Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

El punto de no retorno

 

Desafortunadamente nunca, a través de la razón, se alcanza a convencer a quien ha asentado una creencia por el camino del sentimiento, se trate de lo más absurdo y aunque se apoye en fantasías, mentiras o suposiciones, siempre que ello contribuya en quien va dirigido, a aumentar su seguridad, su identidad, su justificación, su pertenencia a la tribu o su satisfacción.
Esto es perfectamente aplicable no solo a la religión, el ejemplo más evidente, sino a la política, al deporte, a la pertenencia social y en general a todo aquello que en la vida incita al sentimiento, un sentimiento absolutamente manipulable, sobre todo en edad temprana donde tantos padres, ajenos al respeto y la consideración debida al desarrollo de sus hijos en libertad, pretenden, con las mejores intenciones, hacerles la continuación, no solo de sus frustraciones, sino de sus trayectorias, aficiones, gustos, creencias e intolerancias, asentando en ellos sentimientos ajenos a su propio devenir mental en cuanto a enfrentarse con todo aquello que les rodea, de tal manera que tales hijos llegarán a la edad adulta ya aleccionados, sin capacidad de cuestionarse nada de lo grabado a fuego por sus padres, maestros, compañeros o cuidadores, en sus futuros comportamientos.
Se antepone el sentimiento manipulado al conocimiento objetivo, inculcándoles absurdas, caducas, frustrantes, o inverosímiles creencias, en lugar de ofrecerles datos objetivos contrastados sobre los que elaborar, en uso de su libertad, a través de la razón, de su inteligencia y de su libre voluntad, su propio criterio cambiante en función de la adquisición de nuevos conocimientos, según se vayan poniendo en cuestión los anteriormente adquiridos y aprehendidos, la base incuestionable de la formación, de la sabiduría y de la libertad, lo que hace digno y grande al individuo, lo que le aleja de la mediocridad, tan propia de las mayorías aleccionadas en uno u otro sentido.
Existen estudios en los que se refleja claramente el que hasta unos 7 años, el niño se empapa en todo aquello en lo que se le alecciona, haciéndolo suyo en mayor o menor medida, en función de la influencia que los suyos hayan tenido en su aleccionamiento, al igual que si de un tatuaje se tratara, difícil de abandonar para el resto de su vida, sobre todo en cuanto a usos y costumbres. Entre los 7 y los 14 años, se produce algo similar, pero no ya con los usos y costumbres, sino con los conocimientos, mientras que entre los 14 y los 21, la manipulación tiene más que ver con las actuaciones y manifestaciones. También según estos estudios, a partir de esos 21 ya difícilmente se producen grandes cambios, agotándose paulatinamente el proceso intelectivo que puede llevar a modificaciones sustanciales en el individuo, de ahí la importancia que tiene la educación desde muy temprana edad, ofreciendo al niño usos y costumbres que nada tengan que ver con creencias, aficiones y convencimientos subjetivos que solo a sus mayores pertenecen, sino aquellos que mejor ayuden a su desarrollo posterior en libertad y a través de su propia trayectoria intelectual, ofreciéndole datos y conocimientos objetivos que habrán de conducir a actuaciones y manifestaciones más sabias y mejor resueltas intelectualmente.
Viene ello a cuento, en este caso, para ser aplicado a la llamada cuestión catalana, un problema ya secular y siempre mal atajado por unos “padres” que nunca lo han sabido reconducir y cuyas consecuencias sufrimos ahora, próximos a llegar a un punto de no retorno.
A propósito de ello, decía Manuel Azaña, quizá el político más preclaro de nuestra segunda república: “Nuestro pueblo está condenado a que, con monarquía o con república, en paz o en guerra, bajo un régimen unitario o autonómico, la cuestión catalana perdure, como un manantial de perturbaciones, de discordias apasionadas, de injusticias…”.
No olvidemos que con la república ya se proclamó la independencia de Cataluña, algo sofocado por la legalidad de entonces aplicada por las fuerzas “represoras” de la propia república. Con la dictadura del general Franco, el asunto vivió un letargo de 40 años, por razones obvias, y ahora con la monarquía, volvemos a las andadas, por las mismas o similares razones por las que con la república llegaron a lo que se pretende evitar a partir del próximo 1 de octubre, aunque ahora quizá con mayor peligro de perpetuar el problema en el largo plazo, y con la espada de Damocles de sufrir un hipotético renacer del ya conocido terrorismo catalán en la figura de Terra Lliure.
Si a los efectos de reconducir el planteamiento a partir de lo expuesto al principio, consideramos como la figura del “padre” al Estado español, conducido por unos partidos políticos que se han ido alternado en el poder en estos últimos 40 años, habremos de partir de una Constitución que, por las circunstancias políticas del momento, se vio abocada a prescindir del Estado unitario, como habíamos sido hasta entonces y como era y sigue siendo nuestra vecina Francia, para inventarnos el macro engendro del Estado de las Autonomías, con la idea incluso de “ir profundizando” en tal planteamiento, de manera que tal profundización fue paulatinamente en aumento en función de las distintas necesidades de alianzas que iban teniendo los dos partidos que se repartieron el poder en estos 8 lustros, cediendo sistemáticamente en todo aquello que se les iba planteando, desde la ley electoral hasta la transferencia de la mayor parte de las atribuciones que son propias de un Estado que se precie, un Estado que entre lo cedido a las autonomías y lo cedido a Europa, casi es preciso ver con lupa las atribuciones que le restan.
En cuarenta años de cesión de la educación y de una imposición ya generalizada del idioma catalán en todos los ordenes de la vida, se ha ido materializando una visión de España como la del invasor, desde un falseamiento sistemático de la historia y de una intolerancia identitaria de tal calibre, que ha llevado incluso a la prohibición de actuar con nombres de comercios en español, al tiempo que ello no era de aplicación para cualquier razón social en el idioma que fuese, con una presidenta del parlamento catalán que arenga en público a las masas al grito de que el enemigo es España.
Hoy, el “proces” está liderado por la CUP, un grupo antisistema que ha conseguido poner firmes a la antiguamente poderosa, y hoy casi extinta Convergencia, una vez desaparecida Unió, que hace lo propio con los de Esquerra republicana y que tiene en la oposición al antes fuerte partido socialista catalán, a Ciudadanos, catalanes renegados y evidentemente al PP, la encarnación del fascismo, del demonio y de Madrid, en Cataluña.
Pero, ¿quienes son la CUP?. Aquí hay que volver al principio del artículo. Son el resultado de la dejadez a lo largo de 40 años de nuestros partidos tradicionales y su ambición por conseguir alianzas de poder, pactando lo que sea y sacando de ello el mayor provecho, sin pensar ni importarles lo más mínimo que con ello estaban alimentando al dragón. En la niñez les han ido inculcando usos y costumbres estrictamente catalanas en oposición a todo lo que oliera a español, en la adolescencia les han inculcado conocimientos de una falsedad asombrosa, magnificando todo lo catalán y apagando hasta la penumbra cualquier referencia en positivo a España, para ya en la juventud hacerlos activistas de todo aquello que tendiera a la independencia, y todo desde el sentimiento, desde el fanatismo que exalta aquellas supuestas virtudes patrias ante quienes con su intolerancia pretenden ahogar ese sentimiento identitario que les pertenece. Si a ello unimos que Zapatero estaba dispuesto a aprobar el “Estatut” dijese lo que dijese, en un acto de entreguismo lamentable y Rajoy lo recurrió al Constitucional para cargárselo, en otro acto de intolerancia similar, con las repercusiones que de ello se derivan hacia la tribu, el problema está servido. Si además en lugar de atajar el problema desde hace ya tiempo, desde el momento en que se planteo en serio el asunto, e incluso se fijó una fecha, se ha dejado llegar hasta donde actualmente se encuentra, el punto de no retorno es evidente, pues no se puede ser blando y duro al mismo tiempo y, esperar con ello, que te toman en serio.
Se hará un referéndum, pues a un pueblo lanzado a la calle con tal propósito, y con tanto tiempo tomando carrerilla, no lo para nadie, aun a pesar del papelón que a destiempo se le encarga a nuestras fuerzas del orden, condenadas a luchar, en una guerra incruenta, quijotesca de desprestigio contra molinos de viento, y ello urbi et orbe, ante un mundo expectante que no acaba de entender como se puede negar una votación en un estado democrático.
Otra cosa es que el referéndum no dispone de garantía democrática alguna, pues al ser ilegal habrá una gran parte de la población que no acudirá a votar (quizá la mayoría), ni se han constituido las mesas legalmente, ni las listas, ni los colegios electorales, ni los interventores, ni se sabe nada de las urnas, aunque ya circula la noticia de que se colocarán en el interior de las iglesias, abiertas en domingo y donde la gente acudirá sin que puedan intervenir las fuerzas del orden público (la iglesia siempre al sol que más calienta, aunque habrá que ver que tal calienta en el resto de España). Finalmente el resultado no será representativo de nada más que para contrastar que de los que votaron (ilegales), la inmensa mayoría ha votado si a la independencia, con lo que el problema se acrecentará, en contra de la filosofía del inútil que rige el gobierno de todos los españoles, que se cree que las cosas se arreglan dejando que pase el tiempo, actúen los tribunales, las fuerzas del orden, se profundice en la herida, se vean los toros desde la barrera y no se lleve a cabo negociación política alguna al respecto (la esencia de la política), y así nos va.
Nunca, a través de la razón, se alcanza a convencer a quien ha asentado una creencia por el camino del sentimiento.

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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