Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

Un gallardete inquietante

 

A veces, multitud de objetos que nos rodean, que nos son propios o cercanos, pasan ante nuestros ojos sin que nos detengamos a indagar sobre su significado, su origen o el porqué de signos, formas, colores, texturas, etc.
Mi afición al mar, en mi juventud, me llevó primero a cortas navegaciones por la ria, el remo, la vela, y finalmente al estudio de la carrera de náutica, en aquella escuela de La Coruña tan bien equipada y con tan buenos profesores, como ejemplo de lo que fué la única carrera que en aquellos tiempos del tardo franquismo dependía, no del Ministerio de Educación y Ciencia, sino del Ministerio de Comercio (la joya de la corona). Mas tarde vendría la mili por la Armada, concretamente en el “glorioso” crucero Canarias, donde entre otras peripecias, viví directamente la tragedia de la marea negra del petrolero noruego Polycommander en la ria viguesa, para tener el posterior “honor” de ser la última promoción, como marinero, en nuestro buque insignia como tal, honor que posteriormente pasaría al porta helicópteros Dédalo, años antes del triste, poco honroso y definitivo desguace del Canarias. Ya abandonada la náutica como profesión y discurriendo mi vida profesional por otros derroteros, la afición al mar y a la navegación, permanecía intacta, y de ahí vino el apuntarme al Monte Real Club Internacional de Yates de Bayona (así se llamaba entonces), allá por el verano del 73, siendo presidente Carlos Zulueta y secretario Fernando Alonso Amat.
De entonces a hoy, he pasado por varias etapas en mi vida de contacto con el mar, algunos barcos, algunas regatas, el cruce del Atlántico a vela con mi amigo Lázaro Larzabal en su flamante North Wind 47, donde él pescaba, yo cocinaba y ambos filosofábamos sobre el rumbo al que la vida nos lleva, la claridad de la noche en el medio del océano, el silencio de las encalmadas, el frio de los rociones nocturnos, el fuerte silbido de las ventiscas, los bonitos, la dorada atlántica, los peces voladores, la fragata portuguesa, las ballenas, la soledad, el marmitako, y siempre, al mirar al cielo con el mástil de por medio y en una de sus crucetas, la grímpola del club, el gallardete triangular con cola roja y una cruz también roja sobre fondo blanco en cabeza, pero, ¿que significaba aquello?, ¿cual sería su origen?, ¿porqué esos colores y esa extraña cruz?.
Pasaron los años y cuando ahora, desde el Captain Morgan, mi anciano barco de madera, esa antigua goleta mediterránea, hoy desaparejada pero calma navegante de nuestras aguas, miro también al cielo nocturno en una noche de verano, fondeado en Cies, y vuelvo a ver la grímpola, me vienen a la memoria aquellas inquietudes de búsqueda del porqué de su significado. Y como cuando ocurre algo así, no puedo resistirme a investigar sobre el particular, he decidido poner rumbo a tal puerto de destino, en la esperanza de romper el nudo.
Zarpar, fue comentar a mis compañeros de Junta sobre su conocimiento del particular, sin éxito alguno, al igual que con los empleados del club. La primera en la frente, zarpamos en medio de una densa niebla.
La segunda singladura fue el tratar de sumergirme en las actas del Club, desde su fundación, para ver si ahí encontraba el rumbo correcto que me llevase a mi destino. Seguimos navegando, a través de una espesa niebla que no parece remitir.
El Club nace en 1964 con el nombre de Erizana Yachting Club Internacional y tiene su primera Junta Rectora el 20 de junio, siendo presidente D. Ricardo Valeiras de Tierra, acompañado de una Junta compuesta por una larga lista de los personajes más significativos de la sociedad viguesa.
El 2 de septiembre de 1964, en una 2ª junta, se nombra Presidente de Honor al “invicto caudillo, con el afán de que permanentemente su ejemplo nos sirva de estímulo” y al mismo tiempo se nombra Socio de Honor nº 1, con carácter vitalicio, a D. Manuel Fraga Iribarne, y nº 2 a D. Pio Cabanillas Gallas. Empezamos bien…
Con los años, el club va cambiando de nombre, pasando por el de Yachting Club Internacional de Bayona, por el de Monte Real Club Internacional de Yachting Bayona la Real, el de Monte Real Club Internacional de Yates, hasta el actual de Monte Real Club de Yates de Bayona (MRCYB), pero de su grímpola, ni flores, salvo una mención a otra grímpola que no debió tener demasiado éxito (nadie recuerda nada sobre el particular) acordada en sesión de 24 de marzo de 1965 y elegida entre otras en la que se hace mención de que la Junta pide que el color de fondo, de azul pase a rojo, y conservar !la carabela! como distintivo, pero estilizándola y simplificando su velamen. Evidentemente estamos en otros derroteros.
El 18 de diciembre de 1967 se aprueban en Junta los primeros Estatutos y Reglamento del Club, documento en el que es posible que sí figurase algo sobre el particular, pero desgraciadamente de tales documentos no queda constancia alguna de su tenor literal, al parecer debido a un incendio que poco después tuvo lugar en las instalaciones, y con el que se quemaron bastantes documentos y material de la administración. Desde entonces a hoy, por esa vía, nada más que destacar.
¿Estaré en el triángulo de las Bermudas?. Habra que buscar otra ruta.
El secreto tiene que estar en la cruz…
De momento y por ahí parece que la niebla se va disipando, pero me temo que estamos entrando en mares de difíciles rumbos. Viento, fuerte marejada y extrañas circunstancias que complican la navegación.
Se trata de la llamada “cruz patada”, o cruz de brazos iguales, que tiene más anchas sus patas y se va estrechando hacia el centro, concretamente de color rojo (gules) sobre fondo blanco (pureza y castidad): la cruz de los Templarios. La cruz que llevaban en su velamen los Pinzones y Colón en su primera expedición, pero también la cruz de los masones, la cruz Paté que abre sus extremos a los 4 puntos cardinales, se abre al mundo, al universo, la cruz de las 4 estaciones, de los 4 elementos, los 4 evangelistas y los 4 puntos cardinales, la cruz de los Iluminati.
Ahí empezamos a liarla. Se acerca la tormenta.
Estamos en los últimos 10 años de la dictadura y para Franco los masones eran su bestia negra, el anhelo jamás conseguido, años en los que cualquier signo debía quedar en el secreto, tanto de su significado como de su autor. Para eso no había dictablanda.
De Templarios y masones, y sin aclarar demasiadas cosas, se ha escrito hasta la saciedad, y sería absurdo ahora el adentrarnos de cabeza en ese mar de los sargazos. No obstante, si convienen unos apuntes para ponernos en materia, aun sabiendo que todo lo que se diga no suele tener un apoyo sólido, pero al menos discutible.
La Orden del Temple (Orden de los Pobres Caballeros de Cristo), nace oficialmente en 1129, ya desde su inicio con el manto blanco y la cruz roja patada al frente, con el lema: “No a nosotros, oh señor, no a nosotros, sino a tu nombre, da gloria”, siendo su misión principal la de guardianes del Templo de Jerusalén, protectores de los peregrinos a Tierras Santas. A lo largo de los siglos acumulan un poder enorme y grandes riquezas, hasta que, oficialmente en 1312, y por influencia y persecución de Felipe IV de Francia y a través del Papa Clemente V, son laminados.
Por aquel entonces, los Templarios poseían grandes propiedades entre las que estaba el puerto de La Rochelle, donde en el momento de las detenciones en masa, disponían de una flota de 13 barcos que salen al Atlántico con rumbo desconocido y nunca más hallados. Hay quien piensa que a Escocia y quien, a una ruta por ellos harto conocida, al otro lado del Atlántico…
Aquí empieza la leyenda, la realidad, lo oculto, la sucesión de su legado, o quizá la mayor verdad ignorada de nuestra historia, una sucesión que habrían de tomar en sus manos los masones y, en paralelo, la Compañía de Jesús.
Entramos en mares en los que no hay cartas náuticas que nos garanticen un rumbo seguro, ni si nos encontraremos con monstruos desconocidos, sirenas, grandes ballenas asesinas o piratas de tibia y calavera (otro signo de origen curioso).
Los Templarios, participantes en la mayor parte de las Cruzadas y como guardianes del Templo, se les supone depositarios, no solo de grandes riquezas, sino de secretos geográficos de hondo contenido, en un momento de la historia en el que Europa, sumida en una oscuridad científica, de conocimiento y de libertades, que explotaba una Iglesia plenipotenciaria y recelosa de todo conocimiento científico, impedía. Entre tales conocimientos estaba el saber de los griegos, no solo de la redondez de la Tierra, sino de su diámetro muy aproximado, de las navegaciones por el atlántico de fenicios, árabes y egipcios (la probada teoría de Thor Heyerdal), y aunque no conocieran los viajes de los vikingos a Groenlandia unos doscientos años antes, si sabían de todas las historias de tierras al oeste, más allá de los mares, en las que había plata en abundancia, mineral que luego acapararon, con base en su puerto de la Rochelle, misteriosamente, aun siendo prácticamente inexistente en Europa.
Siguiendo con el argumento legendario o no, los Templarios eran ya conocedores de tierras americanas, e incluso disponían de cartas (musulmanas y mallorquinas) sobre sus rutas y calas de desembarco, material que finalmente había llegado en la corona portuguesa y con el que ésta recalaría más tarde en los archipiélagos de Madeira (1420), Azores y Cabo Verde (1445). Tales conocimientos pasarían posteriormente a manos de los masones portugueses, escoceses y mallorquines, así como a través de la Corona de Aragón, a la compañía de Jesús (el actual Papa luce esa cruz con cierta asiduidad).
A partir de ahí, nos vamos aproximando al entrar en juego la figura de Cristobal Colón, el enigmático personaje que apadrina como propio media Europa y que, como no podía ser menos, pero con sólidos argumentos, también optamos los gallegos a partir de los estudios de tres personajes como son Celso García de la Riega, Modesto Manuel Doval y Alfonso Philippot, quien va más allá e identifica al navegante con Pedro Madruga, no sin razones de peso (ver museo al efecto en Poio).
Al igual que con el asunto templario y masón, la figura de Colón da para aburrirnos, pero lo que aquí nos tiene es el seguir navegando por las procelosas aguas de la medio fantasía o verdad.
Nos encontramos con un Colón (posiblemente también masón) con acceso a la corona portuguesa, a su Corte y a sus archivos de la mano, al parecer, de influyentes masones quienes le facilitan todo tipo de información, que finalmente hace suya cuando el rey portugués le niega su financiación para la expedición que tenía entre ceja y ceja, cuando casado en Madeira, oía todo tipo de historias sobre la existencia de otras tierras y localizaba en sus costas restos de troncos y plantas caribeñas que allí recalaban. Con la información templaria (cartas de navegación) a través de la masonería y sus propios conocimientos y evidencias, obtiene al fin de la Corte castellana el permiso para zarpar de la mano de los Pinzones (masones), quienes enarbolan la cruz patada en su velamen, como salvoconducto que les habría de abrir las puertas ante unos indios americanos, que conocían ya de tiempo atrás a los hombres de hierro con las velas cruzadas y que curiosamente, cuando llegaron no se extrañaron, al parecer, lo más mínimo, ni de los barcos ni de las cruces.
De momento, y sin llegar a puerto todavía, hasta aquí lo navegado.
¿Cual puede ser por tanto el origen del gallardete del Club? Depende…
Una primera posibilidad, la más simple, es que el autor, encontrándonos en Bayona, y sabiendo que la carabela Pinta llevaba en sus velas la cruz templaría, la reprodujera sin más en nuestro gallardete.
Otra segunda posibilidad es que el autor fuera masón, y por tanto sin dar mayores explicaciones, reprodujera su cruz en nuestro gallardete como seña de pertenencia, opción en la que quizá no estuviese solo, pues es bien sabido que la masonería está muy arraigada entre un tipo de sociedad a la que quizá no fueran ajenos una parte importante de los primeros socios del club, y más conociendo el significado para ellos de la mencionada cruz patada, que recordemos era el abrirse al mundo, a los 4 puntos cardinales, al universo, entre otros significados, un motivo muy apropiado, por otra parte, para un Club náutico con vocación “Internacional”.
Hasta aquí he llegado de momento, y si sabéis de algún faro cercano que pueda orientarme, echadme un cabo y… seguiremos rumbo.
Buena guardia.

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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