Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

Islas Cíes

Confieso ser un enamorado irredento de las islas Cíes, lugar al que acudo con cierta regularidad a lo largo de todo el año y del que, modestamente, me declaro conocedor de su geografía, su historia y sus vicisitudes en mayor medida de la que pueda tener incluso sobre mi lugar de residencia, de nacimiento, o de convivencia diaria, de ahí que ante el protagonismo que hoy vuelven a tener en la ya aburrida batalla constante entre el alcalde de Vigo y la Xunta de Galicia, me permito precisar algunas consideraciones históricas sobre tan paradisíaco lugar.
Para ello voy a utilizar un artículo que escribí en 2010 para la revista del puerto de Vigo “Viento en popa”, una revista extraordinaria, con mucho la mejor y más documentada de entre las que editan en España las distintas autoridades portuarias, creada en la época en la que presidía el puerto Corina Porro y enterrada inexplicablemente con la llegada de su sucesor, incapaz de ver la inversión que tal revista suponía para el progreso del puerto, confundiéndola con un gasto, a su entender innecesario, como prueba una vez más, de la desgracia que en general suele tener la ciudad de Vigo con sus gobernantes o responsables de sus principales instituciones. El artículo forma parte del contenido del número 1 de tal publicación, acompañando al texto un reportaje fotográfico de una calidad pocas veces contemplada, como divulgación de las islas.
“Creo de rigor comenzar por agradecer la labor de investigación llevada a cabo por los pocos estudiosos que nos han dejado testimonio escrito de las islas, de su controvertida historia y de sus particularidades, de los que quiero destacar a Juan Miguel González-Alemparte Fernández (Crónicas históricas de las islas Cíes: De mitos, ermitaños, piratas y mar por medio) un boucense, doctor en Historia, a quien debemos el documento de referencia como libro de cabecera de todos los que amamos las islas, Xavier Luaces Anca y Cristina Toscano Novella (Illas Cíes), Estanislao Fernández de la Cigoña (Islas Cíes: historia, etnografía, geografía, flora y fauna), Pedro Diaz Alvarez (Las islas de los Dioses), Ramón Patiño (Historia de las Islas Cíes) y muchos otros que con su dedicación a las islas, nos han facilitado el modesto trabajo que aquí les ofrecemos en el que reproducimos parte de sus aportaciones. Valga mi reconocimiento.
Comenzaremos por decir que las islas Cíes (Monte Agudo o Norte, Faro o de Enmedio, y San Martiño o Sur) forman parte del ámbito territorial del Ayuntamiento de Vigo desde 1840, que son de titularidad de la Xunta de Galicia desde 1984 y que desde julio de 2002, a iniciativa del Parlamento de Galicia, forman parte del Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Islas Atlánticas, junto a Sálvora, Ons y Cortegada.
Su actual nombre de Cíes, viene de Siccae al tratarse de islas secas, áridas, estériles, desoladas (la actual e impuesta vegetación arbórea data únicamente de hace no mas de 60 años), posteriormente Sias, Cicas, y finalmente, perdiendo su seseo original, castellanizadas como Cíes en el siglo XIX, aunque también fueron conocidas como islas de Bayona, de los Dioses y erróneamente confundidas con las llamadas Casitérides, a las que los romanos acudían en busca del estaño.
Si nos retrotraemos a la Edad de Piedra, y considerando que el nivel de las aguas ha sufrido grandes variaciones a lo largo de la historia, nos encontramos con momentos de glaciación (hace 18.000 años) en los que el nivel mencionado estaba unos 120 metros por debajo del actual. Así las cosas, las actuales islas no eran más que un monte como continuación de la sierra de la Groba que casi cerraba el valle fluvial que hoy es la ría de Vigo (actualmente con unos 50 metros de profundidad), siguiendo por Ons, Sálvora y la costa norte, de manera que el mar se encontraba a unos kilómetros de la ladera oeste de las islas y estas no eran más que tierra adentro.
Ya superado el tramo final de la Edad del Bronce, aproximadamente alrededor del año 1000 a.C. y, por supuesto ya como islas, encontramos el primer asentamiento humano en ellas.
Tras el paso de fenicios, griegos y romanos, poco fiable nos queda para la crónica histórica, salvo el mito de las Casitérides, el hallazgo de restos marinos y poco más.
Es en el año 911 cuando aparece un primer documento constatable sobre algo relacionado con las islas, concretamente la donación otorgada por Ordoño II, rey de Galicia, a favor de la Catedral de Santiago y de su obispo Sisnando I. A partir de ahí las referencias a piratas musulmanes y vikingos se multiplican, lo que origina el primer despoblamiento de las islas, hasta entonces pobladas por pocas familias.
Es entre los siglos XI y XII cuando se establecen los primeros eremitorios, principalmente el antiguo monasterio de San Esteban, cerca de la actual playa de Rodas, al pie del camino al Faro.
En 1228 Alfonso IX de León hace donación de la isla de San Martín (sur) al maese Pedro, con la condición de que a su muerte revierta en el monasterio de Oia, quien posteriormente dispondría del trabajo de varios colonos en la isla, e incluso autorizaba la pesca a los marineros de Bayona a cambio de un determinado número de merluzas.
Pasado el año 1300, los frailes de Oia cedieron la isla a la orden franciscana para que fundasen allí un convento de mendicantes, habiéndose erigido, al parecer, un monasterio para religiosas. Todo ello parece dar certeza a que por aquel entonces tanto la isla de en medio, como la sur, disponían de asentamientos religiosos de difícil supervivencia, debido a la constante rapiña de todo tipo de piratas que surcaban estos mares en esa época, especialmente franceses e ingleses.
En 1565 tiene lugar un sonado pleito ante la Audiencia de Galicia, entre el Concejo de Bayona, que era jurisdicción propia del Rey, y el poderoso arzobispo de Santiago, como señor de la villa de Cangas, por la pertenencia de las Cíes, que finalmente se decantaría a favor de Bayona, municipio que para asentar su propiedad mandó construir una horca (símbolo de autoridad) que más tarde sería retirada por gente de Cangas, municipio que sigue ostentando su poder jurisdiccional a efectos religiosos.
Entre los siglos XVI y XVIII la presencia de piratas, corsarios y armadas enemigas, ingleses y berberiscos del norte de África, principalmente debido a la falta de protección armada en la zona, fue constante en las islas Cicas o de Bayona, al amparo de obtener un formidable refugio, caza y agua, utilizando las islas de base para sus correrías por los pueblos cercanos, condenándolas de nuevo al despoblamiento.
El 6 de octubre de 1585, la escuadra inglesa al mando de Drake, fondea en Cíes, frustrando el estado del mar su ataque a Bayona, entonces el principal emplazamiento en la ría. Cerca de 4 años mas tarde, concretamente el 29 de junio de 1589, después de fracasar en su intento de tomar Lisboa, Drake, de nuevo desde Cíes, ataca esta vez Vigo, saqueándola por completo, quemando iglesias y monasterios y llevándose las campanas.
Firmada la paz con ingleses y holandeses en 1609, estos dejaron el lugar a los piratas berberiscos, momento en el que se inicia una tímida defensa costera por parte de Bayona, con vigilancia en las playas de Panjón y Sayanes, los lugares habituales de desembarco de piratas, así como la creación de puestos de vigilancia, “fachos”, desde donde mediante hogueras se avisaba a la población de la presencia de naves sospechosas. Por aquel entonces, las islas Cíes eran el lugar ideal para toda flota del atlántico, ya que disponían de abundante caza, mucha agua, playas seguras a cubierto del mar y de los vientos y pueblos desprotegidos en las costas cercanas, donde abastecerse.
En el siglo XVII se había fortificado tímidamente la villa de Vigo, con una endeble muralla y dos torres en lo alto, siendo entonces cuando se abre el debate sobre la protección de las costas y la dotación de guardacostas permanente, con fortificaciones en las islas, lo que finalmente no tendría lugar, aun a pesar de la desastrosa experiencia de la batalla de Rande de 1702, cuyas consecuencias únicamente movieron a la vigilancia por mar de grupos de marineros de la zona.
En el siglo XVIII desaparece la piratería clásica, pasando a ser las islas la base de las distintas armadas que navegan por la zona, sobre todo ingleses, pensándose de nuevo en la conveniencia de levantar un arsenal para la marina en las islas, de lo que únicamente quedó el almacén de artillería construido en 1810 sobre el antiguo monasterio de San Esteban, donde finalmente un destacamento de artilleros pasó a vigilar más el contrabando que otra cosa. Es entonces cuando comienzan a desplazarse hasta nuestras costas los llamados “fomentadores de la pesca” de origen catalán, quienes transforman el sector, gracias a una tecnología mas competitiva, convirtiendo a gran parte de los marineros gallegos en asalariados y asentándose paulatinamente, ocupando principalmente el barrio del Arenal en Vigo, propiciando una etapa de bonanza económica allá por la década iniciada en 1830.
Cuando se establecieron los municipios de “nueva planta”, las Cíes se asignaron primero al ayuntamiento de Bayona, que contaba con el apoyo de la Diputación, no sin preocupación por parte de la Corporación bayonesa, quien manifestaba lo siguiente, refiriéndose a sus habitantes: “… si se les deja en abandono compondrán una sociedad brutal y se desmoralizarán, olvidando las leyes que contienen y sujetan los crímenes, por lo que procede nombrar al más hábil, más juicioso y más prudente por Juez Pedáneo, que les servirá de fiscal y secundará las ordenes de la municipalidad”.
Comunicada la decisión al ayuntamiento de Vigo, este, ignorando las competencias de la Diputación a la que no reconocía de buen grado, ya que aun no se apagaran las suspicacias derivadas del pleito por la capitalizad, se dirige directamente a la regente Mª Cristina para que dejase la resolución sin efecto, alegando que desde hacía ya tiempo era este municipio el que se había encargado de ciertas inversiones en las islas, de su cuidado y su explotación, salvamento y defensa. Finalmente y tras todo tipo de recursos y contra recursos, entre Bayona y Vigo, la reina Mª Cristina promulga la Real Orden de 20 de julio de 1840 en la que declara que las mencionadas islas Síes están comprendidas en la jurisdicción y términos del Ayuntamiento de Vigo.
Ello propicia que se establezcan dos factorías en Cíes, una en la isla norte, entre la playa de Rodas y la de Figueiras (actual restaurante) para D. Francisco Gil, fomentador y empresario de la pesca de salazón, y otra en la isla sur, actualmente en ruinas, para D. Ramón Buch, vecino del Arenal, por una pensión anual de 29 reales. De esta factoría, escribía el cronista vigués Taboada Leal lo siguiente: “En la isla sur, se ha construido recientemente una gran fábrica de sardina de la propiedad de un vecino de este puerto, con un almacén que se haya provisto de toda clase de comestibles, vinos del país y otros artículos, y además un estanco de tabacos, de que pueden aprovisionarse no solo las lanchas que se ejercitan en la pesca, sino también las otras embarcaciones que cruzan por aquel rumbo”. Ramón Buch Díaz, oriundo de Calella, era miembro de la alta burguesía local y prototipo de personaje romántico y revolucionario de la época isabelina, convirtiéndose en líder del sector Progresista del liberalismo, elegido Diputado provincial y Alcalde de Vigo en 1843, cediendo la fabrica entonces a otro catalán, Juan Martí, a quien el gobierno moderado nombraría Alcalde de Bouzas. Finalmente, esta fabrica y ya en 1900, habría de quedar reducida a almacén, al no poder competir con las fábricas de conservas, para finalmente ser abandonada, al igual que la situada en la isla norte, sobre cuyos restos hoy se levanta un restaurante de temporada que, por cierto, no contribuye para nada a potenciar la belleza de la isla.
Los industriales buscaban situar sus fabricas en los puntos mas avanzados de las rías y en las islas para así sustraerse de la vigilancia del resguardo de la sal, e introducir, sin casi riesgos, la sal portuguesa de contrabando, a precios bastante más bajos de los que imponía la administración española. También servían las islas para embarcar desde allí a los mozos, que de forma ilegal, para evitar servir en quintas, tomaban los grandes vapores con destino a América.
Por otra parte, en el primer tercio del siglo XIX confluyen una serie de circunstancias favorables que pondrán las bases del futuro poblamiento de las islas Cíes. En primer término, España, convertida en una potencia de muy segundo orden en el concierto internacional y casi sin armada, deja de constituir una amenaza para la pujante Gran Bretaña, inaugurándose una larga relación de paz; por otra parte, desaparece para siempre la temida amenaza de la piratería en estos mares y, por último, se desmilitarizan definitivamente las islas, una vez liquidadas las guerras napoleónicas. Es en esta época, en la que el cultivo de la tierra y la pesca cercana, siempre bajo unas condiciones ambientales poco favorables, propician una nueva repoblación de las islas.
El Ayuntamiento de Vigo, en visita llevada a cabo en 1850 hace una descripción de las islas en las que se dice que carecen de toda clase de arbolado, no obstante, en 1854, el estudioso tudense Avila y Lacueva, al referirse a la isla sur, señala que era muy propia para dar frutos y tenía agua dulce y buenos pastos. Ya en otra visita efectuada en 1867, desde el Ayuntamiento de Vigo, se dice que allí residían 56 personas pertenecientes a 16 familias, que se encontraban en un estado tal de abandono, “viviendo y muriendo como beduinos y musulmanes, que hasta lo preciso para salvarse ignoran”. Posteriormente, en 1883, otro informe del historiador José de Santiago, incide en que apenas hay cultivo ni vegetación, con alguna raquítica higuera y pequeñas porciones de tierra en que se cultivan patatas para los escasos colonos que la habitan.
Precisamente en cuanto al número de habitantes, de hecho, de las islas, la mayor población se establece en 1888, con 56 personas (19 en la isla sur y el resto en la del Faro), bajando hasta 26 en 1910 y volviendo a subir hasta 42 en 1930, para ya ir bajando hasta 1 en 1996 y los 0 actuales, si a habitantes permanentes nos referimos, ya que en época estival, son varios los que residen en la isla del Faro, 0 en la norte y 1 en la sur. Curiosamente, el mayor número de viviendas se produjo en 1991, año en el que no residía nadie en las islas, aunque ya la afluencia de gente en los veranos era evidente. La decadencia poblacional tiene lugar entre 1960 y 1970 cuando el “desarrollismo” económico franquista, aumenta el empleo en los sectores de la industria y los servicios, generando un mayor nivel de vida y una migración interna del campo a la ciudad, siendo Vigo uno de los casos de crecimiento urbano más significativos en toda Europa.
La mayoría de los varones establecidos en las islas eran conocidos más por sus motes que por su verdadero nombre. El “Realista”, el “Chuco” (Francisco Pena Sotelo, isleño asentado en el promontorio sobre la playa, hoy conocida por “la del Chuco”, donde tenía una tienda-tasca absolutamente heterogénea), el “Amiguiño”, el “Cañabarro”, el “Pelado”, “O Coxo” (personaje de leyenda, propietario del merendero “La isleña”), el “Pichoucho”, etc. Fue precisamente este último, el “Pichoucho” (Antonio Sotelo Herbello), el último morador de las islas, en donde había nacido en 1931, subsistiendo en una chavola de madera construida por él, al lado del restaurante, viviendo de la pesca, el marisco y de una pequeña huerta donde cultivaba patatas y verduras abonadas con erizos, canjeando con los turistas (entre los que me cuento) marisco por tabaco o alguna otra necesidad. Curiosamente, antes de pasar a ser el único habitante de las islas, convivió (es un decir, ya que no se hablaban, lo que puedo atestiguar) con su hermano Benedicto y familia, guarda de la isla y propietario de otra de las tascas que funcionaban como negocio de temporada.
En 1961, al cumplirse el 25 aniversario de la llegada de Franco al poder, en un tiempo record de 37 días, una brigada compuesta por los mejores profesionales de las empresas constructoras, “Obrascon” y “Granitos de Galicia”, levantaron un obelisco de 21 m. de altura, como monumento a los 330 “caídos” vigueses del bando nacional, en el Campo de Granada, obra del escultor Piñeiro, del arquitecto municipal Emilio Bugallo y de los talleres metalúrgicos Alfredo Iglesias, monumento que inauguraría el propio Franco, desplazado al efecto a bordo del yate “Azor”, ceremonia, como no, bendecida por el conocido obispo Fray José López Ortiz, con las siguiente inscripción en su cara norte: “Español: en piedra noble como la perennidad de su ejemplo, los pontevedreses rinden esta homenaje a Francisco Franco Bahamonde. Nos devolvió la Patria. Con su invencible espada modeló una España nueva. Su mano llegó a lugares como este, siempre olvidados. Une tu corazón al nuestro en gratitud al caudillo de España”. En la pared sur, bajo un “víctor” con el familiar acróstico de Cristo Rey, se inscribió: “Al Caudillo de España, Francisco Franco Bahamonde, en el XXV aniversario de su glorioso mandato. La provincia de Pontevedra”.
A mediados del año 2008, cuarenta y siete años después, y en ejecución de la llamada “ley de la memoria histórica”, el Ministerio de Medio Ambiente, en vísperas de ceder su jurisdicción sobre tal hito histórico a la Xunta de Galicia, derribaría finalmente el monumento. Ante tal hecho, Juan Miguel González-Alemparte, el historiador experto en las islas, con quien estoy totalmente de acuerdo, criticó tal derribo en base al siguiente argumento: ”La historia no debe ocultarse nunca, ya que así corremos el riesgo de manipularla, aunque sea por simple omisión”.
Hoy, una polémica absurda vuelve a salpicar a las islas Cíes.
Por un lado el alcalde de Vigo, impulsando la declaración de las islas Cíes como Patrimonio de la Humanidad, a través de varios actos propagandísticos, pero sin haber iniciado tramitación alguna al respecto, y por otro, la Xunta de Galicia, tratando de llegar al mismo destino, pero incluyendo en la pretendida declaración al resto de las islas que conforman el Parque Nacional Islas Atlánticas, como son Ons, Salvora y Cortegada, pero habiendo presentado ya la documentación correspondiente en la institución europea que tramita la posible declaración.
La guerra está servida con actitudes y argumentos más o menos chungos, por uno u otro bando.
El demagogo, localista y populista Abel Caballero, pretendiendo una vez más enfrentar a los vigueses con la Xunta y dejar fuera de la distinción a todo aquello que no sea “Vigo”, se opone a que la Xunta haya plasmado tal solicitud, amenazando ahora con presentar otra solicitud paralela, pero solo en beneficio de las Islas Cíes, al entender que el resto de las islas no merecen tal mención, lo que parece una barbaridad, aunque no le falte razón en esto último, pues de lejos las Islas Cíes atesoran por si mismas unas virtudes de todo tipo de las que carecen el resto de las islas que conforman el Parque Natural.
Por parte de la Xunta, se justifica su pretensión en que en nada daña a Vigo su solicitud, pues de ser considerado Patrimonio de la Humanidad el Parque Islas Atlánticas, también lo serían las islas Cíes, pero consiguiendo con ello que fuera todo el Parque el incluido, y no solamente las islas de la ria de Vigo, algo que parece también lógico, pero para nada la manera en que se ha procedido a su solicitud, de espaldas a la ciudad y sin contar con nadie, algo por otra parte, en alguna manera entendible, si se considera la sempiterna actitud del mandatario local de oponerse, por sistema, a todo aquello que pueda proponer la Xunta y que afecte de alguna manera a Vigo, aunque sea bueno para Vigo y aunque con ello se beneficie también a Galicia.
Afortunadamente, las islas Cíes están y han estado siempre, por sin mismas, muy por encima de todo tipo de políticos buscando protagonismos inmerecidos, y sean de Cangas, de Bayona, de Vigo, de la Xunta, o Patrimonio de la Humanidad, los que las vivimos sabemos que son de la mar, del viento, de la bruma, las olas, la arena, las rocas, de un norte ventoso, un poniente rompedor y de un sur de temporal, o de tantos que frente a sus costas pensamos y pensaron que era su barco su tesoro, su dios la libertad, su ley la fuerza y el viento y su única patria la mar, de nadie más.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

Lo más leído