Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

La democracia: un absurdo y caro regalo a la vulgaridad

Hoy me voy a conceder el placer de ser políticamente incorrecto, en extremo.

Vivimos la era del I+D+i para las cosas serias, aunque solo para algunas.

Los países más avanzados sostienen que no se puede educar ni en creencias, ni en adoctrinamientos, ni en verdades incuestionables, ni en visceralidades, ni anteponiendo siempre las emociones y querencias a la racionalidad, al menos en todo aquello que nos atañe como futuro para una sociedad mejor, debiendo formar al futuro ciudadano en la duda, en la investigación, en la crítica, y en definitiva en todo aquello que nos haga realmente libres a partir de nuestras propias ideas, en ideas que surjan de nuestra puesta en duda de todo aquello que se nos da como aceptado mayoritariamente por la sociedad, ya sea en política, religión, sociología, ciencia o economía, única forma de progresar y de contribuir a formar una sociedad más sabia, más informada, más responsable y más consciente de nuestras necesidades como colectivo social.

En el logro de ese utópico objetivo, quizá la democracia pueda llegar a ser un sistema que pueda dar resultados positivos para el progreso de la humanidad. Hoy, en nuestra palpable realidad, no pasa de ser un absurdo y caro regalo a la vulgaridad.

Decía Platón, en otras palabras, que si para la salud de tu hijo buscas a los objetivamente mejores, a los que puedan garantizar su curación, ¿porque para la salud del Estado, te guías por otros planteamientos ajenos a la excelencia, la entonces llamada aristocracia, y entregas tu país a los más mediocres?.

Por definición, la democracia es el poder del pueblo, de un pueblo que, al menos en teoría, decide quienes han de pilotar la nave que les lleve a buen puerto.

¿Alguien se imagina apuntarse a un crucero en el que en lugar de tripular el puente un capitán y una serie de oficiales perfectamente formados para la misión, con sus correspondientes oficiales en la sala de maquinas, esos puestos fueran decididos por los pasajeros en unas elecciones en las que todos fueran elegibles, de manera que los más altos, más guapos, más simpáticos y más mentirosos tuvieran las de ganar, y que de repente el barco tuviera que atravesar una importante tormenta o se parase por una avería de difícil reparación?. ¿Alguien encargaría el proyecto de su casa al más dicharachero, o su operación de vesícula, o que le arranquen una muela, o cualquier otra cosa en la que se jugara la vida?.

En democracia, teóricamente todos podemos ser elegibles o elegir, lo cual solo es cierto en lo segundo, ya que para ser elegible es preciso que lo decida el capo, dictador o líder de cada partido, el que haya pisado ya más cabezas en la organización interna de esas mafias que hoy constituyen los partidos, y ello en aplicación de la fidelidad que ese futuro elegible muestre hacia el capo de turno, su capacidad de engatusar al personal y otras “virtudes” que para nada tienen que ver con la “excelencia”, virtud que el capo aborrece ante la posible amenaza que ello pueda comportar al movimiento de su poltrona.

Si ello es así para los elegibles, ¿que pasa con los electores?, con unos electores que, de entrada, solo pueden elegir a los que figuren en unas listas así elaboradas, cerradas y en el orden que ha dispuesto el dictador de turno, sin conocer de nada a la mayoría de ellos, sin saber ni de sus “virtudes” ni de nada sobre su persona, lo que ya es grave, pero aun lo es más cuando esos electores carecen en general de formación política alguna para tomar decisiones del calado que supone encargar a alguien que pilote la nave del pais, de la comunidad, o simplemente del ayuntamiento en el que reside, acabando por votar en función de querencias, simpatías, ingenuidades, visceralidades, rechazos, desinformación, falta de conocimientos o de la más alarmante vulgaridad. Por si ello fuera poco, se acaba votando, sean quienes sean los candidatos, por el clan mafioso de que se trate, aunque en sus listas figuren auténticos facinerosos, gente sin la menor preparación e incluso analfabetos funcionales, cuya virtud está en frecuentar, más que nadie, todas las tabernas del pueblo o valerse de méritos similares.

Esto es perfectamente sabido por las mafias que controlan toda opción política, de ahí que sus campañas para nada vayan dirigidas a lograr estimular las conciencias ciudadanas en pos de la consecución de lo que realmente se necesita, sino de aquello que calme sus ansias, que excite sus visceralidades, que fomente el más cutre populismo, sus ansias de superioridad (nacionalismos), lo más superficial, y en definitiva todas aquellas “virtudes” que adornan a un pueblo, a años luz de ejercer en favor del bien común, de la racionalidad, del progreso y de la consecución de una mejor sociedad, desde la información, el conocimiento y la generosidad.

Toda esta realidad no contribuye en nada a que lleguen a la política, no ya los mejores, sino simplemente ciudadanos preparados para llegar a ejercer la misión que se les supone, ciudadanos que sepan escuchar, rectificar, compartir, colaborar y trabajar por el bien común, incluso aunque no piensen como ellos, sino aquellos que han de demostrar al capo que los elevó que le siguen siendo fieles, a su persona, a sus ocurrencias y a los mandatos del clan al que se han apuntado, dedicando todo su tiempo a la pelea con las otras mafias, a velar por sus propios intereses, a perpetuarse, a mentir sistemáticamente y en definitiva al mantenimiento de su propia organización, por encima de cualquier otra consideración.

Con elegibles y electores de este nivel, ¿como puede funcionar la democracia?.

Y aquí surge, en primer lugar, la bobada esa tan repetida de que el sistema es el menos malo de los conocidos, bobada elevada al cúlmen de lo políticamente correcto por quienes viven de ello, seguida por esa masa ingente de rebaños pastoreados por los distintos capos de uno o de otro signo y encauzados por los sirvientes perros que representan unos medios entregados a la caridad de las distintas mafias.

¿Cómo encontrar a los mejores para que rijan nuestros destinos?. 

Lo más lógico, a igual que solo puede operar un cirujano, proyectar un arquitecto o defender una causa un abogado, sería que echáramos mano de los politólogos, quienes al igual que en otras profesiones, son a quienes la sociedad forma para dedicarse a la política desde el conocimiento, como al cuerpo diplomático para la defensa de los intereses del país y de sus ciudadanos en otros países, con independencia de sus distintas ideas personales, pero que fuera en ese campo donde los electores pudiéramos pescar, de manera que quien quisiera dedicarse a la política, estudiara la carrera que le facultase para operar con conocimiento de causa y que aun el más paleto de los electores (la inmensa mayoría), al menos pudiera elegir entre los más preparados. 

Evidentemente, la política activa estaría cerrada, al igual que lo están el resto de las profesiones, a quienes no reuniesen los conocimientos acreditados para su ejercicio (en un quirófano solo se puede entrar con conocimientos y ahí, además, no existe la democracia), pudiendo acceder a ella, para los menesteres propios de una concreta disciplina (ministerios, consejerías o concejalías), aquellos que, sin necesidad de ser politólogos, en esa disciplina mostrasen acreditadamente los conocimientos pertinentes (es otro error pensar que, con que sobre el particular conozcan los funcionarios a tus ordenes, es suficiente, pues en esos casos, que hoy en día son la amplia mayoría, el responsable carece de capacidad crítica), procurando, con ello, que la excelencia rigiese nuestros destinos, evidentemente con sus errores, pues nadie está exento de ello, y desde distintas perspectivas, pero siempre buscando un progreso, desde una experta y docta profesionalidad para la sociedad que hoy, con la democracia actual, aunque todos digan perseguir, casi nadie lo hace, dedicados en cuerpo y alma a satisfacer los deseos de una masa de electores a años luz de capacidad alguna para tomar responsables decisiones desde la correcta información y el conocimiento. 

Alguien publicó hace pocos años la noticia de que tras un estudio bastante amplio, se llegó a la conclusión de que si a un personaje de una ignorancia y vulgaridad extrema como Belén Esteban, se le ocurriese presentarse a unas elecciones, a lo que fuera, obtendría (democráticamente) muchos más votos que el candidato más preparado para el cargo. Somos por tanto un país muy especial, aunque no único en tales planteamientos. 

Hoy muere Rubalcaba, del que se decía que si te descuidas te la clava. Un político de raza, inteligente, hábil y tremendamente sagaz, desterrado a la más absoluta indigencia política por quien no le llega a la suela del zapato, pero que hoy, con lagrimas de cocodrilo, llora su pérdida, y por quienes ahora, desde su partido, lo consideran el principal político socialista de las últimas décadas. ¿En qué quedamos?. Un pais que crucifica sin piedad a los mejores en vida y los sube a los altares, con procesión de penitentes, una vez enterrados. ¿Cuántos hervores nos faltan? 

De todas formas, si la nueva aristocracia propuesta, en el sentido más profundo del término, no convence, porque excluye a los peores (la mayoría), siempre queda el recurso, sobre el particular, de la investigación (I), el desarrollo de tal investigación (D) y la implantación de sus resultados (i), que tan buenos frutos están dando en aquellas empresas privadas que pretenden progresar, con resultados que les permitan un crecimiento ordenado y ajustado a sus posibilidades, algo nada ajeno a cualquier deseo político para la sociedad, lo cual siempre será mejor y dará mejores resultados que esta desgracia de democracia que padecemos. Lástima que se trate de la pescadilla que se muerde la cola, pues solo quienes ocupan la poltrona, sea la mafia que sea, pueden cambiar el actual status y, en política, ni estamos para suicidios, ni para renunciar a prebendas,  ni aquí dimite nadie.

De momento, y como si de una religión se tratase, seguimos prisioneros de nuestra ignorancia y de nuestra propia estupidez, en manos de los sumos sacerdotes,  de los hechiceros de la tribu que, a nuestra costa, viven de ello espléndidamente, sin que hagamos nada por librarnos.

Otra vez, la utopía de pensar en un cambio radical, desde la auto crítica, es el único camino a la libertad. 

El problema no son los lobos, son los corderos, el rebaño, la manada, el pueblo, ese pueblo que en otro alarde de manipulación, y para calmarlo y mantenerlo sumiso, pastores y perros guardianes nos aseguran que nunca se equivoca. 

   

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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