento en cuanto al uso de la inteligencia. Por un lado, la que pudiéramos considerar como inteligencia general o unitaria, aplicada a la práctica totalidad de las cuestiones a considerar, que requiere de seres bien equilibrados y objetivos, y por otro, la inteligencia aplicada simplemente a determinados campos exclusivamente, lo que nos lleva a contemplar a seres que utilizan procesos intelectivos para determinadas materias y prescinden de ellos en el resto de las causas que les rodean, en general individuos no muy equilibrados (la mayoría), o condicionados por la falta de alguna o de la mayoría de las condiciones apuntadas para desarrollar el proceso intelectivo, bien por falta de conocimientos, por cerrazón fanática, encasillados en una idea para la que no admiten contraste, por falta de objetividad, de reflexión, o del uso de la razón, de manera que un personaje sumamente inteligente en determinadas materias, pueda ser un absoluto cenutrio en otras, algo que sorprende enormemente, pero que depende bien de sus propias aptitudes, o en general por actitudes derivadas de su propia voluntad.
Al parecer y según los estudiosos sobre el particular, se han clasificado 12 tipos de inteligencia especifica, que dependen en gran manera, bien de una tendencia natural o aprendida, a través de la estimulación del estudio, la formación, la educación, la enseñanza o el conocimiento, siendo estas las siguientes: lingüística, lógico-matemática, espacial, musical, corporal-cinestésica, intrapersonal, interpersonal, emocional, naturalista, existencial, creativa y colaborativa.
En el sentido apuntado, todos conocemos personajes enormemente inteligentes en la práctica de determinadas características propias de un hemisferio concreto, y ausentes de la mayoría de las propias del otro hemisferio, ya sea en el terreno deportivo, político, religioso o artístico (derecho), sin el menor sentido en cuanto a la lógica, a lo racional, a las certezas, a lo legal (izquierdo). Valgan como ejemplos el de Maradona en lo deportivo, Trump en lo político, cualquiera de los miles de santos en lo religioso, o de los innumerables grandes artistas enloquecidos. Al mismo tiempo, y cambiando lo cambiable, también podríamos citar claros ejemplos de personajes de suma inteligencia en lo económico, lo literario, lo científico, incapaces de empatizar, de tener la mínima sensibilidad artística, o de practicar algún deporte con un mínimo de coordinación, equilibrio y destreza.
Lo que no cabe la menor duda es que la verdadera inteligencia reside en quienes atesoran las virtudes apuntadas para ambos hemisferios en proporciones equilibradas, lo cual suele no residir en mayor medida en personajes famosos o conocidos por su inteligencia aplicada, ya que ello es más propio de aquellos en los que predomina con mayor claridad, alguna de las características propias de un hemisferio concreto, y sobre todo cuando esa inteligencia se limita a ser aplicada con gran intensidad en una virtud concreta por encima de todas las demás, personajes que curiosamente son alabados sobremanera por buena parte de una sociedad que, apoyada en su admiración, pretende ver en tal personaje un dechado de virtudes aplicadas a todos sus actos, algo que suele ser clara manifestación de aquellos en los que la inteligencia general no ha hecho acto de presencia todavía y quizá no lo haga nunca, lo que puede ser comprensible en niños y jóvenes hasta ciertas edades, pero muy preocupante en adultos, supuestamente ya formados. En este caso, el ejemplo de Maradona y sus seguidores es claramente ilustrativo, al igual que el de ciertos lideres políticos o religiosos.
Así las cosas, la inteligencia tiene una parte importante de origen genético y otra de cultivo, de educación, de práctica de análisis desde la objetividad, la razón, el conocimiento, pero también de la empatía, la generosidad, el sentimiento, un camino absolutamente opuesto al de las creencias, los adoctrinamientos, los prejuicios, las intolerancias, subjetividades, el cultivo insistente de la competitividad, el egoísmo, la desconfianza y el resentimiento.
La pregunta puede ser entonces: ¿Pretende nuestra sociedad la formación de ciudadanos inteligentes multifuncionales, o bien simplemente cultiva determinadas inteligencias aplicadas, controladas a partir del cultivo de ciertas barreras que neutralicen mayores desarrollos?. La respuesta, si analizamos todos los planes de estudios de nuestras pretéritas generaciones, el apoyo a la pervivencia de las creencias, el fomento del deporte encauzado exclusivamente hacia la competición, el respaldo social hacia las manifestaciones de inteligencias netamente superfluas, la caricatura de la política a la que todos sus “responsables” se ha aplicado, el modelo social de “educación” que se propone, y la banalización del esfuerzo, la razón, el conocimiento científico y todo aquello que ayuda al cultivo de la verdadera inteligencia, la respuesta, repito, es evidente.
Al Poder, a los inteligentes en materia política, social, económica o religiosa, no solo no les interesa la inteligencia en el más amplio sentido de la palabra, sino todo lo contrario, la consideran su auténtica bestia negra, virtudes de individuos en extinción, generalmente solitarios, a los que conviene evitar, de ahí que resulta ya prácticamente imposible encontrar a ninguno en esas distintas áreas de poder, donde prolifera la más absoluta mediocridad, aderezada con un mínimo de inteligentes sectoriales, en general en materias poco significativas, banales, o en el mejor de los casos, perfectamente controlables, controlados y para nada independientes.

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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