Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

Partido de los jubilados, ya

 

Desde hace ya algún tiempo, los jubilados somos un colectivo más de los que, ante el caso omiso que nos hacen quienes nos gobiernan, hemos decidido tomar la calle para exigir nuestros derechos. Como consecuencia de ello, en la red corre la noticia de que somos más de 9 millones, cifra suficiente como para ganar las elecciones si nos unimos con una única candidatura, algo que parece no arrancar, aun habiendo gente en nuestras hipotéticas filas mucho más preparada que cualquiera de los mendrugos que pueblan las listas de los partidos al uso, esos partidos hartos de prometer y no cumplir, ya sean de un lado o de otro, de arriba o de abajo.

Retomando la idea, y como apuntes para el debate, se me ocurre que si dividimos la edad del hombre en tres etapas, la primera desde su nacimiento hasta los 25 años, la segunda entre los 25 y los 65 y la tercera a partir de los 65, nuestras trayectorias, necesidades y puntos de vista son profundamente distintos. Si en la primera prima el aprendizaje, la esperanza, la fuerza de la vida y el animo de revolución y de cambio, en la segunda la competitividad, la lucha, la ambición, y en la tercera la experiencia, la serenidad, la generosidad, la vulnerabilidad y la sabiduría, entre otras muchas más consideraciones, nada mejor para asegurar el futuro, desde proteger el presente, que la unión de objetivos entre la primera y la tercera fase de la vida, o entre la primera y la tercera edad, entre la unión de abuelos y nietos para mejor escenificarlo. Un gobierno al estilo de tantos pueblos milenarios en el que gobernaban los ancianos en compañía de los líderes más jóvenes, aportando unos la sabiduría y otros la acción.

Las “virtudes” de la segunda edad, de la edad laboral, de competencia, lucha, ambición, no son precisamente las mejores para la convivencia, para la colaboración,  para la protección del más débil y del necesitado, para el trabajo en equipo, para el progreso en el más amplio sentido, entre otras cuestiones por haber sido transmitidas por padres a hijos cuando los primeros estaban en esa edad, creando defectos que se potencian con los años, al entregarnos a quienes pueblan los partidos políticos, generalmente en su inmensa mayoría en la edad intermedia y quienes no hacen otra cosa que pelearse unos con otros, de oponerse a todo lo que haga el considerado rival aunque se trate de la mejor idea para la colectividad, los mayores adelantos para la civilización, o lo más rentable para todos, al tiempo que la ambición y el ansia de poder impulsa a la mentira, a la corrupción, a la adulación y al inmovilismo, abandonando con ello la dedicación a la defensa de las más imperiosas necesidades del ser humano, cual es su subsistencia, su seguridad y su protección, en definitiva su progreso como persona en todos los sentidos.

La gerontocracia, en definitiva, el poder en manos de la experiencia, no precisa de esos “valores” por los que se traiciona, se mata, se roba o se engaña en la edad laboral, en la edad de la ambición por el dinero y el poder.

El dinero es algo fundamental en nuestra sociedad, de una importancia capital mientras te permita comer, vestirte, morar en condiciones y permitirte un mínimo de ocio y cultura, pero ese no es el dinero por el que se mata, se roba, se traiciona o se engaña, sino el otro, el que cuenta a partir de ahí, el que te permite estar por encima de ese status mínimo de subsistencia digna, y ese es el dinero que ambiciona esa  segunda edad que puebla nuestros partidos, esos partidos que nos gobiernan y solo piensan en poder y en el rendimiento que tal poder les ofrece, a toda costa.

Por eso imagino un poder en manos de esa gerontocracia salpicada de juventud, trabajando al unísono para conseguir dos objetivos fundamentales: por un lado que ningún jubilado esté por debajo de esa capacidad económica que te permita el mínimo expuesto o que ninguna necesidad quede sin cubrir, y por otro que ningún joven carezca de oportunidades, de posibles para formarse en las mejores condiciones que le permitan sus habilidades, y de optar sin grandes dificultades a un trabajo adecuado a su formación, y ello desde un cambio radical a la hora de concebir esa formación, enfrentando pensamiento propio a adoctrinamiento, colaboración a rivalidad, coordinación a competencia, trabajo en equipo a individualismo, largo plazo al corto, estudio y esfuerzo a suerte y pasividad, enseñanzas que lleven a nuestra juventud a cultivar sinergías, a la ayuda, al trabajo en común, a entender la política desde la colaboración, superando las luchas de partidos en bien de la sociedad, una sociedad en la que las buenas ideas sean apoyadas por todos con independencia de ideologías, de intereses de partido y de intolerancias, aportando en lugar de apartando, para formar así esas futuras generaciones que ya en la segunda edad hayan de regir nuestros destinos, al menos en el sector privado, en la generación de un dinero que repercuta en el bien de todos, en la justicia para los mayores y en el apoyo a los más jóvenes para llevar a cabo sus ideas y esperanzas.

Como todo programa de bienestar implica un coste, ese debería salir de eliminar privilegios a la clase dominante actual, de buitres a la procura de subsistir a base de alimentarse de cadáveres en forma de instituciones obsoletas en estado de descomposición.

Un político no tiene porqué cobrar más que la pensión más alta de jubilación, con dietas aparte por desplazamientos y gastos inherentes al cargo, de manera que una vez terminada su misión, pasar al subsidio de desempleo como cualquier ciudadano al que se le acaba su puesto de trabajo y no lo contratan de nuevo, con jubilaciones en las mismas condiciones que cualquier ciudadano. El Senado habría que desmantelarlo por inútil para el país. Cantidades de instituciones inservibles de que se sirven los partidos para colocar afiliados sin cargo, deberían ser cerradas, tanto en el ámbito nacional como autonómico, legiones de coches oficiales, desplazamientos en clase preferente, hoteles de cinco estrellas, comilonas a destajo para cualquier chorrada, etc.

En cuanto a la empresa privada habría que terminar con los privilegios de las grandes empresas, cuyo impuesto de sociedades se limita en la mayor parte de los casos a cerca del 1%, en lugar del 35% de las pymes. Debería combatirse seriamente el fraude fiscal con inspecciones periódicas a empresas que declaran muy por debajo de sus ventas reales.

En referencia a los sindicatos, erradicar de raíz la figura del liberado sindical y de “ayudas” a la formación profesional, que se desvían sistemáticamente a la caja del sindicato, tarea que debería quedar en manos del Estado, financiándose estos exclusivamente con las cuotas de sus afiliados.

Con todo lo recaudado en esos campos, los programas de I+D+i para la formación, la investigación, el desarrollo y la implantación de nuevos sistemas, métodos de trabajo e incorporación a la empresa de nuevas técnicas de producción, acercarían a los jóvenes a un futuro mucho más prometedor, a los jubilados, con la subida de las pensiones hasta un nivel mínimo de bienestar expuesto, el consumo aumentaría, al igual que con un apoyo real a discapacitados hoy necesitados de ayuda para su movilidad, generando con ello nuevos puestos de trabajo.

En lo político, esa gerontocracia (tercera edad) no tendría signo de partido en cuando a derecha o izquierda, pues se limitaría a cumplir el programa preestablecido de defensa de la juventud y el amparo a los mayores, y se admitirían todo tipo de sensibilidades de las que serios debates arrojarían finalmente una postura para la toma de decisiones sin uniformar las ordenes de partido y contando para el debate con jóvenes con ideas y suficientemente preparados (primera edad) y con profesionales de prestigio (segunda edad), a los que escuchar a la hora de tomar decisiones.

Por otra parte una reforma laboral en profundidad, una propuesta que ya he publicado varias veces y enviado a partidos políticos y sindicatos sin el menor éxito, ni siquiera de acuse de recibo o de un mínimo de polémica, que permita la conciliación laboral, que procure el pleno empleo real, el acceso de los jóvenes a dicho trabajo, la ayuda real a los parados y la inspección a quienes burlan el desempleo con ocupaciones fraudulentas deberían ser inexcusables.

Personas, como es mi caso, una vez cumplidos los 70 años, con nietos a los que facilitarles el camino, nada nos mueve a la actitud de sacrificar el bien común y el futuro a una personal ambición, que el resto de vida que nos queda poco podrá propiciar, y si el ver como nuestros nietos puedan salir al combate del mercado en las mejores condiciones, de preparación, actitud y aptitud, que les permita una vida plena y solidaria con la sociedad en la que viven y en convivencia con unos abuelos que no harán otra cosa que facilitarles los mejores consejos que quieran recibir desde una situación de amparo social que sus largos años de trabajo deben propiciarles.

Por el bien de España, partido de los jubilados, YA.      

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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