La economía española, en rojo

(PD).- El dato confirmado del IPC de marzo sitúa en números rojos, por primera vez en la historia de esta variable, la evolución de los precios, episodio inédito que plantea la hipótesis de un devastador proceso deflacionario en la economía española.

En los últimos doce meses, los precios han caído ocho décimas, invirtiendo un proceso inflacionista que viene a documentar la parálisis del consumo. Recurrir al desplome del mercado del crudo y las materias primas para explicar la brutal caída de los precios representa un interesado ejercicio de cinismo con el que camuflar dentro de un proceso de carácter global -recurso habitual del Gobierno Zapatero, que ya le echó la culpa de la recesión al capitalismo de la «era Bush»- lo que representa un problema doméstico con las suficientes raíces nacionales, incluida la crisis de la Seguridad Social apuntada ayer por el gobernador del Banco de España, como para provocar la reacción inmediata por parte del Ejecutivo.

La histórica caída del IPC en marzo no pasa de ser, por el momento, una primera señal de la deflación, estadio económico hacia el que marca, sin embargo, una senda definida por el riesgo.

Por lo que tiene de positiva para el consumidor, la caída de los precios es una engañosa manifestación de lo que sucede en el mercado cuando se deja de comprar, pero el sector del comercio no tarda en trasladar el impacto de la desconfianza del público hasta la industria, con el inmediato parón de la actividad productiva, la pérdida de empleos y cotizaciones a la Seguridad Social y el aumento de una masa cada vez mayor de personas sin capacidad para gastar y reanimar la economía. La pescadilla se vuelve a morder la cola en una espiral acelerada por datos como el publicado ayer. El temor a la deflación comienza a ser algo razonable.

Las recientes intervenciones públicas del presidente de Estados Unidos y del patrón de la Reserva Federal de su país, que han coincidido en anunciar el inminente comienzo de la recuperación, representan las primeras manifestaciones autorizadas sobre el fin de la crisis. España, sin embargo, queda muy lejos de Estados Unidos, y cifras como la del IPC de marzo contribuyen a singularizar todavía más su delicada situación.

El paquete de medidas de estímulo del Gobierno -que comenzó a gestionar la crisis con aquel reparto electoralista de cuatrocientos euros, simbólico y descabellado fin de fiesta de la era del superávit- no ha logrado frenar la escalada de una recesión que tiene en las cifras de desempleo su vértice más dramático, pero a la que da continuidad la alarmante señal deflacionaria que emiten los datos del IPC.

En este contexto de pasividad, con un Ejecutivo que sigue sin adoptar unas reformas estructurales cada vez más necesarias, el deterioro de las cuentas de la Seguridad Social, cuyo superávit podría desaparecer este mismo año, según reconoció ayer Fernández Ordóñez, añade incertidumbre a una situación que amenaza ya con lastrar el futuro y aplazar aún más la recuperación.

La parálisis económica se refleja en el mercado de bienes y servicios, en el que no deja de caer la demanda, pero también en un tejido social cuyo «fondo de pensiones» va camino de dejar de ser una garantía para transformarse en un agujero más. Por sus causas y consecuencias, el precio de la caída del IPC resulta demasiado alto para una sociedad que comienza a soportar todo el peso de la crisis.

VÍA ABC

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